lunes, 19 de octubre de 2020

JUAN ORTEGA: "SI EL TIEMPO Y LO QUE NO ES EL TIEMPO NO LO IMPIDE..."

Al tradicional "si el tiempo no lo impide y con permiso superior de la autoridad", debería añadirse "y a la espera de lo que la dichosa pandemia determine". A modo metafórico en la vida cotidiana actual de cada uno, y a modo real en el mundo del toro, que siempre ha contado con esta coletilla en sus carteles taurinos. A la espera de todo esto quedan muchas cosas, pero para un servidor, y de manera muy personal, queda supeditado a esa frase tan característica del mundo del toro el poder disfrutar de una vez por todas de un torero que en 2019 sorprendió a todos por su arte, gracia, torería y sabor a la hora de interpretar el toreo, y que en este 2020, por razones obvias, ni hemos podido paladear apenas, ni él ha podido reivindicarse rotundamente. Me refiero, claro está, a Juan Ortega, un torero diferente a los demás, dispuesto de otros aires radicalmente diferentes a los modernistas y vulgares modos que la práctica totalidad de los nuevos valores pretenden imitar a las figuras de ahora, como si las escuelas taurinas fueran fotocopiadoras. Aires traídos de otra época, con un toreo cargado de clasicismo y maneras añejas; y también traídos de los toreros pertenecientes al Olimpo del ARTE. El ARTE en mayúsculas.

Sí, la de 2019 fue la temporada en que Juan Ortega sorprendió a muchos (un servidor el primero). Gracias a una bonita tarde de toros ofrecida en Las Ventas durante el castizo día de la Virgen de la Paloma, en pleno verano de 2018, pudo asomar la cabeza durante los meses sucesivos y hacerse un pequeño hueco. Y así se plantó ante él la temporada de 2019, año en que otro puñado de tardes salpicadas de arte, entre ellas una en Madrid antes de la feria, hicieron que los aficionados empezaran a sentir mayor apetito por verlo más a menudo. Y fue una gran sorpresa la que dio, precisamente, porque salió este torero como de la nada, sin que muchos lo contemplásemos ni tan siquiera como una posibilidad mínimamente remota de que fuera a suceder. Todavía se puede recordar, aunque hayan pasado unos cuantos años ya, al Juan Ortega novillero pasando por Las Ventas en algunos festejos de verano. Se trataba, siendo generosos, de un novillero más de los muchos que suelen pasar al año por Madrid, y por aquel entonces sus finísimas maneras de ahora no asomaban ni de casualidad. Destellitos de bisutería fina perdidos en un mar de vulgaridad e incluso falta de confianza ante los novillos era la tónica general de sus actuaciones ante la cátedra madrileña, verdadero examen para cualquiera que se viste de luces. Ni tan siquiera en la tarde que vino a confirmar a Madrid, un lluvioso Domingo de Ramos de hace 4 años ya, hizo sospechar que ante nosotros pudiera haber un torero que con credenciales para ilusionar. Pero lo había, y vaya si lo había. El tiempo no hizo sino demostrarnos a muchos que nos habíamos equivocado. Quizás eso mismo fue lo que cambió todo, el tiempo; o una revolución dentro de la cabeza del torero; o que a su vida llegó para guiarle en su camino, al poco de confirmar en Madrid, un torerazo de la talla de Pepe Luis Vargas. O una mezcla de todo fue lo que convirtió, a ojos de gran parte de la afición, a Juan Ortega como un torero completamente diferente y que puede encajar en las ferias. 

Y sí, Juan Ortega es un torero completamente diferente. Porque derrocha arte por los cuatro costados, pero arte acompañado a su vez de la pureza y de la verdad, dos elementos esenciales para hacer el Toreo. Y el Toreo, así explicado, puede hacerse con más o menos arte, pero cuando estos dos axiomas se unen, el resultado es uno de los más colosales que puedan existir en la Tauromaquia. Nada que ver con esos amaneramientos o cortonsionismos, más pensados para hacer daño a la vista que para agradarla, para luego pasar a los toros aliviándose y sin el menor atisbo de dominio sobre el animal. Juan Ortega se mueve por la plaza con naturalidad y sin mostrar esos amaneramientos y muecas que tan antitaurómacas son, agarra el capote con delicadeza y lo mueve, a la hora de realizar el toreo a la verónica, con cadencia y acompañando ese movimiento con toda la cintura y hundiendo el mentón en el pecho, llevando la embestida del toro enroscándoselo en la cintura y haciendo ese lance largo, muy largo. Pocos torean así a la verónica hoy en día, tan pocos que podrían contarse con los dedos de una sola mano. Menos son aún los que ejecutan la chicuelina como él lo hace, de esas de manos bajas y echando el capote delante en el momento en que el toro llega a jurisdicción del matador, y moviendo el capote lentamente para pasar al toro con naturalidad y limpiamente. ¿Para qué despatarrarse de esa manera tan de moda ahora? ¿Para qué esa manía de pasarse al toro lo más cerca posible, tanto que la mayoría de los lances salen atropellados? Ya casi nadie queda que la chicuelina la interprete como mandan los cánones clásicos. Y luego está la interpretación del toreo fundamental que realiza Juan Ortega con la muleta, derechazo y natural, que bien podría haber quedado descrito anteriormente en tan solo tres palabras: pureza, verdad y arte. Y como buen torero artista que se le presume, gasta un amplio abanico de suertes para rematar las series de muletazos: trincherazos, kikirikís, pases del desdén y de la firma y, ante todo, el pase de pecho de trazo eterno que acaba rematado en la hombrera contraria. Un lujo para los sentidos.

Regularidad. Esa es la palabra que no suele aparecer con mucha frecuencia en los diccionarios de los toreros artistas. Por ello, hay que decir que Juan Ortega es y será, a todas luces, un torero al que habrá que esperar tarde tras tarde, a la espera de que las musas le hallen y le posean. No todas las tardes son fiesta para este selecto grupo de toreros. Viven de la inspiración, y esta no todas las tardes les es posible encontrarla. Y aunque muchos aficionados lo vean como algo irritable y censurable en un torero, lo cierto es que para otros es donde reside el mayor encanto de estos toreros, que uno nunca sabe cuándo saltará la liebre ni en qué tarde el maestro destapará el tarro de las esencias o se irá de la plaza esquivando almohadillas. 

Este fatídico 2020, después de lo visto en la temporada anterior, muchos veíamos a Juan Ortega como uno de los toreros a tener en cuenta para la temporada. Prometía ser esta la temporada en que este torero se iba a reivindicar, por derecho propio, su hueco en el llamado circuito como un torero muy del gusto del adicionado. Pero el destino, o mejor dicho el puñetero bicho, ha querido que le hayamos disfrutado muy poco y esa reivindicación haya quedado pospuesta para más adelante, sabrá el Cielo cuándo... Lo que sí parece estar claro, de momento, es que "si el tiempo no lo impide, con permiso superior de la autoridad, y a la espera de lo que la dichosa pandemia determine", en 2021 los aficionados esperamos a Juan Ortega. Suerte, torero.








jueves, 15 de octubre de 2020

EN 2020 ESTO. EN 2021 ¿LO MISMO?

Cuando en octubre de 2019 la temporada taurina echó el cierre, nadie se podía imaginar lo que le aguardaba meses después no solamente al mundo del Toro, sino a toda la sociedad. En aquellos días de hace justamente un año, los aficionados tan solo pensábamos en lo acontecido a lo largo de esa temporada taurina, las cosas buenas y malas, las alegrías y sinsabores, los ratos agradables y desagradables, las ilusiones y los fiascos... Y también, por supuesto en el futuro. Un futuro que para algunos se tornaba muy esperanzador, con la Fiesta "en un gran momento", "una interesantísima baraja de toreros", "la perfección taurómaca llevada a límites insospechados y el mejor toreo de la historia ante nuestros ojos", "el toro más bravo y con más trapío de cuantos hayamos visto siendo lidiado", y no sé cuántas monsergas más. En el polo opuesto, otro nutrido grupo de aficionados más preocupado por el gris devenir que le esperaba a la Fiesta, pues estos dudaban de que la nobleza y toreabilidad pudiera ser considerada bravura propiamente dicha; que a meter el pico y tirar pases hacia fuera con la pierna retrasada se pudiera considerar mínimamente torear; que esa baraja de toreros fuera tan magra e interesante como vendían; y que lo que se llama perfección fuera de verdad tragable. 

Ha pasado un año de todo aquello (¡¡quién lo diría!!), pero parece que haya pasado un siglo, más bien. Han pasado muchas cosas en todo este tiempo, la "temporada", si es que se le puede llamar así a lo que hemos vivido en los últimos meses, desaparece en el horizonte, y aunque haya poco de lo que rascar no se puede por menos que hacer balance. Por un lado está "lo que podía haber sido y no fue", y aquí entra el esperado regreso de Alejandro Talavante, el cual queda, de momento, pospuesto otro año más. También nos hemos quedado con las ganas de comprobar la progresión de dos toreros de esos que saben hacerlo, Pablo Aguado y Juan Ortega; así como los avances en la profesión del joven y prometedor Tomás Rufo, novillero que el pasado 2019 ilusionó sobremanera. De vuelta a la realidad tenemos "lo que fue", y que más que menos puede resumirse en que el incombustible Enrique Ponce ha toreado la inmensa mayoría de corridas de toros que se han dado, para regocijo de sus incondicionales, los cuales ven este hecho como un heroico gesto del maestro, que con 30 años de alternativa ahí está, tirando del carro en momentos tan complicados (lo de que en realidad al maestro lo que le pasa es que le aguarda un millonario divorcio que afrontar, ya si eso en otro momento); que una de las sensaciones de los últimos tiempos, Emilio de Justo, también ha toreado su buen número de festejos (dentro de esta anormalidad que estamos viviendo) y por lo que parece sigue ilusionando; el acierto de Sebastián Castella al hacerse a un lado y dejar hueco a los que vienen; el inmovilismo de las plazas de 1.ª categoría ante la situación (salvando Córdoba y Málaga, que sí han abierto sus puertas de manera puntual) y la determinación y valentía del resto de plazas donde sí se han dado toros, lo que es de agradecer todavía con mayor entusiasmo al tratarse de localidades pequeñas. Y aquí entran también aquellas donde se ha echado la pata palante en lo que a cuidar la cantera se refiere y se ha aportado un granito de arena importantísimo programando algunos bolsines y certámenes de novilladas sin picadores, entre ellos uno organizado incluso por la Fundación Toro de Lidia. No tanta suerte ha corrido el escalafón de novilladas con picadores, del cual se sigue prescindiendo, y así es como la práctica totalidad de este escalafón ha dado un paso atrás en esta temporada, algunos incluso metros y metros, y otros cuantos, por desgracia, ya ni avanzarán ni retrocederán. Y muy poquito más, por lo menos si hablamos de lo estrictamente ocurrido en el ruedo.

Fuera de la arena, el balance tiene más miga aunque esta es dura, seca y, si se pudiera, se desecharía a la escombrera, lugar en el que debería de estar. Unos cuantos, sobre todo los profesionales que viven de, por y para los toros, al vertedero y enterrados en un saco de cal, para contaminar lo menos posible claro, mandarían al Gobierno de España. La desfachatez que este ha gastado contra el sector taurino, dejándole fuera de toda ayuda económica al que sí ha accedido el resto de la familia de la Cultura de este país, ha sido vomitiva, impropia de un gobierno ¿democrático? Los toros pueden gustar más o menos y quienes viven de ello pueden caer mejor o peor, pero a nadie se le debería olvidar que, al fin y al cabo, los profesionales del mundo del toro (y muy en especial subalternos, mozos de espadas y la gente del campo) pertenecen al gremio currante, ese que cotiza a la Seguridad Social y paga los impuestos como todo hijo de vecino. Seguramente incluso más de uno, y de dos, y de diez, y de cuarenta y de doscientos, tendrán más años cotizados por sí solos que juntando todo lo cotizado por algunos (y algunas) ministros (y ministras) actuales (y actualas, no vaya a ser que a uno le acusen de lo que no es). Imposible demostrar mayor sectarismo y mala baba. Bueno sí, pero ya se dejaría de hablar de toros, y no es este el lugar. 

