lunes, 19 de octubre de 2020

JUAN ORTEGA: "SI EL TIEMPO Y LO QUE NO ES EL TIEMPO NO LO IMPIDE..."

Al tradicional "si el tiempo no lo impide y con permiso superior de la autoridad", debería añadirse "y a la espera de lo que la dichosa pandemia determine". A modo metafórico en la vida cotidiana actual de cada uno, y a modo real en el mundo del toro, que siempre ha contado con esta coletilla en sus carteles taurinos. A la espera de todo esto quedan muchas cosas, pero para un servidor, y de manera muy personal, queda supeditado a esa frase tan característica del mundo del toro el poder disfrutar de una vez por todas de un torero que en 2019 sorprendió a todos por su arte, gracia, torería y sabor a la hora de interpretar el toreo, y que en este 2020, por razones obvias, ni hemos podido paladear apenas, ni él ha podido reivindicarse rotundamente. Me refiero, claro está, a Juan Ortega, un torero diferente a los demás, dispuesto de otros aires radicalmente diferentes a los modernistas y vulgares modos que la práctica totalidad de los nuevos valores pretenden imitar a las figuras de ahora, como si las escuelas taurinas fueran fotocopiadoras. Aires traídos de otra época, con un toreo cargado de clasicismo y maneras añejas; y también traídos de los toreros pertenecientes al Olimpo del ARTE. El ARTE en mayúsculas.

Sí, la de 2019 fue la temporada en que Juan Ortega sorprendió a muchos (un servidor el primero). Gracias a una bonita tarde de toros ofrecida en Las Ventas durante el castizo día de la Virgen de la Paloma, en pleno verano de 2018, pudo asomar la cabeza durante los meses sucesivos y hacerse un pequeño hueco. Y así se plantó ante él la temporada de 2019, año en que otro puñado de tardes salpicadas de arte, entre ellas una en Madrid antes de la feria, hicieron que los aficionados empezaran a sentir mayor apetito por verlo más a menudo. Y fue una gran sorpresa la que dio, precisamente, porque salió este torero como de la nada, sin que muchos lo contemplásemos ni tan siquiera como una posibilidad mínimamente remota de que fuera a suceder. Todavía se puede recordar, aunque hayan pasado unos cuantos años ya, al Juan Ortega novillero pasando por Las Ventas en algunos festejos de verano. Se trataba, siendo generosos, de un novillero más de los muchos que suelen pasar al año por Madrid, y por aquel entonces sus finísimas maneras de ahora no asomaban ni de casualidad. Destellitos de bisutería fina perdidos en un mar de vulgaridad e incluso falta de confianza ante los novillos era la tónica general de sus actuaciones ante la cátedra madrileña, verdadero examen para cualquiera que se viste de luces. Ni tan siquiera en la tarde que vino a confirmar a Madrid, un lluvioso Domingo de Ramos de hace 4 años ya, hizo sospechar que ante nosotros pudiera haber un torero que con credenciales para ilusionar. Pero lo había, y vaya si lo había. El tiempo no hizo sino demostrarnos a muchos que nos habíamos equivocado. Quizás eso mismo fue lo que cambió todo, el tiempo; o una revolución dentro de la cabeza del torero; o que a su vida llegó para guiarle en su camino, al poco de confirmar en Madrid, un torerazo de la talla de Pepe Luis Vargas. O una mezcla de todo fue lo que convirtió, a ojos de gran parte de la afición, a Juan Ortega como un torero completamente diferente y que puede encajar en las ferias. 

