Con el número 60 herrado en el costillar y de nombre Dulce, irrumpió en el ruedo en tercer lugar. Corría por los tendidos el rumor de que pertenecía a la familia de Brigadier, el toro más bravo que pisó la arena de Las Ventas en 2025, y de cuya lidia se ha cumplido un año en estos días. Sea como fuere, Dulce vino muy bien presentado y, además, fue bravo en todos los tercios. De principio a fin, y desde que tomó la primera vara hasta que dobló la pezuña tras ser sometido a la suerte suprema. Aquel a quien le correspondió su lidia y muerte hizo las cosas bien en el primer tercio, pues lo dejó en suerte con pulcritud y dejó al toro solo frente al caballo. Dulce tardó en arrancarse a los dos encuentros, pero cuando se arrancó acudió con alegría y empujó con bravura. Sobre todo en la 2ª vara. ¡¡Qué lastima que el matador no lo dejara por tercera vez!! Debiera ser obligatorio que estos toros entraran por tercera vez al caballo. Y si no, no cambiar el tercio. ¿Eh, señor Presidente? Ni qué fuera la primera vez.
¿Qué hizo el susodicho Dulce cuando el matador le plantó cara muleta en mano? Simplemente ir a más. Embistió en todo momento con enorme casta. Y repitió a cada muletazo con enorme afán por comerse la muleta. Y en los medios de la plaza, que es donde embisten los toros bravos de verdad. Un gran toro, a fin de cuentas. Un gran toro al que no se le concedió la vuelta al ruedo, y ni falta que hacía. De haber tomado una hipotética tercera vara con la misma pujanza... ¡¡Ay, lo que nos perdemos con tan solo dos entradas al caballo!!
Dulce fue el bravo de una corrida mansa, complicada y de extraordinario trapío que se lidió con el hierro y la divisa de Pedraza de Yeltes. Una corrida que pidió en todo momento la documentación a los tres matadores. Y estarían documentados, qué duda cabe... Pero poseían el carnet equivocado: el carnet del pegapases excelso, una variante que ante semejante corrida con tanto que lidiar, desde luego, no sirve. Sin el carnet de lidiador puede llegarse muy lejos ante estos toros. Con el de pegapases, no llega uno ni a la vuelta de la esquina. Algo así como si el español de turno se aventura a cruzar la frontera de cualquier país ajeno a Schengen, con el carnet de la biblioteca del barrio. Imposible, vaya... El encargado de la frontera de turno, sin miramientos, le arrea un puntapié en todo el trasero al pobre infeliz, que lo manda derechito a España.
Pues eso es lo que, más o menos, les ha ocurrido a Isaac Fonseca, Molina y Jarocho. Que con la idea en la mente de pegar pases sin lidiar -o de torear de verdad, en el caso de Jarocho-, no se llega muy lejos ante estos toros.
Isaac Fonseca y Molina han traído una idea preconcebida del pegapasismo más burdo y vulgar que pueda existir: el toreo de rodillas, las manoletinas, los pendulazos del demonio, los estatuarios y las larguísimas retahílas de trapazos. De eso, tanto el uno como otro, tienen el carnet del pegapases nivelazo premium, acaso el más alto rango que pueda alcanzarse. Pero lo de someter por abajo, el doblarse, el toreo sobre las piernas -perfectamente válido para este tipo de situsciones-, el bajar la mano, el dejarle la muleta puesta en el hocico a los rajados y tirar de ellos, el conocimiento de los terrenos, las series cortas y las faenas medidas... ¡¡Ay amigo!! Que al final va a ser verdad eso de que lo de torear va mucho más allá que el pegarle pases al caramelo de turno, lo del clazeyritmo dichoso, y las faenas interminables que pueden llegar perfectamente al centenar de muletazos mientras suenan los avisos.
Lo de Jarocho es punto y aparte. Qué diantres, dista mucho de todo lo antes comentado. Aunque bien es verdad que con ciertas similitudes. El joven Jarocho es un espada poco toreado que ha tenido la (pésima) suerte de corresponderle el bravo Dulce. Acaso a Jarocho le hayan pillado totalmente en cueros sus toros cuando le han pedido el carnet de lidiador. Hasta puede, incluso, que no lo tenga. Como tampoco tiene el carnet del pegapases nivel premium. Vamos, es que por tener no debe de tener ni el de "aspirante a pegapases". Jarocho es torero. Cita siempre de frente. Echa la muleta al hocico con una suavidad exquisita. Carga la suerte. Quiere trazar el toreo obligado en círculo. Tiene torería... En definitiva, Jarocho es un torero al que hay que darle contratos y seguir con interés. Con Dulce no pudo, pues se le olvidó lo de lidiar, doblarse, poderles a los toros antes de torear... ¡¡Qué pena!! No se puede pretender torear a un toro tan bravo y de tanto temperamento sin haberlo lidiado primero. Y el resultado fue que, andando ante semejante torrente de bravura con mucha firmeza y jugándose la cornada, este se lo merendó. Las pocas veces que Jarocho, ya al final de la faena, consiguió bajar la mano y desplazar al toro sometiéndolo, este humilló y embistió con recorrido. Cosa muy distinta a cuando lo trapeaba feamente.
El 6° cumplió sobradamente en las dos varas que tomó, y Juan Melgar protagonizó el mejor tercio de varas que se ha visto en toda la feria. Pero llegado el momento de la faena de muleta, el toro ya andaba rajadito. ¡¡Ay, la importancia de la 3ª vara una vez más!! Jarocho comenzó con el cartucho del pescado y otros detalles pintureros que gastaron mucha intención y ningún acierto. Luego, realizó una faena muy medida y basada en el toreo al natural. Y destacaron con creces un buen puñado de naturales añejos y muy de verdad. El resto, ni fu ni fa. Pena que la suerte suprema la ejecute tan mal... No ha sido una gran tarde para él, pero mandar al ostracismo a un torero que sabe hacerlo de verdad es un crimen de lesa humanidad. Lo que hace falta es que se cuente con él mucho más, y que aprenda a lidiar antes de torear como tan divinamente sabe hacerlo.
Isaac Fonseca, más allá de que mató estupendamente al 1°, anduvo desacertado en todo. Lo mismo que Molina, el cual con la espada también bien. Y pare usted de contar. Más allá del gran tercio de varas protagonizado por Juan Melgar, el resto de piqueros cumplieron su cometido como siempre. Es decir, mal. Marronazos en muy mal sitio, puyazos traseros sin rectificar y hasta muy poco conocimiento de torear a caballo por parte de alguno.
Fue la tarde del gran Dulce y cinco toros más cuya mansedumbre y complicaciones no dejó indiferente al kiosko. Una mala corrida de toros, pero una corrida de toros de verdad. De las que piden el carnet, y no precisamente el de pegapases.
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