Ahora que, hablando de políticos, los de la Comunidad Autónoma de Madrid no han demostrado mejores maneras para con el mundo del toro. Empezando por el gerente del Centro de Asuntos Taurinos, señor Miguel Abellán Hernando, quien haciendo caso omiso del decálogo dictado por el mítico Paquiro, decidió soltar los trastos en un momento de apuro, salir corriendo delante del toro, tomar el olivo y taparse tras las tablas, para esperar ahí detrás a que sonaran los 3 avisos para no vérselas más con el marrajo (de momento, no le ha sonado ni el 2.º aviso). Bajo el lema oficial "Volveremos más fuertes" (que en castellano convencional viene a significar "Las Ventas no abrirá sus puertas hasta que no nos salga de los cojones, y para eso queda mucho") los meses de temporada se han venido sucediendo sin toros en Madrid (en los primeros tiempos dentro de la lógica que cabía esperar), hasta que, allá por el mes de julio, cuando los aficionados ya empezábamos a demandar toros en Madrid y alrededores, dado que algunos espectáculos de otro calado ya empezaban a celebrarse, el gobierno regional de Madrid decidió que no habría toros ni en Madrid ni en toda su Comunidad por tiempo indefinido. Y así, fueron suspendiéndose festejos ya programados en Aranjuez, San Sebastián de los Reyes y Alcalá de Henares, amén del ya citado cierre de Las Ventas. Lo que más rechina de todo este asunto es que, a la par que se mandaba al garete la celebración de espectáculos taurinos, los teatros, cines y conciertos han seguido celebrándose, tomando las medidas de seguridad oportunas, pero celebrándose... Sin ir más lejos, en la misma semana que en Alcalá de Henares se debía haber dado su suspendida feria taurina, se celebraron algunos conciertos en esta localidad, conciertos que, por cierto, también se celebraron los meses de julio y agosto... Por no hablar de los teatros y los cines, espacios más bien de tamaño medio tirando a pequeño, cerrados y de poca ventilación; ¿y corridas de toros al aire libre no? ¿Alguien entiende esto? 

Y ya, si hubiera que hablar de la llamada Gira de la Reconstrucción que la Fundación Toro de Lidia se sacó de la chistera, es para mear y no echar gota. La intención de la Fundación es buena, y hasta se comprende el formato elegido, consistente en dos matadores para cuatro toros, con el fin de abaratar los precios dadas las circunstancias coyunturales que se atraviesan. Un formato, por cierto, del que muchos esperamos tenga su fecha de caducidad y no haya llegado para quedarse, como parece ser que pretende más de uno. Pero lo que no se entiende, volviendo al hilo de la tal Reconstrucción, y además es imposible, es que se pretenda llamar  "reconstrucción" a una serie de festejos, 19 para ser exactos, cuyo plantel ganadero es el sota, caballo y rey de siempre, salvo Miura, La Quinta y Victorino Martín, (y tres de origen Murube, para otros tantos festejos de rejones, por supuesto). ¿Reconstrucción de qué, con ganaderías como García Jiménez, Daniel Ruiz, Cuvillo, Juan Pedro Domecq, Garcigrande o Zalduendo? ¿Qué reconstrucción ni que ocho cuartos, con combinaciones infumables tipo Fandi-Lopez Simón, Luis David Adame-Joaquín Galdós o Perera-Garrido? Y eso, sin contar con que lo hasta ahora lidiado salía muy pero que muy sospechoso de pitones y chico, como en un festival sin picadores en una plaza de talanqueras. Luego, que si se protesta y la afición "nunca está contenta con nada". Así es imposible estarlo.


Con todos estos mimbres, ¿qué cabe esperar de 2021? Gris oscuro, tirando a negro, es lo que se vislumbra en el horizonte. Sobre todo porque la incertidumbre se ha apoderado del ánimo general de todo el planeta, y no sabemos nadie muy bien lo que va a pasar. Como el maestro de turno que aguarda las horas previas de la corrida en la soledad del hotel, sin saber muy bien si triunfará, fracasará, saldrá herido, abandonará la plaza por su propio pie, en hombros de los aficionados camino a la gloria o en las manos de sus compañeros camino del hule. Nadie podemos saber qué le espera al mundo del toro en meses venideros, porque para eso no solamente dependemos de nosotros mismos, sino también de factores externos. El principal, que la pandemia levante el palo poco a poco, pero también que las distintas administraciones públicas hagan lo propio y, además, lleven el viaje a media altura, como se hace, muy acertadamente por cierto, con otros sectores. Lo único que parece claro es que para volver a vivir una temporada taurina al uso (si es que volvemos a vivirlas) todavía habrán de pasar muchas lunas. 







viernes, 15 de mayo de 2020

UN 16 DE MAYO DE 1920, EN TALAVERA DE LA REINA...



A la memoria de Joselito "El Gallo"
José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Jesús Gómez Ortega 
*Gelves (Sevilla), 8 de mayo de 1895
+Talavera de la Reina (Toledo), 16 de mayo de 1920


La máquina del tiempo nos lleva hoy, 16 de mayo de 2020, a otro día 16 de mayo, pero esta vez de hace exactamente 100 años. Domingo 16 de mayo de 1920, fecha histórica en los canales del toreo por su luctuoso significado. La historia nos lleva a Talavera de la Reina, localidad situada a orillas del río Tajo, perteneciente a la provincia de Toledo y famosa por su cerámica. 

Como es costumbre, Talavera de la Reina celebra sus fiestas en honor a San Isidro Labrador en esos días de mayo, y en aquel año de 1920 había programada, entre sus muchos festejos en honor a San Isidro, una corrida de toros para aquel domingo 16 de mayo. Lo que pudiera haber sido un festejo taurino cualquiera, que hubiera pasado a la historia como uno más, se convirtió en una fecha trágica que, 100 años después, el mundo taurino sigue recordando con una reluciente memoria. No es para menos, en aquella fecha y en la arena de "La Caprichosa" cayó Joselito "El Gallo", o "Gallito", uno de los más grandes de todos los tiempos y a quien se le considera "Rey de los Toreros". Mucho se ha hablado y escrito sobre aquella tarde negra en Talavera de la Reina, leyendas y certezas, mitos y realidades, cuentos e historias; muchas de ellas exactas y comprobadas históricamente, y otras no tanto. Y hoy, justo un siglo después, parece un buen día para hablar de ello en las tertulias de aficionados, portales y blogs taurinos, así como programas de radio y de televisión. ¿Por qué no?

¿Qué se podría contar acerca de lo acaecido aquel domingo 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina? Como bien se ha dicho algunas líneas más arriba, ríos de tinta han regado los libros de tauromaquia a lo largo de estos cien años. Parece lícito preguntarse primeramente qué le llevaría a José, máxima figura de la época junto a Belmonte, hasta Talavera de la Reina, escenario de escasa relevancia dentro del panorama taurino. Primeramente, habría que destacar que aquel 16 de mayo de 1920 José tenía apalabrada con la empresa de la plaza de Madrid una corrida de toros. Por aquellos días los públicos, y muy en especial el público de Madrid, andaban de uñas y dientes con José y Juan, las exigencias de los aficionados eran cada vez mayores y los dos colosos no podían dar más de sí. Ambos dejaron apalabrada entre ellos una reducción de sus comparecencias en Madrid, sin llegar tampoco a esquivar todos los compromisos en la capital, pero dejándose caer menos en esa plaza. Le surgió entonces a José, a principios de aquel mes de mayo, la oportunidad de torear en Talavera de la Reina, y se las arregló para quedar anunciado el 16 de mayo en esta plaza y no en Madrid. ¿Qué tenía de especial Talavera para que José se interesara tanto por torear allí? Quizás fuera que aún no había toreado en la plaza que años atrás inaugurara su padre, Fernando "El Gallo"; quizás fuera por el deseo de agradar al crítico taurino de ABC, Gregorio Corrochano (talaverano de cuna y que por aquella época no mantenía lo que se dice una relación de total cordialidad con Joselito), por la influencia también del pacto verbal que mantuvo con Belmonte de alejarse de Madrid... O por lo que fuera, pero el caso que el domingo 16 de mayo de 1920 se acabó cerrando un cartel en el que se anunciaba mano a mano a Gallito e Ignacio Sánchez Mejías para estoquear una corrida de toros con el hierro de la Viuda de Ortega.

La ganadería de la Viuda de Ortega no se refiere a otra sino a la que figuraba a nombre de doña Josefa Corrochano y que dirigía el hijo de esta, don Enrique Ortega. Sus toros, que lucían divisa azul y blanca, pastaban en las fincas de "Prado de Arca" y "Santa Apolonia", en el término municipal de la misma Talavera de la Reina, y fue fundada en el año 1909 por el citado don Enrique Ortega Corrochano, hijo de don Venancio Ortega y doña Josefa Corrochano (qesta a su vez era pariente del anteriormente citado crítico taurino Gregorio Corrochano), al adquirir un lote de vacas con el hierro del Duque de Veragua y un semental de nombre Espartero, procedente de la ganadería de don Aurelio García (vecino de Tejadillas, provincia de Salamanca). Sin embargo esta primera cruza no obtuvo el resultado deseado, por lo cual en 1914 se eliminaron los productos obtenidos a la par que se les echó a aquellas mismas vacas de Veragua compradas en 1909 un semental de nombre Canastillo, origen Conde de Santa Coloma. De la unión de este semental llamado Canastillo con una de las vacas originarias de Veragua, llamada Bailaora, nació en 1915 un protagonista importante en esta historia: Bailaor, número 7 y de capa negro mulato. El primer encierro que lidió esta ganadería, la cual no estuvo asociada a la Unión de Criadores de Toros de Lidia, se data que tuvo lugar el 16 de mayo de 1916 en la misma Talavera de la Reina, en un cartel conformado los espadas Cortijano, Manolete II y Torquito II, novilleros todos. Fue, por lo tanto, una novillada lo que estrenó el hierro de la señora Viuda. La andadura ganadera de la familia Ortega-Corrochano no fue excesivamente larga: la última corrida lidiada que se le conoce tuvo lugar el 22 de septiembre de 1930, también en Talavera, y en un cartel conformado por Niño de la Palma, Cagancho y Manolo Bienvenida. A partir de entonces se le pierde la pista.

José eludió su compromiso madrileño programado para ese 16 de mayo por irse a torear a Talavera de la Reina, pero no eludió el del día de antes, sábado 15 de mayo de 1920, festividad de San Isidro en Madrid. En el cartel, se anunciaban seis toros del Marqués de Albaserrada para ser lidiados y muertos a estoque por Gallito, Juan Belmonte e Ignacio Sánchez Mejías. La que, sin saberlo ni él ni nadie, fue su última actuación en una de las plazas que más le admiró, se desarrolló en un clima de gran hostilidad contra todos, muy en especial contra José y Juan. Ya desde por la mañana de aquel 15 de mayo el ambiente andaba muy caldeado, el sexteto que envió el Marqués de Albaserrada fue sustituido al completo por otros tantos toros de Carmen de Federico, y este hecho puntual marcó el devenir de la corrida. El paseíllo se desarrolló bajo un escándalo propiciado por la masa furiosa apostada en los tendidos, que al grito de "estafadores", "ladrones" y demás adjetivos mostraban el billete adquirido en la taquilla en señal de recriminación. Los murubes de Carmen de Federico, a cada cual más inválido y faltos de fuerza, no ayudaron en ningún momento a que el festejo repuntara. El lote al completo de Joselito acabó siendo sustituido por sendos sobreros de Salas, los cuales fueron lidiados en un clima que se tornó cada vez más hostil, espoleado por gritos, insultos y hasta un almohadillazo que le dio de lleno en la cara al pobre José. Tampoco Belmonte y Sánchez Mejías tuvieron una tarde afortunada, sus correspondientes lotes no fueron ni mucho menos la panacea y, contrariados, se limitaron a cumplir como buenamente pudieron. Así de infeliz fue la última tarde de Joselito en Madrid, añadiéndole además la leyenda de que entre las muchas cosas que se gritaron desde el tendido aquella tarde, una frase quedó para la historia,con Joselito como destinatario: "Así te mate mañana un toro en Talavera".

El viaje a Talavera de la Reina lo realizó José, luego de haber descansado la noche del 15 a 16 en su casa situada en la madrileña Calle Arrieta, el mismo día 16 por la mañana, y en compañía de los hombres de su cuadrilla, de su cuñado Ignacio Sánchez Mejías (con quien compartía cartel aquella tarde en mano a mano), la cuadrilla de este y varios amigos. Los 120 kilómetros que separan la capital de España de la ciudad de la alfarería fueron realizados íntegramente en tren, y alrededor del mediodía llegaron al destino, para una vez tomado un coche ser conducidos al Hotel Europa, con el fin de almorzar algo ligero y echar la siesta, como corresponde en los días de corrida. En la silla de la habitación, que compartió con su hermano Fernando (quien esa tarde actuaba como cuarto peón en su cuadrilla) reposaba un terno grana y oro dispuesto para que el cuerpo del Rey de los toreros fuera enfundado dentro de él por última vez.