Y sí, Juan Ortega es un torero completamente diferente. Porque derrocha arte por los cuatro costados, pero arte acompañado a su vez de la pureza y de la verdad, dos elementos esenciales para hacer el Toreo. Y el Toreo, así explicado, puede hacerse con más o menos arte, pero cuando estos dos axiomas se unen, el resultado es uno de los más colosales que puedan existir en la Tauromaquia. Nada que ver con esos amaneramientos o cortonsionismos, más pensados para hacer daño a la vista que para agradarla, para luego pasar a los toros aliviándose y sin el menor atisbo de dominio sobre el animal. Juan Ortega se mueve por la plaza con naturalidad y sin mostrar esos amaneramientos y muecas que tan antitaurómacas son, agarra el capote con delicadeza y lo mueve, a la hora de realizar el toreo a la verónica, con cadencia y acompañando ese movimiento con toda la cintura y hundiendo el mentón en el pecho, llevando la embestida del toro enroscándoselo en la cintura y haciendo ese lance largo, muy largo. Pocos torean así a la verónica hoy en día, tan pocos que podrían contarse con los dedos de una sola mano. Menos son aún los que ejecutan la chicuelina como él lo hace, de esas de manos bajas y echando el capote delante en el momento en que el toro llega a jurisdicción del matador, y moviendo el capote lentamente para pasar al toro con naturalidad y limpiamente. ¿Para qué despatarrarse de esa manera tan de moda ahora? ¿Para qué esa manía de pasarse al toro lo más cerca posible, tanto que la mayoría de los lances salen atropellados? Ya casi nadie queda que la chicuelina la interprete como mandan los cánones clásicos. Y luego está la interpretación del toreo fundamental que realiza Juan Ortega con la muleta, derechazo y natural, que bien podría haber quedado descrito anteriormente en tan solo tres palabras: pureza, verdad y arte. Y como buen torero artista que se le presume, gasta un amplio abanico de suertes para rematar las series de muletazos: trincherazos, kikirikís, pases del desdén y de la firma y, ante todo, el pase de pecho de trazo eterno que acaba rematado en la hombrera contraria. Un lujo para los sentidos.

Regularidad. Esa es la palabra que no suele aparecer con mucha frecuencia en los diccionarios de los toreros artistas. Por ello, hay que decir que Juan Ortega es y será, a todas luces, un torero al que habrá que esperar tarde tras tarde, a la espera de que las musas le hallen y le posean. No todas las tardes son fiesta para este selecto grupo de toreros. Viven de la inspiración, y esta no todas las tardes les es posible encontrarla. Y aunque muchos aficionados lo vean como algo irritable y censurable en un torero, lo cierto es que para otros es donde reside el mayor encanto de estos toreros, que uno nunca sabe cuándo saltará la liebre ni en qué tarde el maestro destapará el tarro de las esencias o se irá de la plaza esquivando almohadillas. 

Este fatídico 2020, después de lo visto en la temporada anterior, muchos veíamos a Juan Ortega como uno de los toreros a tener en cuenta para la temporada. Prometía ser esta la temporada en que este torero se iba a reivindicar, por derecho propio, su hueco en el llamado circuito como un torero muy del gusto del adicionado. Pero el destino, o mejor dicho el puñetero bicho, ha querido que le hayamos disfrutado muy poco y esa reivindicación haya quedado pospuesta para más adelante, sabrá el Cielo cuándo... Lo que sí parece estar claro, de momento, es que "si el tiempo no lo impide, con permiso superior de la autoridad, y a la espera de lo que la dichosa pandemia determine", en 2021 los aficionados esperamos a Juan Ortega. Suerte, torero.








jueves, 15 de octubre de 2020

EN 2020 ESTO. EN 2021 ¿LO MISMO?

Cuando en octubre de 2019 la temporada taurina echó el cierre, nadie se podía imaginar lo que le aguardaba meses después no solamente al mundo del Toro, sino a toda la sociedad. En aquellos días de hace justamente un año, los aficionados tan solo pensábamos en lo acontecido a lo largo de esa temporada taurina, las cosas buenas y malas, las alegrías y sinsabores, los ratos agradables y desagradables, las ilusiones y los fiascos... Y también, por supuesto en el futuro. Un futuro que para algunos se tornaba muy esperanzador, con la Fiesta "en un gran momento", "una interesantísima baraja de toreros", "la perfección taurómaca llevada a límites insospechados y el mejor toreo de la historia ante nuestros ojos", "el toro más bravo y con más trapío de cuantos hayamos visto siendo lidiado", y no sé cuántas monsergas más. En el polo opuesto, otro nutrido grupo de aficionados más preocupado por el gris devenir que le esperaba a la Fiesta, pues estos dudaban de que la nobleza y toreabilidad pudiera ser considerada bravura propiamente dicha; que a meter el pico y tirar pases hacia fuera con la pierna retrasada se pudiera considerar mínimamente torear; que esa baraja de toreros fuera tan magra e interesante como vendían; y que lo que se llama perfección fuera de verdad tragable. 

