El célebre crítico taurino Don Modesto -pseudónimo con el que firmaba sus crónicas don José de la Loma- sentenció, allá por el año 1897, que la vacada de Saltillo se trataba de "la primera ganadería de España". Lo dijo luego de que el propio crítico y aficionados de Madrid dieran cuenta el 3 de junio del citado año de una excepcional corrida de ocho toros, la cual fue lidiada y estoqueada por Luis Mazzantini, Guerrita, Antonio Reverte y Emilio Torres Bombita. Los toros fueron, efectivamente, de Saltillo -por entonces en posesión del señor Marqués-, y ofrecieron un juego excelente.
Precisamente hablar de Saltillo es hacerlo de la ganadería que más gustaba al coloso Guerrita, primera figura de finales del siglo XIX, y a quien se acusó de manera vehemente en su tiempo de una buena retahíla de abusos y malas artes. No solo fue el II Califa del Toreo gran partidario de estos toros, pues ya eran cotizados en su época pretérita -la de Lagartijo y Frascuelo-, así como algunas generaciones posteriores de figuras del toreo. Vaya, que si se sentencia que hace 125 años el hierro de la rueda y la divisa celeste y blanca era de las más "cómodas" de la época, no se falta a la verdad.
Tras sentenciar Don Modesto en 1897 que el señor Marqués se trataba del "primer ganadero de España", han pasado exactamente 129 años. Esto es un siglo, dos décadas y nueve años. Entre medias ha llovido. En todo ese tiempo los saltillos han cambiado de familia y de propietarios a lo largo de varias generaciones, han sido matriz de una de las ramas más importantes de la cabaña brava española, de su santo seno ha nacido en gran parte el toro mexicano actual... Pero, sobre todo, con el transcurrir del tiempo ha pasado de ser una vacada deseada por los grandes colosos de antaño, a repudiada por los de hogaño. De Guerrita a los Sánchez Vara, José Carlos Venegas, Juan de Castilla o Juan Leal, entre otros. Y es que 129 años no son nada, según los historiadores... ¿O sí?
La tendencia es marcada desde hace muchos años. Décadas, a decir verdad. La de Saltillo es una ganadería de las denominadas "duras" en el siglo XXI, y ello hace que las figuras del toreo -tan dadas en el pasado a medirse con tanto gusto a estos toros- la repudien hoy en día. En verdad, hoy Saltillo equivale a lo que equivalían, en aquellos tiempos de "primera ganadería de España", vacadas provenientes de Navarra, de Castilla, de Colmenar y de la ribera del Jarama. Solo que en aquella época Guerrita sí supo -y pudo- medirse a este tipo de ganaderías, además de Saltillo u otras por las que también perdía el trasero, tales como Veragua, Ibarra o Murube. Una tendencia esa de lidiar toros de Martínez, de Bañuelos, de Félix Gómez o de Espoz y Mina cuanto menos menguante conforme transcurría su carrera. Pero ahí quedó eso. Y hoy en día las figuras, tan dadas a esa retahíla de mamarrachadas consistentes en la "toreabilidad", el "disfrutar una barbaridad" o lo del "claze y ritmo", ni oler a menos de 200 kilómetros de distancia a sus seis u ocho vacadas de cámara. La vergüenza torera también se ha transformado. O mejor dicho, degenerado.
Pues bien, en 2026 la ganadería de Saltillo es de las "duras" y las figuras solamente la habrán escuchado nombrar de pasada, cuando les hablan del famoso saltillo mexicano y demás. Y esa fama de dura habrá crecido un poquito más tras la corrida lidiada en la plaza de Madrid con motivo de la feria de San Isidro. Si bien su presencia ha sido censurable y lo ofrecido en varas ha seguido el mismo derrotero, en el comportamiento de los toros de Saltillo ha habido dureza de patas, mansedumbre, genio y hasta casta en algunos ejemplares. Lo que viene siendo una corrida de toros con emoción, de las que no regalan ni las buenas tardes y mantienen el interés en todo momento. Una corrida de toros para dejarse de monsergas de esas tan de moda como los pendulazos, las series de ochocientos y pico mil muletazos, la estética, la plasticidad... Una corrida para lidiar y poder, para darles unos pocos muletazos sobrios y poderosos -no muchos, a decir verdad- y a matar. Eso también es Tauromaquia. Mejor dicho, eso es la verdadera Tauromaquia: la de la lidia, el sometimiento, el poder y la inteligencia frente a los TOROS.