La corrida, prevista a las cuatro y media de la tarde, comenzó con la puntualidad que caracteriza a estos casos. Al frente del paseíllo, José e Ignacio, secundados por el sobresaliente de espada, Miguel Cousé; y las correspondientes cuadrillas (los banderilleros Blanquet, Cuco, Cantimplas y Fernando "El Gallo", y los picadores Camero, Carriles y Farnesio por parte de la cuadrilla de José; así como los también banderilleros Bombita IV, José Rodas y Almendro, y los picadores Ceniza y Juan Pinto por la parte de Ignacio. En los corrales, seis toros de la señora Viuda de Ortega dispuestos en el siguiente orden de lidia:

1º) Maniguero, nº 4
2º) Batanero, nº 8
3º) Cuquillo, nº 13
4º) Comisario, nº 14
5º) Bailaor, nº 7
6º) Carpintero, nº 9

Con el cartel de "No hay billetes" colgando en la taquilla y la totalidad del aforo completo, se fue desarollando la corrida sin grandes sobresaltos. Los toros de la Viuda destacaban más por su mansedumbre que por otra cosa, y tanto José como Ignacio ofrecieron momentos lucidos en los cuatro primeros toros. Hasta que, sin más, salió el 5º, de nombre Bailaor, herrado con el número 7, de pelo negro mulato, cinqueño, tirando a chico y cornicorto. Cuatro varas tomó Bailaor y dejó para el arrastre cuatro caballos, siendo picado por los tres picadores de la cuadrilla de Joselito: Farnesio, Camero y Carriles, terceto que sufrió derribos al completo. Pronto se observó que el toro tenía peligro sordo, y no solo por su mansa y defensiva condición: además era burriciego, veía mal desde cerca y con normalidad de lejos. Cumplimentado con las debidas precauciones el 2º tercio por parte de los peones de Joselito, tomó este la franela roja para dirigirse a Bailaor y comenzar la faena de muleta. Aquerenciado en los tableros del tendido 1, José hizo por sacarlo hacia fuera y, una vez realizado este cometido, se alejó unos pasos del toro para recomponer la muleta. Mal asunto aquel, el burriciego que veía bien de lejos, cuando notó con nitidez el bulto lejano del torero, se arrancó con ávida rapidez y, pillando al pobre José totalmente desprevenido, lo empitonó de manera certera en el vientre. Una vez se llevaron al toro a la lejanía Joselito, malherido, intentó levantarse en vano y llevándose la mano a la herida se percató de que el paquete intestinal le asomaba, derrumbándose al momento. Dicen que lo que verdaderamente acabó con la vida de Joselito fue el shock que le causó verse con los intestinos fuera. Rápidamente las asistencias se lo llevaron a la enfermería, pero ya nada podía hacerse por la vida del Rey de los toreros: esta se había apagado para siempre. Con el pobre José agonizando en la enfermería de la plaza mientras los doctores intentaban en vano devolverlo a la vida, Ignacio Sánchez Mejías tramitó la lidia del 6° y último de la corrida con rapidez y diligencia, aún sin conocer Ignacio la suerte que había corrido su cuñado.

Con José de cuerpo presente en la enfermería, yaciendo sobre la mesa de operaciones tapado con una manta y con la cara descubierta, llegó el momento de dar a conocer la noticia, cosa harto complicada en una sociedad desprovista de redes sociales, televisión, radio y telefonía móvil. El telegrama en aquella época era el canal de comunicación más rápido al alcance de todos, pues aunque la radio o el teléfono ya estaban inventados no todo el mundo se podía permitir acceder a ellos; y a las tiradas de periódicos aún le quedaban unas horas para salir publicadas. Atardecía en Talavera de la Reina aquel 16 de mayo de 1920 y su oficina de telégrafos era un hervidero: telegramas llegaban a todas las ciudades de España para dar la noticia, la cual no era recibida con total credibilidad. Pero conforme pasaban las horas y ante la creciente fuente de rumores, más telegramas y de las palabras de informadores serios y de la gente del toro, no hubo más remedio que resignarse a la realidad.

Al amigo y rival por antonomasia de José, Juan Belmonte, la noticia le sorprendió jugando al póker en su casa de la madrileña calle Espalter, muy cerca del parque del Retiro. Resultó ser que aquella tarde Juan Belmonte estaba anunciado para torear en Madrid, pero la lluvia caída durante toda la jornada obligó a la suspensión de dicha corrida, por lo que Juan se refugió en su casa para pasar el rato echando una partida al póker con algunos amigos. Tal y como el mismo Juan relató su biógrafo  Manuel Chaves Nogales, en pleno juego sonó el teléfono, una llamada que traía consigo unas terribles palabras: "A Joselito le ha matado un toro en Talavera". Paparruchas. Siguió la partida como si tal cosa, que las habladurías idiotas no turben lo distendido del momento. Pero no, no eran ni habladurías ni paparruchas, y poco después de la llamada telefónica llegó a la casa el mozo de espadas de Juan, Antoñito Conde, desencajado y sofocado, para soltar lo mismo que se escuchó por teléfono rato antes: "A Joselito le ha matado un toro en Talavera". Por segunda vez, la negación. Pero a la tercera, que fue otra llamada telefónica de parte de un ganadero, no hubo más remedio que dejarse caer en manos de la realidad. Juan le relató a Manuel Chaves Nogales que se hizo el silencio en la habitación, un silencio terriblemente sepulcral e imponente. Sus compañeros de cartas, sin mediar palabra alguna, se marcharon y dejaron allí solo a un Juan Belmonte que quedó tremendamente abatido.

El cadáver de Joselito permaneció en la mesa camilla de la enfermería talaverana durante toda la madrugada del 16 al 17. No pasó ni un momento solo, toda su legión de allegados, tanto los que viajaron con él a Talavera como los que fueron llegando tras conocer la noticia, lo velaron sin descanso. Ahí se gestaron algunas de las fotografías más famosas de la historia de la Tauromaquia, entre ellas la realizada entre las rejas de la ventana que daba a la habitación donde José yacía, despeinado y con rostro sereno, tapado con una manta; o la de su cuñado Ignacio abatido sobre su cadáver. Por la mañana, y una vez que fue embalsamado y amortajado con el mismo traje de paisano que vistió para viajar a Talavera veinticuatro horas antes, el infortunado José fue trasladado a Madrid por ferrocarril, acompañado de un numeroso cortejo fúnebre. En la tarde del 17 de mayo, la capilla ardiente fue instalada en el salón principal del domicilio de José en la calle Arrieta, y durante largas horas fueron desfilando por dicha estancia numerosas personalidades del mundo de los toros, de la política, de la alta sociedad y, cómo no, de toda la ciudadanía madrileña, que no querían dejar de despedir al ídolo. El 18 por la tarde salió el cortejo fúnebre desde la calle Arrieta hasta la estación de Atocha, de donde saldría el tren con rumbo a Sevilla, donde tendría lugar el entierro. En una carroza de trazas barrocas y tirada por ocho caballos negros, recorrió José por última vez las calles de Madrid para poner rumbo a su tierra, donde fue inhumado (de manera provisional) en una fosa del sevillano cementerio de San Fernando alrededor del mediodía del 19 de mayo de 1920.

Y fue provisional esta sepultura porque poco después de morir, la familia de José se encargó de que el Rey de los toreros contara un mausoleo propio de su persona. Fue el famoso escultor valenciano Mariano Benlliure quien se encargó de que la tumba del Rey de los toreros luciera con los honores que a día de hoy luce: una representación a tamaño real del entierro de José, quien reposa en catafalco abierto sostenido sobre los hombros de dieciocho personas (entre los cuales se encuentran representados el propio Ignacio Sánchez Mejías, el Duque de Veragua o la gitana María la de las cartas, a quien se le puede apreciar al principio del cortejo fúnebre sosteniendo una talla de la Virgen de la Macarena. Por tanto, el 16 de mayo de 1926, seis años exactos después de la tragedia, el catafalco de José fue exhumado de su primera estancia para ser puesto, esta vez definitivamente, en el mausoleo que le homenajea como merece, y que a día de hoy comparte con su hermano Rafael y su cuñado Ignacio, entre otros parientes.

Muchas leyendas y cuentos de brujas fueron a las que dio pie la muerte del Rey de los toreros. El mal augurio que le espetó alguien apostado en el tendido de la plaza de Madrid en la tarde del 15 de mayo, "así te mate un toro mañana en Talavera", no fue el único que José tuvo que escuchar antes de medirse a Bailaor. O al menos eso se dice. Cuenta José Luis Cantos Torres en su libro "Las últimas 24 horas de Joselito el Gallo" que aquella mañana del 16 de mayo, ocurrió un incidente en la estación de tren de Torrijos en la que se vieron envueltos tanto José como su hermano Fernando. Y es que el tren que les llevaba a Talavera realizó una parada en aquella localidad, momento que aprovecharon para bajar a comprar algo que comer. La propiedad de una barra de pan motivó una discusión acaecida entre los dos hermanos y una tercera persona que se hallaba en el lugar, la cual acabó en el suelo fruto de un empujón propinado por el propio Joselito y no llegando el asunto a mayores por mediación del resto de presentes. La leyenda cuenta que al sujeto en cuestión alguien le oyó espetarle a José "permita Dios que esta tarde te mate un toro en Talavera".  También se cuenta que la noche antes de viajar a Talavera y después de cenar, José se corrió una juerga importante y acabó bastante perjudicado. Por ello, y porque el descanso aquella noche no debió de ser el adecuado, se cuenta que Joselito se presentó a torear en Talavera aquel día en unas condiciones físicas no demasiado óptimas. Pero si hay una leyenda muy famosa que se dio en Talavera el 16 de mayo de 1920, y que además sucedió (o al menos eso se cuenta) dos veces más, esa fue la del olor a cera quemada que pudo apreciar Enrique Belenguer "Blanquet", peón de confianza de Joselito. Se cuenta que minutos antes de hacer el paseíllo, Blanquet notó el tan característico olor y, convencido de que se trataba de un mal augurio, pidió a su patrón que no se toreara ese día. Lo que ocurrió rato después es historia. Quizás esta leyenda no hubiera dado tanto de que hablar si una historia de similar corte no se hubiera repetido fruto de la tarde del 7 de mayo de 1922 en Madrid. Aquella tarde, en la antigua plaza de la Fuente del Berro, se anunciaba una corrida de toros en la que se lidiarían tres toros de Albaserrada y otros tantos de Veragua por parte de Juan Luis de la Rosa, Manuel Granero y Marcial Lalanda, quien confirmaba la alternativa. Blanquet, aquella tarde a las órdenes de Granero, volvió a sentir el olor a cera antes de hacerse el paseíllo. Quizás fuera porque esa circunstancia le causó un visible desasosiego en el patio de cuadrillas, se cuenta que en ese momento se le acercó el primer espada del cartel, Juan Luis de la Rosa, y le susurró al banderillero: "¿Usted también lo nota? Pues el olor lo desprende su patrón". Aquella tarde el 5°, Pocapena de nombre y perteneciente a la vacada del Duque de Veragua, acabó con la vida del pobre Granero con una de las cornadas más escalofriantes de las que se recuerdan. Pero la leyenda del olor a cera que Blanquet notaba y le auguraba algo dramático no terminó aquí. Todavía faltaba la tercera estación de tan misteriosa historia, la definitiva y que llevaba por protagonista al propio Blanquet. Sucedió el 15 de agosto de 1926 en Sevilla, y esa tarde en la Maestranza actuando a las órdenes de Ignacio Sánchez Mejías, el olor a cera volvió a hacerse presente. La corrida acabó sin mayores sobresaltos y todos los actuantes salieron por su propio pie de la plaza, pero por la noche, cuando viajaban en tren hacia Ciudad Real para cumplir con otro compromiso profesional, Blanquet se sintió indispuesto y falleció de un infarto: había olido su propia muerte. En fin, ni la tauromaquia se libra de las historias fantásticas.

La cabeza del toro Bailaor, la cual a día de hoy se encuentra en paradero desconocido, fue llevada desde Talavera a Madrid para que fuera disecada por el famoso taxidermista madrileño Severini. Una vez terminado el trabajo, la cabeza del toro fue comprada por un tal Vicente Fraile, quien durante algunos años se recorrió las fiestas de la geografía española, valiéndose de ella para exponerla como atracción. En la década de 1930-1940 ya nada más se supo de la reliquia, cosa que continúa tal cual en nuestros días.