Ha pasado un año de todo aquello (¡¡quién lo diría!!), pero parece que haya pasado un siglo, más bien. Han pasado muchas cosas en todo este tiempo, la "temporada", si es que se le puede llamar así a lo que hemos vivido en los últimos meses, desaparece en el horizonte, y aunque haya poco de lo que rascar no se puede por menos que hacer balance. Por un lado está "lo que podía haber sido y no fue", y aquí entra el esperado regreso de Alejandro Talavante, el cual queda, de momento, pospuesto otro año más. También nos hemos quedado con las ganas de comprobar la progresión de dos toreros de esos que saben hacerlo, Pablo Aguado y Juan Ortega; así como los avances en la profesión del joven y prometedor Tomás Rufo, novillero que el pasado 2019 ilusionó sobremanera. De vuelta a la realidad tenemos "lo que fue", y que más que menos puede resumirse en que el incombustible Enrique Ponce ha toreado la inmensa mayoría de corridas de toros que se han dado, para regocijo de sus incondicionales, los cuales ven este hecho como un heroico gesto del maestro, que con 30 años de alternativa ahí está, tirando del carro en momentos tan complicados (lo de que en realidad al maestro lo que le pasa es que le aguarda un millonario divorcio que afrontar, ya si eso en otro momento); que una de las sensaciones de los últimos tiempos, Emilio de Justo, también ha toreado su buen número de festejos (dentro de esta anormalidad que estamos viviendo) y por lo que parece sigue ilusionando; el acierto de Sebastián Castella al hacerse a un lado y dejar hueco a los que vienen; el inmovilismo de las plazas de 1.ª categoría ante la situación (salvando Córdoba y Málaga, que sí han abierto sus puertas de manera puntual) y la determinación y valentía del resto de plazas donde sí se han dado toros, lo que es de agradecer todavía con mayor entusiasmo al tratarse de localidades pequeñas. Y aquí entran también aquellas donde se ha echado la pata palante en lo que a cuidar la cantera se refiere y se ha aportado un granito de arena importantísimo programando algunos bolsines y certámenes de novilladas sin picadores, entre ellos uno organizado incluso por la Fundación Toro de Lidia. No tanta suerte ha corrido el escalafón de novilladas con picadores, del cual se sigue prescindiendo, y así es como la práctica totalidad de este escalafón ha dado un paso atrás en esta temporada, algunos incluso metros y metros, y otros cuantos, por desgracia, ya ni avanzarán ni retrocederán. Y muy poquito más, por lo menos si hablamos de lo estrictamente ocurrido en el ruedo.

Fuera de la arena, el balance tiene más miga aunque esta es dura, seca y, si se pudiera, se desecharía a la escombrera, lugar en el que debería de estar. Unos cuantos, sobre todo los profesionales que viven de, por y para los toros, al vertedero y enterrados en un saco de cal, para contaminar lo menos posible claro, mandarían al Gobierno de España. La desfachatez que este ha gastado contra el sector taurino, dejándole fuera de toda ayuda económica al que sí ha accedido el resto de la familia de la Cultura de este país, ha sido vomitiva, impropia de un gobierno ¿democrático? Los toros pueden gustar más o menos y quienes viven de ello pueden caer mejor o peor, pero a nadie se le debería olvidar que, al fin y al cabo, los profesionales del mundo del toro (y muy en especial subalternos, mozos de espadas y la gente del campo) pertenecen al gremio currante, ese que cotiza a la Seguridad Social y paga los impuestos como todo hijo de vecino. Seguramente incluso más de uno, y de dos, y de diez, y de cuarenta y de doscientos, tendrán más años cotizados por sí solos que juntando todo lo cotizado por algunos (y algunas) ministros (y ministras) actuales (y actualas, no vaya a ser que a uno le acusen de lo que no es). Imposible demostrar mayor sectarismo y mala baba. Bueno sí, pero ya se dejaría de hablar de toros, y no es este el lugar. 