Con estas trazas, tres pobrecillos a los que les dieron lentejas cuando se confeccionó el cartel hace ya medio año, que se dice pronto. Tres pobrecillos que sumaron entre todos ellos la nada despreciable cifra de ¡¡20 actuaciones!! durante la temporada pasada. Y que se distribuyen de la siguiente manera: 0 José Carlos Venegas, 5 Juan Leal y 15 Juan de Castilla. Así pues, a los tres les echaron a los leones y solventaron la papeleta como buenamente pudieron.
Lo de José Carlos Venegas fue dignidad, muchísima dignidad y hasta algunos muletazos sueltos de bonito corte al 1º, el cual se orientó pronto. Su falta de oficio quedó patente ante el 4º, manso con mucho temperamento y complicaciones. De esos a los que mejor someter por abajo, torearlo sobre las piernas y no alargarse en exceso con él. Venegas, el hombre, demasiado hizo con matarlo.
Juan Leal tiene en la cabeza una manera de interpretar el ¿toreo? -si se le puede llamar así a lo que hace- cuanto menos particular. En la línea tremendista y arrojada, pero sin conocimiento de los terrenos, ni de la lidia, ni nada de nada. El 2º fue un marrajo que se iba descaradamente de cada muletazo, y el matador se empeñó en los medios, en el pendulazo, en las series de muletazos aprovechando el viaje del toro... Una ruina, vaya. Se llevó en 5º lugar el remiendo de Couto de Fornilhos -ya que la corrida no pasó al completo por la mañana porque, al parecer, durante la noche se produjeron dos bajas por una supuesta pelea en los corrales-. Lo más parecido a esto que en su época vio el Guerra fue lo de don Eduardo Ibarra y la familia Murube -o Muruve, tal y como viene reflejado en algunas crónicas-. Durante unos minutos corrió por los tendidos la sensación de que el pañuelo rojo acaso acabaría asomando por la barandilla de la Presidencia, pues el remiendo portugués no quería ni ver al caballo. Y cada vez que entraba al peto, huía despavorido de ahí. Ya en el caballo que guardaba la puerta se le pudo meter el palo. Y otra vez más en la contraquerencia, desvaneciéndose así el fantasma cazarratil de inmediato, que hizo acto de aparición a pesar de no llevar el mismo hierro y divisa que el celebérrimo ejemplar. Por cierto, de su lidia y muerte en esta plaza se cumple una década dentro de 11 días, nada menos. Con semejante ejemplar -el de Couto de Fornilhos- Juan Leal estuvo a lo mismo que en su anterior turno. Eso de pegar pases, y tal... Cuando ahí se requería lidia e inteligencia. Definitivamente no está este torero para semejantes lides.
A Juan de Castilla le correspondió el lote que más opciones dio para realizar el toreo moderno. Y el hombre, lejos de estar bien, lo que estuvo fue mal. Ambos, 3º y 6º, embistieron. No con tontuna ni con la dichosa claze y ritmo, sino con casta y exigencia. Juan de Castilla se empeñó, como su compañero anterior, en pegar pases sin más. Pases, muchos pases. Sin mandar, sin someter, sin bajar la mano, sin templar y alargando las series con muletazos de más, lo que hizo que ambos toros acabaran desengañándose. Faenas cortas, muletazos justos y mandones, lidiar antes de torear... La receta ente estos toros está clara, pero el matador se empeñó en lo contrario. Una pena.
Las cuadrillas de banderilleros sí rayaron a la altura. Fue una tarde de mucho aseo, profesionalidad y hasta lucimiento en algunos momentos. Iván García y Fernando Sánchez arriesgaron ante el 4º y cubrieron un excelente tercio de banderillas, pero lo cierto es que el resto de rehileteros entraron a clavar sin ventaja alguna ante toros muy complicados. También se lidió bien, y muy especialmente por parte de Iván García y Raúl Cervantes.
Por su parte, los picadores metieron mucho palo esta tarde y en sitios, por lo general, censurables. Ha sido esta la corrida a la que más se ha pegado en varas de toda la feria, y con todo ha salido dura de patas. No es la de Saltillo la "primera ganadería de España" como sí lo fue en 1897, en palabras de Don Modesto. Tampoco la quieren las figuras y está ausente de los carteles de glamour. Pero lo que sí está claro es que, para los aficionados, es de las primeras. La casta, la dureza y la exigencia de sus embestidas suelen estar presentes. A pesar de que hoy no tocó un Viergado o un Presidiario I, cuya bravura marca la diferencia definitiva.