Después de aglutinar tantos recuerdos, testimonios y leyendas de lo acaecido hoy hace exactamente un siglo, la máquina del tiempo nos devuelve de nuevo a la realidad de nuestros días. Hoy no hay toros en ninguna parte de España, ni se guardará el tradicional minuto de silencio en homenaje al Rey de los toreros al finalizarse el paseíllo en todas las plazas, ni los toreros brindarán sus faenas al cielo. Pero sí que, con certeza, ocurrirá una cosa: que todos los recovecos del mundo del toro recordarán a Gallito en el centenario de su trágica muerte.


***BIBLIOGRAFÍA***

Las últimas 24 horas de Joselito El Gallo (José Luis Cantos Torres)
El Rey de los Toreros, Joselito El Gallo (Paco Aguado)
Juan Belmonte, Matador de Toros (Manuel Chaves Nogales)
Documental El autor y su personaje. Paco Aguado: Joselito El Gallo (Canal Movistar Toros)

viernes, 1 de mayo de 2020

HISTORIA DE LA GOYESCA DEL 2 DE MAYO





El mes de mayo ha llegado, pero por desgracia no será este un mes de mayo típico para nadie. La difícil coyuntura que atraviesa el mundo ha frenado en seco nuestra rutina y, aunque ya parece que vislumbramos algo de luz al final del túnel, aún nos queda mucho camino por recorrer hasta llegar a la normalidad más absoluta en todos los sectores. Por supuesto, el mundo del toro no ha sido ni mucho menos ajeno a esta situación, y la temporada ha quedado indefinidamente suspendida hasta nueva orden. No hay toros en ningún sitio y la situación que al mundo del toro se le ha echado encima es para salir corriendo, pero esa tristeza que ofrece el ver animales de lidia acabando sus días en el matadero y no en el ruedo, ferias suspendidas y plazas de toros cerradas a cal y canto, sumada a la ya de por sí desgracia del COVID-19, no nos borra a los aficionados la memoria. Y esa memoria tan puntiaguda que tenemos los aficionados a los toros tampoco nos impide recordar que hoy, sábado, es 2 de mayo. Y no, el 2 de mayo no es un día cualquiera en la historia de España ni, por supuesto, lo es tampoco para el calendario taurino.

Tal día como hoy, 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levantó en armas contra el invasor francés, y por ello en Madrid y toda su autónoma se viene conmemorando tan heroico hecho con un gran día de fiesta y celebraciones varias en honor a aquellos héroes de hace exactamente 212 años. Celebraciones entre las que se encuentra, como no podía ser menos, una corrida de toros en la plaza de Madrid. Pero la del 2 de mayo no es una corrida cualquiera en Las Ventas, pues desde hace algunos años a esta parte la corrida tiene la particularidad de que tanto los lidiadores como el personal de la plaza (monosabios, areneros, mulilleros, chulo de toriles, tablillero, calero e incluso hasta el timbalero y los clarineros hace años) van enfundados en ternos que simulan a aquellos que se estilaban en la época de don Francisco el de los toros. 

En Las Ventas, famosas fueron las corridas goyescas que organizaba el Círculo de Bellas Artes allá por los años sesenta/setenta, pero nada tenían que ver con la conmemoración del 2 de mayo de 1808. Ni tan siquiera se celebraban en aquella fecha. La institucionalizada corrida goyesca que organizaba el Círculo de Bellas Artes fue paulatinamente desapareciendo hasta que en 1996, coincidiendo con el 250 aniversario del nacimiento del genial pintor de Fuendetodos, la Comunidad de Madrid tuvo a bien de organizar para el día 2 de mayo de 1996 una corrida goyesca, la cual no pudo resultar más apoteósica. Aquel 2 de mayo, Joselito se encerró con seis toros de diferentes ganaderías y dio una de las mejores tardes de toros que ha vivido Las Ventas en toda su historia. El éxito fue tal, que a partir de entonces la goyesca del 2 de mayo se convirtió en toda una institución en la temporada de Las Ventas, y que suponía un preludio perfecto a la cercana feria de San Isidro. En realidad, este festejo suponía el plato fuerte de la llamada "miniferia de la Comunidad de Madrid", compuesta por dos o tres novilladas, generalmente con novilleros de postín, y la corrida de toros goyesca. Antes de aquel año de 1996 ya se venía celebrando esa "miniferia de la Comunidad de Madrid", y durante algunos años (concretamente desde 1989) el plato fuerte de esa miniferia se encontraba también en el 2 de mayo, pero con la celebración de una corrida concurso de ganaderías que, por algunas temporadas (no muchas) se convirtió en otra institución dentro de la temporada madrileña. Pero dado el gran éxito que obtuvo la goyesca del año 1996, la Comunidad de Madrid organizó para 1997 otra corrida de similares trazas con un cartel de auténtico lujo: toros de Juan Pedro Domecq, Victorino Martín y Samuel Flores que fueron lidiados en mano a mano por César Rincón y Enrique Ponce (este último salió a hombros tras cortar una oreja a sus correspondientes toros de Juan Pedro Domecq y de Victorino Martín). La goyesca del 2 de mayo en Las Ventas siguió en su camino de clara consolidación en los tres años siguientes con carteles de máximo interés sobre el papel, si bien es verdad que el resultado artístico de todas fue nulo: en 1998 y ante tres toros de Atanasio Fernández y otros tantos de Alcurrucén se las vieron César Rincón, Enrique Ponce y José Tomás; en 1999 Espartaco, Eugenio de Mora y Manuel Caballero estoquearon tres de Los Bayones y tres del Puerto de San Lorenzo en un festejo que el rejoneador Leonardo Hernández abrió a caballo ante un toro de Flores Tassara; y en 2000 de nuevo Leonardo Hernández abrió una tarde en la que se estoquearon tres toros de Joaquín Barral y tres del Puerto de San Lorenzo por Uceda Leal, Eugenio de Mora y Miguel Abellán.

Aquellos primeros años de goyesca hubo buena acogida por parte del público y del aficionado, y aunque sus dos primeras ediciones se saldaron con tardes triunfales, después vinieron, como queda visto, tardes tediosas de toros en las que lo único que destacaban eran los ternos goyescos que lucían los actuantes. Por ello, en 2001 la Comunidad de Madrid, organizadora del festejo, decidió darle una vuelta de tuerca y volver al formato anterior, programando una corrida de toros que, sin dejar de ser goyesca, fue una concurso de ganaderías entre seis toros de Guadalest, Hernández Pla, Conde de la Corte, Celestino Cuadri, Conde de la Maza y Adolfo Martín. Lo que vino siendo apostar por el Toro, actor principal de la función y denostado en anteriores ediciones; y a partir de ahí, que se apuntara ante ellos el que tuviera los suficientes arrestos. Como es lógico, aquel 2 de mayo de 2001 ninguna figura del toreo del momento optó por vestir terno goyesco en Las Ventas, y al final fueron Luis Francisco Esplá, Zotoluco y Juan José Padilla quienes hicieron los honores. Decir de aquella tarde que el único toro que se portó como cabía esperar fue el 6º, de Adolfo Martín y nombrado Malagueño, el cual ofreció una buena pelea en varas (4 puyazos en los que peleó con bravura) y una encastada embestida en el tercio de muleta. Por cierto que Juan José Padilla fue abroncado una vez terminó su labor.

Poca historia tuvieron los dos vis a vis programados en ediciones siguientes: el de 2002 protagonizado por Luis Francisco Esplá y Luis Miguel Encabo en la lidia de toros de Alcurrucén y de Carlos Núñez; y el mano a mano de 2003 entre Antonio Ferrera y El Fandi con toros de Alcurrucén. Quizás fuera la goyesca del año 2004 una de las más emotivas de cuantas se han vivido, junto con la de 1996 en que Joselito dio una apoteósica tarde y la del año 2015 en que Morenito de Aranda bordó el toreo eterno. Aquel 2 de mayo de 2004 hizo el paseíllo en solitario Uceda Leal quien, vestido de un elegante terno goyesco de color marfil y bordado en pasamanería azabache, lidió y estoqueó seis toros, por este orden, de Lozano Hermanos, Núñez del Cuvillo, Victorino Martín, Alcurrucén, Los Recitales y Puerto de San Lorenzo. Uceda Leal dio aquella tarde una bonita tarde de toros y buen toreo, cortando dos orejas (una al 1º y otra al 6º) que le permitieron salir a hombros en tan importante día. A una deslucida corrida del Conde de la Corte en 2005 que estoquearon Fernando Cepeda, Uceda Leal y Fernando Robleño, le siguió una extraordinaria corrida de Adolfo Martín en 2006, tarde en que se lidió el famoso toro Mulillero, bravo y encastado de principio a fin y al que Luis Miguel Encabo lució sin reservas y lidió con solvencia, si bien no le terminó de sacar partido. Tardes para el olvido fueron las posteriores de 2007 y 2008; dos encierros, a cada cual más infumable, de Victorino Martín y de Valdefresno, respectivamente, y en las que las correspondientes ternas de espadas (Uceda Leal, López Chaves y César Jiménez la primera; y Uceda Leal de nuevo, El Cid y Sebastián Castella en la restante) pasaron en silencio. Un resultado más artístico se cosechó el 2 de mayo de 2009, día en que tanto Diego Urdiales como Luis Bolívar cortaron una oreja cada uno a los toros de Carmen Segovia. La tarde la completaron Miguel Abellán y el rejoneador Javier San José, que abrió plaza ante un toro de Murube que le hirió cuando intentaba descabellarlo.

¿Qué rascar de los años posteriores? Muy poca cosa, en verdad. La goyesca empezaba por aquel entonces a entrar en decadencia, la plaza ya no se llenaba como antes, el ambiente era mucho más frío y los carteles, aunque siempre con alicientes no terminaban de estar rematados para que el público acudiera en masa a la plaza. Iván Fandiño, en 2011, cortó una oreja luego de buena actuación ante un toro de Carriquiri al que mató de una gran estocada; en 2012 Morenito de Aranda cortó una oreja tras detalles de bisutería fina, aunque de aquella tarde siempre quedarán grabado en la retina de los aficionados el soberbio tercio de banderillas que protagonizó Luis Carlos Aranda. Diego Urdiales firmó una gran actuación ante una complicada corrida de Alcurrucén en 2014, pero sin duda una de las mejores tardes goyescas vividas fue, como se ha mencionado anteriormente, en 2015. Aquella tarde, Morenito de Aranda cuajó una faena sensacional al toro Frutero, de Montealto, del que le fueron concedidas las dos orejas. López Simón también le cortó una oreja a cada uno de sus toros, aunque no hubiera el menor atisbo de buen toreo por ningún lado; mientras que Ángel Teruel fue herido por su primer toro, no pudiendo matar ninguno. En 2016 se quiso conmemorar el vigésimo aniversario de la apoteosis de Joselito en esta plaza vestido de goyesco, pero no anunciando al torero, sino al ganadero. Y lo único destacable que sucedió aquel 2 de mayo de 2016 fue que José Miguel Arroyo hizo bueno el axioma de que ningún torero triunfa como ganadero. Un año después, en 2017, se programó un mano a mano imposible de superar, al menos para el aficionado de Madrid: nada menos que Diego Urdiales y Paco Ureña, ante toros de El Torero, Victoriano del Río y José Vázquez. Y aunque no hubiera faenas ni triunfos rotundos (solamente Paco Ureña cortó una oreja, y fue al 6º), la tarde se desarrolló entre numerosos detalles muy toreros y de indudable bisutería de ley, como de ley fue la oreja que un año después, 2018, cortó Javier Cortés a un toro de La Reina, después de una heroica actuación y en la que resultó herido.

Hoy, 2 de mayo de 2020, en los chiqueros de Las Ventas deberían haber aguardado seis toros de El Ventorrillo, y en las sillas del hotel tres ternos goyescos para que Uceda Leal, Morenito de Aranda y Javier Cortés se los enfundaran e ir a dar cuenta de esos toros de El Ventorrillo. Pero los avatares del destino han querido que este 2 de mayo lo pasemos en casa recordando momentos a los que seguro, dentro de no mucho tiempo, se unirán muchos más.

sábado, 7 de marzo de 2020

JOSÉ TOMÁS, UNA LEYENDA QUE YA ESTÁ FUERA DEL TOREO

Sigue toreando, pero lleva ya mucho tiempo fuera del toreo y hasta considerado por muchos aficionados como un torero retirado. En su día protagonizó una época gloriosa, dividida en dos etapas, en la que seguramente consiguió ser el número uno y hasta tener el derecho a que se le considere como uno de los más grandes de todos los tiempos.