Ahora que, hablando de políticos, los de la Comunidad Autónoma de Madrid no han demostrado mejores maneras para con el mundo del toro. Empezando por el gerente del Centro de Asuntos Taurinos, señor Miguel Abellán Hernando, quien haciendo caso omiso del decálogo dictado por el mítico Paquiro, decidió soltar los trastos en un momento de apuro, salir corriendo delante del toro, tomar el olivo y taparse tras las tablas, para esperar ahí detrás a que sonaran los 3 avisos para no vérselas más con el marrajo (de momento, no le ha sonado ni el 2.º aviso). Bajo el lema oficial "Volveremos más fuertes" (que en castellano convencional viene a significar "Las Ventas no abrirá sus puertas hasta que no nos salga de los cojones, y para eso queda mucho") los meses de temporada se han venido sucediendo sin toros en Madrid (en los primeros tiempos dentro de la lógica que cabía esperar), hasta que, allá por el mes de julio, cuando los aficionados ya empezábamos a demandar toros en Madrid y alrededores, dado que algunos espectáculos de otro calado ya empezaban a celebrarse, el gobierno regional de Madrid decidió que no habría toros ni en Madrid ni en toda su Comunidad por tiempo indefinido. Y así, fueron suspendiéndose festejos ya programados en Aranjuez, San Sebastián de los Reyes y Alcalá de Henares, amén del ya citado cierre de Las Ventas. Lo que más rechina de todo este asunto es que, a la par que se mandaba al garete la celebración de espectáculos taurinos, los teatros, cines y conciertos han seguido celebrándose, tomando las medidas de seguridad oportunas, pero celebrándose... Sin ir más lejos, en la misma semana que en Alcalá de Henares se debía haber dado su suspendida feria taurina, se celebraron algunos conciertos en esta localidad, conciertos que, por cierto, también se celebraron los meses de julio y agosto... Por no hablar de los teatros y los cines, espacios más bien de tamaño medio tirando a pequeño, cerrados y de poca ventilación; ¿y corridas de toros al aire libre no? ¿Alguien entiende esto? 

Y ya, si hubiera que hablar de la llamada Gira de la Reconstrucción que la Fundación Toro de Lidia se sacó de la chistera, es para mear y no echar gota. La intención de la Fundación es buena, y hasta se comprende el formato elegido, consistente en dos matadores para cuatro toros, con el fin de abaratar los precios dadas las circunstancias coyunturales que se atraviesan. Un formato, por cierto, del que muchos esperamos tenga su fecha de caducidad y no haya llegado para quedarse, como parece ser que pretende más de uno. Pero lo que no se entiende, volviendo al hilo de la tal Reconstrucción, y además es imposible, es que se pretenda llamar  "reconstrucción" a una serie de festejos, 19 para ser exactos, cuyo plantel ganadero es el sota, caballo y rey de siempre, salvo Miura, La Quinta y Victorino Martín, (y tres de origen Murube, para otros tantos festejos de rejones, por supuesto). ¿Reconstrucción de qué, con ganaderías como García Jiménez, Daniel Ruiz, Cuvillo, Juan Pedro Domecq, Garcigrande o Zalduendo? ¿Qué reconstrucción ni que ocho cuartos, con combinaciones infumables tipo Fandi-Lopez Simón, Luis David Adame-Joaquín Galdós o Perera-Garrido? Y eso, sin contar con que lo hasta ahora lidiado salía muy pero que muy sospechoso de pitones y chico, como en un festival sin picadores en una plaza de talanqueras. Luego, que si se protesta y la afición "nunca está contenta con nada". Así es imposible estarlo.


Con todos estos mimbres, ¿qué cabe esperar de 2021? Gris oscuro, tirando a negro, es lo que se vislumbra en el horizonte. Sobre todo porque la incertidumbre se ha apoderado del ánimo general de todo el planeta, y no sabemos nadie muy bien lo que va a pasar. Como el maestro de turno que aguarda las horas previas de la corrida en la soledad del hotel, sin saber muy bien si triunfará, fracasará, saldrá herido, abandonará la plaza por su propio pie, en hombros de los aficionados camino a la gloria o en las manos de sus compañeros camino del hule. Nadie podemos saber qué le espera al mundo del toro en meses venideros, porque para eso no solamente dependemos de nosotros mismos, sino también de factores externos. El principal, que la pandemia levante el palo poco a poco, pero también que las distintas administraciones públicas hagan lo propio y, además, lleven el viaje a media altura, como se hace, muy acertadamente por cierto, con otros sectores. Lo único que parece claro es que para volver a vivir una temporada taurina al uso (si es que volvemos a vivirlas) todavía habrán de pasar muchas lunas.