Por ello, hablar de José Tomás no es hablar de cualquier torero. Por sus logros, por su forma de torear y por la nueva vuelta de tuerca que consiguió darle al toreo, otra más que sumarle a las que en su día dieron Belmonte, Manolete y Ojeda, pisando unos terrenos que nadie había pisado antes, y poniéndose en un sitio que hasta ese momento nadie había conseguido alcanzar (y quizás muy pocos a día de hoy le han igualado). José Tomás ya hizo presentir desde novillero que en él había un torero completamente diferente a los demás, y tras tomar la alternativa y conforme pasaron las temporadas, ese presentimiento fue una certeza. México, Francia, Sevilla, Barcelona y Madrid, sobre todo Madrid, entre otras muchísimas, se le rindieron a sus pies en múltiples ocasiones a lo largo de los años 90 y principios de los 2000. Cuando se quitó en 2002 dejó un  tremendo vacío, un vacío que entonces se antojó muy difícil, casi imposible, de ocupar. Surgieron por aquel entonces otros toreros que alcanzaron la gloria y protagonizaron también grandes gestas, pero la nostalgia nunca llegó a borrarse en las cuatro temporadas que estuvo fuera de los toros. Y en 2007, cuando menos se lo esperaban los aficionados, saltó la noticia: José Tomas volvía, y lo haría con intención de quedarse. Volvió en Barcelona, justo en un momento muy delicado para la que en otro tiempo fuera la ciudad más taurina de España, llenó una plaza que hacía muchísimo que no se llenaba y dio una gran tarde como solamente él sabía. Siguió la temporada de su regreso y, aunque en plazas de menor relevancia para ir acomodándose, demostró que seguía siendo el mismo José Tomás que anteriormente fue: todo un derroche de toreo puro, arrojo y gran estilo que colocaba sus muslos donde la inmensa mayoría del escalafón solo alcanzaba a colocar la muleta (algunos, el pico). Volvió a Madrid al año siguiente, plaza que le veneró, y se entretuvo en cortar la friolera de siete orejas en un espacio de tiempo de diez días. Siguió triunfando y poniendo todo patas arriba con su grandiosa forma de torear allí donde actuaba; por desavenencias con los empresarios no llegaba a cuajar su presencia en Sevilla, ni tampoco en Madrid un año después de su apoteósico triunfo. Y una tarde en Aguascalientes, en el país donde ya volvió a nacer años atrás, por poco se va definitivamente. Tenía entonces una prometedora temporada de 2010 por delante, con dos tardes firmadas en Madrid y otra más en Bilbao (una de las poquísimas plazas que se le ha resistido), entre otras muchas. Todo se truncó con aquella cornada. Y también todo cambió radicalmente, ya nada volvió a ser como antes.

Tuvo el coraje y la gallardía de conseguir volver a torear un año después. Fue en Valencia, por julio. Y aunque en un primer momento parecía que aquel percance tan solo fue un socavón en el camino y ya había sido superado, la realidad dio en las narices a la ensoñación. Con una cornada como la que sufrió en Aguascalientes, lo milagroso era que hubiera salido con vida del trance, cuanto ya menos volver a torear. Pero ¿pretender que algo así no dejara secuelas a alguien quien, a pesar de todo el misterio y misticismo que siempre le ha rodeado, es en realidad un simple mortal más, de carne y hueso?
"Temporadas", por llamarlo de alguna manera, de dos o tres tardes como mucho vinieron después. Clausuró la Monumental de Barcelona al poco de reaparecer en Valencia, al año siguiente protagonizó una apoteósica mañana en Nimes encerrándose con 6 toros, siguió sumando actuaciones testimoniales en plazas como Jerez, Algeciras, Huelva, León, Granada, San Sebastián, Aguascalientes... Y pare usted de contar. Tardes muy preparadas en cuanto a toros a lidiar y compañeros con los que hacer el paseíllo, todo muy medido y sin apenas competencia, para que el protagonista único fuera él y tan solo él. Algo así como una perfomance tomasista anual para los más nostálgicos, pero que en realidad no le suma ni le resta absolutamente nada a la temporada taurina.
El año pasado, en Granada, fue un estrambótico vis a vis con un rejoneador y en la que se vio a un José Tomás que en absolutamente nada se parecía al grandioso torero de otros tiempos, por mucho que se empeñen algunos de sus más fieles seguidores.

Y este año ¿qué? Por un lado, hay quien asegura su presencia en Granada por su feria del Corpus. Pero lo que sí  están cerradas son, por mayo y septiembre respectivamente, dos tardes en Nimes... ¡¡Nimes!! Plaza de primera categoría en Francia, puede parecer que ha subido un escalón. Y dos tardes nada menos. Pero claro... ¿Toros? No se sabe aún, pero por supuesto que tampoco hay que echarle mucha imaginación para saber de qué va a ir el asunto. ¿Y compañeros? Pues decir que, de nuevo, el esperpento del "mano a pata" con rejoneadores. Y en ambas tardes además. ¿De verdad se puede tomar esto en serio?

Y es que verdaderamente da pena, muchísima pena, ver a toda una leyenda del torero arrastrarse de esa manera, cual alma del purgatorio, por esos montajes de Dios ideados para que sus incondicionales más nostálgicos revivan de alguna manera los años gloriosos del tomasismo. No se puede discutir que, aunque cien años en estas condiciones pasen, a José Tomás nadie le va a quitar ni un ápice de su alargada leyenda, forjada a base de triunfos, sangre y verdad durante muchas temporadas. Solo faltaría. Pero claro, ¿tiene algún sentido estas apariciones tan puntuales en el devenir de la temporada taurina, más allá de matarse el gusanillo él mismo y matárselo a toda esa legión de seguidores que aún todavía le consideran el número uno del toreo? Si es por la cosa de seguir alimentando su espíritu, lícito es. Pero que a día de hoy todavía haya quien considere un líder y un líder a José Tomás, exagera. Y siendo honestos, tampoco se le puede pedir mucho más a quien un cornadón de caballo no solamente casi le quita la vida, sino que le dejó secuelas físicas que le impide desarrollar su profesión con normalidad.

Si José Tomás pretende seguir montándose sus dos o tres revivals anuales para goce y disfrute propio y de sus adeptos, está en su pleno derecho. Lo que no puede dejarse aparte es que su época ya pasó hace tiempo y que su burbuja está totalmente apartada e independiente del grueso de la temporada taurina.

miércoles, 4 de marzo de 2020

LAS PUYAS PARA LA CONCURSO DE JEREZ: UNA MORANTADA MÁS

Para entender mejor qué pretende uno de la Puebla con "sus puyas" para la próxima corrida concurso a celebrarse en Jerez, quizás sea adecuado contestarse a una pregunta de suma importancia: ¿qué es la suerte de varas? O mejor dicho, ¿qué trascendencia tiene la suerte de varas en el toreo hoy en día? Hay dos respuestas posibles, una corta y una larga.

La corta, compuesta por una palabra: NADA.

La larga, pues se podría definir como una especie de mosca cojonera para los matadores (en especial los figuras y los que se las dan de figuras)  y público que aquellas arrastran (público, que no aficionado). Mosca cojonera o trámite, como se prefiera, el cual se resuelve pronto en plazas que no son de primera categoría con una sola entrada al caballo y un refilonazo como norma general (salvo si el animalito a lidiar saliera, por cosas de la vida, con más poder que el acostumbrado, y entonces hubiera que machacarlo de un solo puyazo). Y aquí paz y después gloria. Peor en plazas de primera categoría, pues el reglamento obliga a dos entradas, que se suelen resolver también como mero trámite y, normalmente, con sendos refilonazos (salvo cuando suele tratarse de plazas como Bilbao o Pamplona, donde el Toro impone más y suele salir con más poder). Y ya si hablamos de Madrid, la mosca cojonera deja de serlo, convirtiéndose en un mosquito tigre que porta el coronavirus (o algo peor, viendo cómo se toman algunos que todavía queden aficionados que reivindiquen todo el esplendor de la suerte de varas). Y ¿por qué los toreros de ahora pueden permitirse el lujo, tarde sí y tarde también, de prescindir de la suerte de varas? Pues porque el medio-toro a lidiar, con su bravura del siglo XXI, así lo permite. El medio-toro ya sale al ruedo picado, lidiado y dispuesto a tragarse sin tan siquiera pestañear una faena de muleta kilométrica, que necesita de una embestida suave, pastueña y noble hasta decir basta. La suerte de varas, por lo tanto, está de más ante un torete de estas características. 

Y así es como se ha llegado a la más absoluta degeneración de la lidia del toro bravo (y del propio toro bravo), la cual consiste en pegar pases. Simplemente eso, pegar pases. Ni suerte de varas, ni quites, ni apenas toreo de capote; los peones que gasten torería para cubrir el segundo tercio cada vez menos frecuentes, y ni tan siquiera el más mínimo decoro para realizar la suerte suprema con pureza y verdad. Nada que no sea pegarle pases (que no TOREAR) al animalito de turno. En otros tiempos, muy remotos ya, la suerte de varas lo suponía todo, junto con la suerte de matar. Posteriormente llegaron José y Juan, y con ellos la concepción de la faena de muleta como algo más que preparar al toro con miras a la suerte suprema, y todo fue evolucionando y convirtiéndose el último tercio en una expresión de lo más artística y de poderío ante el Toro, pero sin dejar de lado algo tan fundamental en la lidia como lo es la suerte de varas. Sin dejar de concebir, a fin de cuentas, la lidia como algo dividido en tres tercios. Hasta que entró en escena el llamado toro artista y todo aquello se fue al mismísimo carajo para convertirse en la pantomina a la que ha llegado ahora la lidia.

Ahora parece ser que al señor Morante de la Puebla, que en los últimos tiempos se las quiere dar de romántico empedernido, le ha entrado la vena por preocuparse de la suerte de varas. Con motivo de la corrida concurso de Jerez que estoqueará mano a mano con el Juli (monta tanto, tanto monta), al genio se le ha ocurrido la brillante idea de sacar a la palestra unas puyas de menor tamaño y, por lo tanto, menos dañinas. Algo así como que "los toros sangran demasiado en la suerte de varas (no serán los de las ganaderías que él suele lidiar, no), y lo que se pretende es conseguir que con una puya más pequeña se consigan más entradas al caballo y el toro llegue con fondo al último tercio. Que igual si hacemos una lectura superficial y rápida, cualquiera se levantaría del asiento y, tras destocarse, aplaudiría como un loco la idea. Pero pasa que si se ahonda un poco en el asunto, uno no tarda en darse cuenta que es una metedura de pata, como mínimo, gigante. Quizás reducir el tamaño de las puyas sea la solución más fácil en este punto al que ha llegado la Tauromaquia, pero no quiere decir eso que sea la más congruente. Si no se le hubiera despojado al toro de todo su esplendor, un esplendor consistente en casta, bravura, poder y pies, no harían falta puyas más pequeñas, es más, a nadie se le pasaría por la cabeza tal idea. Quizás si a todo ese esplendor del toro le acompañara la existencia de picadores verdaderamente competentes que sepan hacer la suerte, que piquen en lo alto y que se olviden de limitarse al puyazo trasero y a golferías tales como barrenar, no harían falta puyas más pequeñas. Quizás si todos y cada uno de los matadores y novilleros del escalafón entraran sin demora a hacer el quite en lugar de pegar voces al picador para que levante el palo, su única defensa para no ser desmontado,(¿o para darle más fuerte? Nunca se escucha con claridad si es vale o dale), y así evitar algunas carnicerías que se cometen desde lo alto del jamelgo, no harían falta puyas más pequeñas. Quizás si se revisara y se pudiera dar una solución al peso del caballo y del peto para que los toros no se desfonden tanto empujando al Caballo de Troya, no harían falta puyas más pequeñas.

Pero no, es mucho más fácil después de la degeneración que ha sufrido el espectáculo, el tema de las puyas más pequeñas. ¿Se imaginan que ahora hubiera que concienciar a los ganaderos para que vuelvan a seleccionar poderío, fuerzas, pies y casta, en detrimento de la toreabilidad y de la clase? ¿Y lo de concienciar a los matadores para que ordenen picar en el sitio y no en mitad del espinazo, y hacer el quite con rapidez y diligencia en lugar de quedarse mirando a las musarañas desde la lejanía? ¿Y ya conseguir que los picadores se suban a un caballo más ligero? Entra la risa de solo pensarlo.

Y aunque sea la solución más fácil y rápida, lo de las puyas más pequeñas no deja de ser una morantada más que añadir a su importante colección de disparates.

martes, 14 de enero de 2020

EL RETORNO DE UN GRAN TORERO

Vuelve. Ese es el titular que todos los aficionados llevamos meses codiciando, vuelve... Vuelve Alejandro Talavante. "Vuelve quien nunca debió irse", dicen por ahí. Y no hay mayor falsedad que eso. Porque Alejandro Talavante nunca se fue de los toros. A Alejandro Talavante lo echaron. Mejor dicho, lo echó la infame mafia taurinesca que tanto daño ha hecho, hace y seguirá haciendo a la Tauromaquia (más incluso del que pueda hacer ese nuevo Gobierno de España, presuntamente prohibicionista para con los toros). Y lo echaron justo en el momento en que su toreo había alcanzado mayores cotas de pureza y verdad en toda su carrera, tras algunos años irregulares y de vaivenes en los cuales ni él mismo sabía qué buscaba.

Alejandro Talavante se tomó un curso entero sabático en el cual apenas nada se supo de la persona y, menos aún, del torero (si acaso, rumores era lo único que les llegaba a los aficionados). Y justo cuando la temporada que corresponde a la del año 2020 asoma en el horizonte, tenemos la gran noticia: Alejandro Talavante reaparecerá en la plaza francesa de Arles el próximo 11 de abril, en un mano a mano con Juan Leal y una ganadería que, a día de hoy, es una incógnita. Y por si fuera poco, ha decidido pegarle la patada en el trasero a toda la mafia, y apostar por el camino de la independencia a la hora de elegir gestor de su carrera: su apoderado será nada menos que el maestro Joselito. Nada de Matillas, Donsimones, Choperas, Choperitas, Lozanos, Bailleres, no. Ni hablar. ¡¡Cuánta falta hacía Alejandro Talavante!!


En un escalafón repleto de mediocridad, mentiras y amaneramientos (especialmente entre los figuritas esos de porcelana que venden como quienes inventaron el toreo), tener de vuelta a Alejandro Talavante, uno de los últimos exponentes del clasicismo, la pureza y la verdad, es un lujo. Puestos a soñar, que de momento no cuesta dinero y no es actividad ilícita, qué grandiosa tarde de toros sería para Madrid, en pleno San Isidro, un cartel formado por Diego Urdiales, Alejandro Talavante y Paco Ureña (otro par de grandes toreros, por cierto, que han sufrido en sus propias carnes los ninguneos y zancadillas de la mafia). O junto a Pablo Aguado, intérprete de la escuela sevillana en su gran esplendor. Y, por qué no, tampoco podemos dejar de acordarnos del duende de Juan Ortega. Y por supuesto, verle medirse a cara de perro con Roca Rey, el torero de moda. En Madrid, por San Isidro. O en Sevilla, por abril. O en Bilbao, por su Aste Nagusia. O en Valencia, por julio ya que por Fallas no podrá ser, al estar prevista la reaparición para días después de esta feria... ¿Por qué no íbamos a poder soñar con que estos deseos puedan convertirse en realidad los próximos meses?

Sería precioso, pero mucho se teme un servidor que esto sean solo eso: sueños. Al menos de momento, pues hasta que no pasen algunas semanas y se vislumbren las primeras ferias, no conoceremos con certeza las intenciones de Alejandro Talavante para el año de su regreso. Su reaparición causa furor entre todos los aficionados, pero no es menos cierto que ha preferido la comodidad para esta su primera comparecencia: nada menos que un vis a vis ante un torero joven, muy nuevo y que a todas luces no le pondrá en demasiados apuros. Y en cuanto a los toros previstos a lidiarse aún no se conoce la ganadería elegida, pero no es descabellado aventurarse a pensar que no estará muy lejos del sota, caballo y rey. ¿Planteamiento de un año a lo grande y sin rehuir de grandes compromisos, como corresponde a un torero de la categoría de Alejandro Talavante? ¿O por el contrario será una temporada más aliviada, toreando en plazas de menor relevancia y ante compañeros más de segundo nivel, como ya hizo en su momento otro gran torero de los noventa y principio de siglo XXI, cuando volvió allá por el año 2007?

La noticia por todos esperada está encima de la mesa, Alejandro Talavante está de vuelta y todavía le tenemos para rato. Ahora solo toca esperar a que el Alejandro Talavante que regresa sea el mismo que el que se fue en 2018, el triunfador de las grandes plazas con un toreo de alto grado de pureza.

Suerte torero.


domingo, 10 de noviembre de 2019

MANUEL JESÚS CID SALAS, TORERO DE CULTO POR LOS RESTOS

Tendrán que pasar unos cuantos años, tal vez décadas, para que el toreo dé otro ilustre que sepa interpretarlo como lo ha hecho El Cid. Cuentan los viejos aficionados sobre la retirada de otro ilustre, Su Majestad El Viti, que por aquel entonces se auguró otro saco de años para que saliera otro torero como El Viti, cuyo poderío sobrio y con aires muy clásicos lo habían convertido en un referente de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Veintiún años concretamente tuvieron que pasar, los que transcurren desde su retirada en 1979 hasta la alternativa de El Cid en el 2000, un período de tiempo en el cual surgieron otros grandiosos toreros, faltaría más, pero ninguno con el sello propio del que vino al mundo en Vitigudino.

Baches y etapas mejores que otras aparte, lo que ha supuesto El Cid en el toreo del siglo XXI no ha sido lo que se dice moco de pavo. Posiblemente, el torero más completo que se haya visto en todo lo que llevamos de siglo (muy en especial durante la primera  década de este, no ya solo por su pureza manifiesta a la hora de interpretar el toreo, sino porque su poderoso estilo le ha valido para imponerse ante todo tipo de ganaderías). Si bien ha sido un torero corto en cuanto a repertorio se refiere, tuvo una gran capacidad para lidiar los toros con el capote, y aunque no solía ir más allá de la verónica y el delantal, la ejecución de estos dos lances siempre la realizó con elegancia y cierta dosis de arte; así como su media verónica, la cual tuvo muchos aires a Belmonte. Pero sin lugar a dudas, donde verdaderamente ha destacado El Cid y ha sido lo que le ha hecho rico en los toros, ha sido en su uso de la muleta con la mano izquierda. El natural de El Cid ha sido un muletazo de quilates, que embebía a los toros con toda la panza de la muleta, y los llevaba largo larguísimo, y despacio despacito. Y sin retorcerse, ni hacer feas contorsiones, ni nada raro. Su hacer se desarrollaba por la vertiente de la naturalidad. ¡¡Cuántas veces no nos habrán hecho saltar del asiento las maravillas que dibujaba Manuel Jesús con la zocata!! Gastaba también ciertos aires barrocos para rematar las series de muletazos, pues en este punto sí contaba con un abanico más amplio de suertes: molinete, pases del desprecio, de la firma, molinete invertidos... Y el rey de sus remates: el pase de pecho, rematado en la hombrera contraria y que terminaba de poner en ebullición al personal tras tres o cuatro naturales no menos arrebatados.

Pero, como todo ser humano, El Cid tuvo un punto débil. Muy débil, tanto como para hacerle perder docenas de triunfos en ruedos de suma importancia. Si don Rodrigo Díaz de Vivar ganó grandes batallas Tizona en mano, Manuel Jesús Cid Salas perdió puertas grandes a espuertas por hacer mal uso de su Tizona particular. Así a bote pronto, solo en Madrid perdió unas ocho puertas grandes. ¡¡Ocho!! Ocho que sumadas a las dos que sí consiguió, hubieran sido iguales al número de puertas grandes alcanzadas por colosos de la talla de Ruiz Miguel y Andrés Vazquez, y superiores a las de otras leyendas de la Tauromaquia como Diego Puerta, Gregorio Sánchez, Antoñete o José Tomás. Pero quedó únicamente en dos, y culpa de ello fue ese talón de Aquiles que arrastró El Cid toda su carrera, de principio a fin, y que fue la espada.

No fue el camino de Manuel Jesús un camino de color rosa y de fantasía desde que se iniciara como novillero. Para llegar a ser lo que fue, es y será siempre, tuvo que pasar por la dureza extrema del toreo en las plazas del Valle del Tiétar (el famoso Valle del Terror, donde si el toro y novillo que se lidia es imponente y exigente, el público que se congrega en el tendido de sus plazas no se queda a la zaga). Seis temporadas de novillero con picadores hasta llegar a la alternativa, en los cuales adquirió un oficio y una cabeza privilegiada para entender al Toro de verdad. Sería quizás por eso por lo que después fue el torero que fue. Su alternativa en Madrid, su Madrid, no fue triunfal, pero sí llegó a dejar entrever que ahí olía a torero grande. La alternativa no terminó de mejorar su situación, pues no consiguió salir de ese duro circuito donde se forjó, aunque sí seguía contando para empresas importantes, como la de Sevilla o la de Madrid, para confeccionar algunos carteles de sus respectivas temporadas. Fue precisamente en esta última (dónde iba a ser si no) donde se produjo el primer aldabonazo gordo que le empezaría a cambiar la situación. Corría la temporada de 2002, y El Cid había conseguido entrar en la feria de San Isidro para lidiar y estoquear la corrida de Hernández Pla en el segundo festejo de abono. Fue la tarde en que inmortalizó al gran Guitarrero, y también la tarde en que empezó su pasional idilio con Las Ventas. Pero pocos meses tuvieron que pasar para que comenzara otro gran idilio que todos, desde él mismo hasta el último aficionado que se precie, y durante toda la historia de la Tauromaquia, recordarán: el romance Cid - Victorino. Y es que ese mismo verano de 2002, poco tiempo después de torear como los ángeles y en Madrid al bravo Guitarrero, El Cid se las iba a ver en Bayona con su primera corrida de Victorino Martín, la primera de muchas que iba a estoquear. Y mal no debió de dársele aquellos primeros albaserradas, pues cortó un rabo. Desde aquel día, El Cid comenzó a ser un clásico en las ternas que habrían de estoquear las corridas de Victorino en todas las ferias. En especial, Madrid. Y precisamente al año siguiente, en 2003, su primera corrida de Victorino Martín en Madrid, en la última de la feria de San Isidro. El Cid hizo aquella tarde el paseíllo aún con los puntos frescos de una cornada que le infirió un toro de Celestino Cuadri en esta misma plaza semanas antes, y de nuevo otra tarde para el recuerdo en Madrid. En el marco de una sobresaliente corrida de Victorino (el mayoral fue obligado a saludar tras finalizar la corrida) El Cid le realizó un faenón al segundo, de nombre Gaditano, y al que le hubiera conseguido cortar las dos orejas si no hubiera fallado con la espada. La afición de Madrid ya le tenía como uno de sus toreros predilectos, y en las ferias de toda España y Francia ya se comenzaba a dejar caer su nombre en los carteles. Su ascenso al Olimpo del toreo era una evidencia.

Comenzaban los años gloriosos del Cidismo. Entró en todas las ferias y en carteles de relumbrón, pero nunca se olvidó de sus duros orígenes, pues siguió matando de todo y triunfando ante todo lo que se le pusiera por delante. Un nuevo faenón en la de Victorino de San Isidro 2004, de nuevo pinchado, y el corte de una oreja en la Beneficencia de aquel año, no hicieron sino refrendar todo lo anterior. Pero faltaba lo que faltaba: que rematara con la espada todo lo bueno de la muleta, y en las plazas importantes. Madrid y Sevilla ya le bendecían y le apreciaban, pero estaban deseosas de verlo en hombros de los aficionados al terminar la corrida. Y llegó un momento en que parecía imposible que algo así llegara. Pero llegó. Y vaya si llegó...
Tres fechas claves en el calendario de 2005: 27 de marzo, 7 de abril y 3 de junio. Dos puertas del Príncipe en Sevilla, y una puerta grande en Madrid. Por fin lo consiguió, y por fin sus adeptos le veían como hacía algunos años que deseaban verle. Las de Sevilla, por Resurrección ante toros de Juan Pedro Domecq y en la Feria con la de Victorino (como no podía ser menos), fueron colmadas de gloria porque transcurrieron en un período de tiempo muy corto (apenas diez días). La de Madrid, punto y aparte como siempre. Venía aquel 3 de junio de pinchar por enésima vez otra puerta grande ante una corrida de Alcurrucén, aquella en que otro ilustre de Madrid como lo es César Rincón se reencontró con su querida afición madrileña. Y tras derramar otro buen puñado de lágrimas días antes, Manuel Jesús consiguió por fin meter a la primera la espada al toro de Victorino que había vuelto a cuajar con consumada maestría. La primera de dos que tuvo, completándose el cupo un año después ante otra corrida de Alcurrucén.

El Cid mantuvo su gran nivel unos cuantos años más, entre los cuales protagonizó tardes verdaderamente históricas. Tardes como la de la encerrona con seis toros en Sevilla en el año 2006, y en la que cortó cuatro orejas; la de Bilbao al año siguiente con seis de Victorino Martín y que supuso un verdadero hito en su carrera, su faena al gran Borgoñés en la feria de abril de 2007, su puerta grande en Barcelona ante una corrida de Parladé tres días después, su San Isidro de 2008, en el que pudo salir a hombros las tres tardes en que actuó, con corridas de El Pilar, Victorino (siempre Victorino) y Núñez del Cuvillo; no consumándose ninguna de ellas por lo mismo de siempre. En fin, muchas tardes y muchos grandes recuerdos de alegría y de gratitud.

Y después... ¿Qué? Después, el ostracismo. La oscuridad. El socavón. La tristeza. La abulia. La apatía. La suya y la de todos sus adeptos. Dicen los cercanos a él que la enfermedad de su padre  y otros problemas personales le pasaron factura anímica. Madrid y Sevilla, sus dos amores, le seguían esperando, y lo cierto es que le esperaron hasta el final. En ambas consiguió llevarse algún que otro trofeo de cuando en cuando, pero los que le vieron en todo su esplendor reconocían que ya no era lo mismo, que a aquel Manuel Jesús le faltaban muchas cosas de las que le pusieron en órbita. Milagrosamente, esas mismas cosas resucitaron por un día aquella feria de Otoño de 2013, la de el faenón al coloraíto de Victoriano del Río apodado Verbenero, en lo que resultó ser su penúltima gran faena, con su penúltimo sainete de pinchazos a la puerta grande, en Madrid (la última siempre quedará por escribir).

Su última temporada en activo ha sido un completo homenaje a la figura del torero que tanta grandeza ha ofrecido a la Tauromaquia. La afición sevillana se lo llevó en hombros tras su última tarde en la Maestranza, y los madrileños no pudimos quedar atrás y tuvimos que hacer lo propio la pasada feria de Otoño, cuando se despidió de Madrid. Aquella tarde fue obligado a saludar, tras romperse el paseíllo, hasta en dos ocasiones; y aunque su tarde fue discreta, tras la muerte del cuarto fue obligado a dar una vuelta al ruedo. Y también, la salida de la plaza sobre los hombros de aficionados que vivieron aquella tarde un cúmulo de nostalgias, recuerdos y evocaciones al pasado que difícilmente se les olvidará. Porque Manuel Jesús Cid Salas, El Cid en los carteles, ha dado mucho al toreo. Y el toreo y los aficionados le recordarán por siempre lo que siempre será: un torero de culto. Suerte MAESTRO.

domingo, 6 de octubre de 2019

SEXTA DE OTOÑO: BUEYES CÁRDENOS DE MARCA ADOLFO MARTÍN

Petardazo grandioso del señor don Adolfo Martín Escudero, ganadero de reses bravas (se supone), como colofón a esta feria de Otoño. ¿Petardo de Adolfo Martín? ¿En Madrid? ¿Y en Otoño además? Nooooooo, ¡¡no puede ser, debe de haber un error!!

¿Hasta cuándo tendremos que aguantar las cuchufletas de este señor cada vez que lidia una corrida en Madrid? Y por supuesto, ¿hasta cuándo tendremos que seguir aguantando a su séquito de palmeros (que también los tiene) poner excusas de todo tipo, formas y colores sobre el lamentable juego de estos pseudoalbaserradas? ¿Que se merienda bien en casa de este señor, o cómo va el tema? ¡¡La Virgen Santa!!

La de hoy, una más de tantas de Adolfo, y que hacen la excepción de la norma a la corrida de hace cuatro meses en esta plaza: una colección de torillos chicos, mal hechos, feos, sin remate... Y lo que es peor, de un comportamiento que, a su lado, los berrendos de Florito parecen bravos. Lo suyo hubiera sido dejarlos en Los Alhijares, castrarlos y venderlos como bestias de tiro para las carretas de El Rocío. O para tirar del arado. O para el manejo de ganado bravo, pero bravo de verdad. Y a lo mejor, ni tan siquiera hubiera hecho falta castrarlos. ¿Para qué? Hubiera sido perder tiempo y fuerzas.

Solo hubo uno, uno solo, que sacó una condición que mereciera un poquito más acorde de llamarse "ganado de lidia". El 4.º de la tarde fue, y aunque no fue tampoco una cosa sobrenatural de casta, temperamento y bravura, al lado de sus otros cinco hermanos se pareció y todo, sin ir más lejos, a aquel mítico Madroñito que lidiara en esta misma plaza, hace años ya, Fernando Robleño. No se empleó en varas, se le alivió en el primer puyazo y se le apretó más en el segundo, ambos inferidos en mal sitio, sea dicho de paso; y llegó a la muleta con una nobleza exquisita y queriendo tomar los engaños por abajo. Vamos, que casi pareció más un juanpedro cárdeno que otra cosa. O uno de esos saltillos del otro lado del charco que hacen suspirar a los figurones mientras se les dibuja un corazoncito en cada pupila. Y para uno que sale medianamente bueno, no va el espada de turno y se lo deja sin torear...  El susodicho fue ese fino, pinturero y artistísimo Curro Díaz, y con mucha finura, pinturería y jarte, lo mandó al desolladero sin sacarle el más mínimo provecho. Lo sacó al tercio con unos pases de tanteo, entre los cuales fue jaleado un natural de los que solamente salen en los carteles de toros, y en esos terrenos pasó al toro por el lado derecho, dándole muy poco sitio y sin demasiadas apreturas, ante lo cual el toro se quedaba corto. El pitón del toro era claramente el zurdo, y Curro se echó la muleta a esa mano sin más dilación para dibujar algunos naturales metiendo mucho pico y sin acoplarse a la franca embestida. Le sucedieron más naturales en los que pareció que se iba imponiendo con más autoridad el torero al toro, llevándolo más largo y despacioso. La tercera serie de naturales era la clave, la que iba a determinar si la cosa iba a tomar vuelo por fin, o si por el contrario todo se iba a desmoronar. Ocurrió lo segundo, el toro seguía embistiendo con dulzura y a Curro le iban lloviendo como churros los enganches, por lo que a la cuarta serie de naturales, ya con el toro más apagado, no consiguió obtener más limpieza, ni tampoco más ajuste. Y hasta aquí el quehacer de Curro Díaz, rubricado por un pinchazo y una estocada defectuosa.

No dio la corrida para nada más. López Chaves se dio de bruces con un tetrapléjico que salió en 2.º lugar, y con el que hizo las veces de enfermero, quedando muy por encima del bichejo y cumpliendo la papeleta con dignidad. En Madrid no se triunfa de esa manera (a no ser que uno se llame Enrique Ponce o Julián López Escobar, y tenga la plaza poblada de incondicionales), pero al menos hace que se gane el respeto y la valoración positiva de los parroquianos. Y tal fue el caso. También se lo ganó, y además la ovación que se llevó así lo demostró, parando al 5.º de salida. El buey (llamarlo toro es un insulto) de salida no pasaba del umbral de la puerta de toriles, y si se movía era para darse la vuelta y volver a la oscuridad. Después de proceder de esta manera en varias ocasiones, y con el matador apostillado en los terrenos cercanos a la puerta de toriles, el toro se arrancó como una bala a por el bulto que lo llamaba, el cual trataba con demasiados apuros de fijarlo en el capote. Cuando se vio prácticamente Lopez Chaves acorralado en tablas, se dio la vuelta y, andando hacia atrás, se llevó al toro hasta la misma boca de riego para dejarlo allí parado. No dio para más su actuación, el toro abandonó el ruedo arrastrado por el tiro de mulillas dando las mismas sensaciones que cuando salió: oveja vieja que no tenía ni uno. Y López Chaves inédito.

Manuel Escribano cerró cartel, y lo hizo sin pena ni gloria ante otros dos cabestros cárdenos que no tenían la más mínima gota de temperamento corriendo por sus venas. Se fue a portagayola en ambos turnos, siendo arrollado por el 3.º aunque afortunadamente sin consecuencias; banderilleó con dificultad a este mismo toro, dejando cuatro palos en cuatro entradas como buenamente pudo; de la misma manera que este mismo toro le puso en aprietos durante la faena de muleta, pues no era lo que se dice para florituras, pero quiso tratarlo como si lo fuera. También banderilleó al 6.º, de manera vulgar, pero valiéndose de un par al violín haciendo un quiebro para arrancar algunas palmas. Ninguna palma arrancó cuando, muleta en mano, se plantó delante de ese buey para proponer su faena, pero para entonces la afición, aburrida y hastiada de tanta bazofia, ya pedía la hora y solamente miraba hacia la puerta de salida. De puntillas pasó Escribano durante toda la tarde, si bien saludó una calurosa ovación tras romperse el paseíllo, en recuerdo a aquella fuerte cornada que le infirió un toro de Adolfo Martin en San Isidro. Una ovación que, precisamente, se inició en ese tendido de terroristas, asesinos, borrokas, ce de erres y genocidas que, con sus pitos, provocaron claramente aquella infortunada cornada. El resto de la plaza, sensible y muy respetuosa con todos los toreros, no parecía acordarse.

Y para no acordarse es la tarde que se ha vivido en Madrid el día de autos. Una tarde de las que echan a patadas de la plaza al más aficionado a esto.

QUINTA DE OTOÑO: ENCERRONA DE LIDIAS COMPLETAS Y DESTOREO AMANERADO

Se llevaron en hombros de manera triunfal (y triunfalista, sea dicho de paso) a Antonio Ferrera. Dos horas y media después de hacer el paseíllo en solitario y entre grandes ovaciones. Dos orejas fue su balance numérico, y que en verdad podrían haber sido más si la espada hubiera entrado a la primera en momentos puntuales. Pero la Tauromaquia es mucho más allá que cortar una, dos, cuatro o veinte orejas, o no cortar ninguna. Y también, es mucho más que andar pegando derechazos y naturales a diestro y siniestro, como si solamente eso fuera torear. No, el toreo va mucho más allá de esos moldes modernos basados en la faena de muleta como único sentido de una corrida de toros, y de dejar fuera de todo lugar el resto de la lidia. Y en su día grande en Madrid, Antonio Ferrera ha demostrado estar completamente de acuerdo con que la lidia no es solamente torear de muleta. Verdaderamente ha sido delicioso contemplar a lo largo de los seis toros que ha lidiado en solitario cómo ha cuidado la lidia de principio a fin, de cómo ha movido el capote para fijar a los toros en él, de cómo se ha preocupado en dejar a los toros colocados en suerte para entrar al caballo, de cómo ha entrado en quites en todos los turnos y ha mostrado una variedad de suertes como hacía tiempo que nadie mostraba. En resumidas cuentas, que como lidiador ha dado una tarde espectacular, muy entregado de principio a fin y metido en el festejo desde el primer momento.

Pero ahora bien, si Ferrera ha demostrado a lo largo de sus seis toros tener en la cabeza un concepto de lo que es la lidia muy a la antigua (como tanto gusta a los aficionados) también ha demostrado quién es el Antonio Ferrera verdadero cuando agarra la muleta y comienza a torear por derechazos y naturales. O mejor dicho, cuando hace el conato de torear: un amaneradísimo ventajista que de torear, lo que se dice torear... Pues muy pero que muy flojito. Demasiado flojito, plasticidad aparte.

Antonio Ferrera se plantó esta tarde en Madrid para matar seis toros de distintas ganaderías con una actitud irreprochable, muy preparado de repertorio y psicológicamente para hacer frente a tan dura tarde. Como lidiador lo bordó, pero con la muleta hizo el mismo numerito de postureo que acostumbra. Abrió tarde con un toro de Alcurrucén con el que se dobló en el recibo capotero para fijarlo, aunque no terminó de conseguirlo. Lo llevó al caballo con aires antiguos, siempre por abajo y alargando los brazos. No fue fácil hacer que el toro entrara al caballo, en la primera vara fue a regañadientes y, tras un quite por chicuelinas de manos bajas, Ferrera tomó la decisión de mover al caballo de picar hasta los terrenos del tendido 5, donde el toro se hizo menos el remolón para acudir. Hizo pelea, si se le puede llamar así, de manso declarado, y en banderillas siguió alimentando esa condición esperando a los banderilleros, quedándose a media arrancada, y haciendo hilo. Con cuatro banderillas arriba se cambió el tercio, y el matador se fue a por él nada menos que a los medios. Allí lo probó por el lado derecho, pero después optó por cerrarlo más hacia el tercio. Ni en un sitio ni en otro, al toro le faltaba casta por todos sitio y Ferrera, tras sufrir una colada al segundo muletazos que dio con la zurda, lo lidió sobre las piernas y se lo quitó de encima más pronto que tarde.

El segundo llevó el hierro de Parladé, quien recibió un castigo bien inferido por Manuel Cid. Un quite por verónica regulares cerrado con una buena media de perfil que por sí sola dejó al toro en suerte para la segunda vara, de la cual se le sacó con otro vistoso quite por dos largas cambiadas y dos chicuelinas, fue el balance capotero ante este toro. José Antonio Carretero dejó un buen par de banderillas. Quizás perdió Antonio Ferrera una oreja de este pastueño ejemplar por el mal uso que hizo de la espada. Ferrera le dio fiesta, su particular fiesta muletera, pasándolo por ambos pitones abusando del pico en exceso y echándole hacia fuera en todos y cada uno de los muletazos. Eso sí, elegancia a espuertas. Medios pases aliviándose, pero pegados con claze. Que eso del desmayo entra por los ojos mucho más mucho más que una serie de naturales por abajo, largos y tirando del toro.

El tercero llevó en hierro de Adolfo Martín, que de salida miraba mucho por encima de los tableros, como dando a entender que tenía las intenciones necesarias para hacer una visita al callejón, aunque finalmente no hiciera amago de ello. Ferrera le echó el capote abajo y, andando hacia atrás, se lo sacó fuera y consiguió pararlo. Se le dejó en suerte en ambas entradas, la segunda con una revolera muy bonita tras quitarlo de la primera vara bregando a la antigua, y en ambos encuentros se defendió el albaserrada cuando sintió el hierro de la puya quemarle el pellejo, lo cual se hizo en buen sitio por el picador Antonio Prieto, que fue ovacionado. Antes de que los rehileteros se dispusieran a entrar a clavarle los palos, salió por sorpresa el subalterno Raúl Ramírez, vestido de gris plomo y azabache, para ejecutar el salto a la garrocha. Costó, pues el de Adolfo estaba muy reservón, tardó a la hora de arrancarse y parándose a media arrancada. Pero Raúl Ramírez tiró de coraje y pudo ejecutar la suerte con limpieza tras un primer intento fallido. Difícil se lo puso el de Adolfo a quien saltó a la garrocha, pero no menos a quienes entraban en turno de banderillearle. Pero ahí andaba en gran Fernando Sánchez para colocarle un par de banderillas simplemente emocionante, pues el toro le esperó hasta el último segundo, pero el banderillero aguantó, aguantó y aguantó y, finalmente, clavó en lo alto asomándose al balcón. Ovación de órdago. Se lo sacó el matador al tercio y, con la zurda, empieza a darle muletazos desde la M-30, hasta que el toro se le coló, y tuvo que rectificar y no ponerse tan fuera. En la segunda serie pareció que lo iba metiendo poco a poco en vereda, pero en la tercera el toro echó la persiana y Ferrera optó por machetearlo y terminar con él. Y a por el siguiente.

El cuarto fue de Victoriano del Río, con el cual intentó lucirse en un recibo capotero a pies juntos, pero pronto el toro optó por irse a explorar otros territorios. Dejó al toro al relance esta vez en ambos encuentros con el caballo, y el quite que se sacó de la manga fue por caleserinas muy vistosas. El de Victoriano sacó algunas arrancadas más que aprovechables que Ferrera se dejó ir tras una faena tan amanerada como las demás, y tan vacía de toreo como las que la precedieron y sucedieron. Series de medios muletazos por ambos pitones, dejando la muleta muy retrasada casi siempre a la hora de citar. Plasticidad,  toda la del mundo, qué duda cabe. Y quizás sería por eso por lo que el público se volvió loco y, de no haber sido de nuevo por la espada, hubiera premiado con otra oreja la obra. Pero torear, si esto consiste en lo contrario a los medios muletazos, los cites fuera de cacho y los tirones hacia fuera... Pues como que nasti.

De Domingo Hernández fue el quinto, al que recibió con lances  echando el paso atrás. Cumplió este toro en varas, entrando en quites Ferrera esta vez por orticinas. José Chacón se llevó una ovación más que merecida tras correr al toro a una sola mano casi de punta a punta de la plaza. Sirvió el garcigrande en el último tercio, de condición empalagosa y con mucho que torear. Ferrera siguió en su línea de primar lo preciosista por lo bueno de verdad, en una faena carente de acople y mando, pasando siempre al toro en una magna colección de medios pases  aliviándose una barbaridad. Pareció que a la mayoría del personal le entraba por los ojos más el postureo ferrerista que otra cosa, pues a gran parte de la plaza le dio por jalear tanto destoreo preciosista. Para matar, sacó de la chistera la estocada recibiendo tras citar dando mucha distancia, y aunque la espada cayó algo trasera, la ejecución fue espectacular. Y cayó la primera oreja, que fue protestada por parte de la parroquia.

Con media puerta grande abierta y la gente con él a carta cabal, Ferrera se fue a portagayola para recibir al último de la tarde. De Victoriano del Río fue y, tras la portagayola, Ferrera intentó fijarlo cuando volvió a entrar en su jurisdicción el toro con una especie de serpentinas muy vistosas, intercaladas con un conato de toreo a la verónica. En el caballo no se empleó el toro, y los dos últimos quites de la tarde consistieron, tras la primera vara en una larga cambiada de rodillas; y tras la segunda en un buen ramillete de chicuelinas con el compás abierto y una gran media verónica. Fernando Sánchez volvió a colocar otro par de banderillas colosal, y en el polo opuesto José Manuel Montoliú firmó un petardo con los palos al clavar solamente una por cada de las dos pasadas que realizó. Con cuatro palos arriba y tras una bronca de la concurrencia al negarse Ferrera a poner banderillas él mismo, pidió el matador los palos para dejar colocado un buen par al quiebro, pegadito a tablas, que terminó de enloquecer a la plaza. Se palpaba en el ambiente que iba a haber lío. Ferrera comenzó la faena de rodillas y dejándose venir al toro de lejos. Una vez en pie, surgieron una vez más esas formas amaneradas tan ferreristas, los medios pases, los trallazos hacia fuera y, sobre todo, la falta de TOREO. Alguno remates tales que pases de pecho o pases de la firma sí llevaron el sello de la calidad, pero a la faena le faltó lo que le llevaba faltando al toreo de muleta de Ferrera toda la tarde: verdad, dominio, pureza...  Y al final, tras una estocada corta y dos descabellos (para más inri) otra oreja al esportón, que podían haber sido dos si no llega a ser de nuevo por la espada. Suficiente para irse en volandas y convertir la tarde en triunfal. ¿O triunfalista?
Según se mire...

No hay duda de que Antonio Ferrera vino a encerrarse con seis toros en Madrid con una actitud impecable, una preparación óptima y un buen repertorio entrenado. En la lidia, actuación más que notable, pero en el toreo fundamental un cerapio del tamaño de un miura como los que van a correr por La Estafeta.

viernes, 4 de octubre de 2019

CUARTA DE OTOÑO: LO MEJOR ES HACER RESET, Y A DORMIR

Pues eso, que mejor irse a casita, cenar tranquilamente, e irse a dormir (o a acostar, según las preferencias de cada uno). Y mañana, al levantarse de la cama tras amanecer un nuevo día, como si no hubiera pasado nada. Como si nadie se hubiera comido uno de los peores encierros que se le recuerdan a Fuente Ymbro en esta plaza. Casi como si nadie hubiera vivido una tarde de toros que, según iba transcurriendo, iban aumentando proporcionalmente las ganas de colgarse de las rejas de la andanada...

¿Cabe decir algo más acerca de semejante asco de corrida? ¿Verdaderamente merece la pena analizar una por una a las cinco bestias de tiro de que se lidiaron con la G de Gallardo, y a aquella que salió como sobrero con el hierro de Manuel Blázquez? Y para qué, si está dicho todo. Corrida muy mal presentada y que destapó a todas luces las verdaderas pretensiones del ganadero: hacerse una limpia de cercados la mar de hermosa. Pues lo consiguió, triunfó en esa empresa y, además, cortando dos orejas y rabo. Pero si se habla de lo que ofrecieron en el ruedo, se diría que no han ofrecido posibilidades de nada. Nada de nada. En el ruedo al menos, en la cazuela ya se verá. Ni pelearon en los jacos, ni sacaron poderío, ni ganas de pelea durante la lidia, ni nada. Y de casta no hablamos. Uy, la casta... ¿Dónde habrá quedado eso esta tarde? Mejor dicho, dónde habrá quedado a lo largo de toda la feria, porque vaya lo que llevamos encima entre unos y otros, Señor.

Y sí, hubo toreros ahí enfrente. Dieciocho exactamente, si las cuentas no me fallan. Tres matadores, con la taleguilla bordada en oro; nueve subalternos, plata o azabache su bordado; y seis montados a caballo tocados de un castoreño, calzona, gregoriana y chaquetilla bordada en oro los seis. ¿Que si hubo lucimiento por su parte? Depende de por quién preguntemos, aunque en líneas generales, más que menos, la respuesta sería un NO gigantesco. Los seis señores esos del castoreño, la gregoriana, la vara y el caballo, mejor no referirse hacia ellos. Se podría caer en las descalificaciones, las injurias y todas esas cosas que dañan la reputación del que las infiere, y tampoco es el mejor plan. Solamente preguntar, si se puede claro, si tanto cuesta rectificar los marronazos. ¿TANTO?

Pero TOREROS, con mayúsculas y en letras doradas, solamente hubo uno. Pelillos a la mar, ha sido uno de los más grandes, si no el que más, de todo lo que llevamos de siglo XXI. Y esta tarde hizo el paseíllo en Madrid por última vez en su vida para decirle adiós a esta plaza, su plaza. La plaza donde mejores improntas de lo que es ha sido toreo ha dejado. Vino voluntarioso de agradar, aunque una cosa sea la voluntad y otra el acierto. Estuvo aliviado y sin querer demasiadas complicaciones toda la tarde, dejó algunos pasajes de buen toreo de capote ante el toro que abrió plaza... Y sobre todo, vivió una tarde emotiva en la que la afición que tanto le ha querido y le querrá por los restos le sacó a saludar no una, sino dos veces para romperse el paseíllo. La misma afición que, de manera unánime, le obligó a dar una vuelta al ruedo a la muerte de su último toro en Madrid, más por los múltiples recuerdos que la emoción hacían agolparse en la mente de cada uno que por lo estrictamente realizado en el ruedo. Sí, la afición que, al querer abandonar la plaza por su propio pie, le agarró por banda y le sacó en hombros de la plaza tras otra vuelta al ruedo clamorosa. Gloria a los toreros grandes, gloria a don Manuel Jesús Cid Salas. Ya habrá tiempo para dedicarle unas palabras más detenidamente, en otro marco que no sea el de la crónica de un petardo ganadero.

Acompañaron a la mejor zurda de los últimos veinte años Ginés Marín y Emilio de Justo, quienes tuvieron a bien de brindarle un toro cada uno. El primero, más joven espada de la terna, no hizo más méritos en el ruedo que los suficientes para decir que su lote fue imposible de meterle mano por cualquier parte, que se deshizo de ambos toretes sin excederse demasiado (lo que es de agradecer), y que otro día será. Emilio de Justo dejó algo más. Finos accesorios de toreo caro, tales que pases de pecho al hombro contrario como pocos ya se ven, o trincherazos bellísimos, ante el sobrero que salió en segundo lugar, de Manuel Blázquez (divisa gaditana perteneciente a la AGL, puro origen Cuvillo, así salió de bueno...). Pero todos esos detalles se diluyeron entre los medios pases, los cites perfileros, el pico y demás cosillas que Emilio de Justo sacó a relucir en lo fundamental. Hizo un esfuerzo y derroche de firmeza ante el quinto. Muy abanto de salida y ante la incapacidad de la cuadrilla por fijarlo en los capotes, se puso el mono de trabajo el matador y lo bregó él mismo impecablemente. Llegó incluso a llevarlo de punta a punta de la plaza (desde toriles, donde el toro ya se hacía en remolón antes incluso de anunciarse la salida de los picadores, hasta la puerta grande), valiéndose de una brega impecable. Ya con la muleta en la mano, tragó parones varios y miraditas que descomponen para al final, conseguir robarle muletazos por el lado derecho de muy buen corte, muy mandones, corriendo la mano hacia dentro y de mano baja. Demasiado para lo que hubo enfrente.

Al hacer de los matadores y de los picadores, añadir el buen manejo de capote por parte de Curro Robles, y los buenos pares de banderillas que colocó Lipi. Pero sobre todo, las ganas de que tan infame tarde vivida llegara a su fin. Ante este tipo de situaciones, lo mejor es resetear las neuronas e irse a dormir, que mañana será otro día.