La tarde de los victorianos, tan venerados por los brazos ejecutores del se torea mejor que nunca dichoso, y a la par que respetados por los aficionados exigentes, resultaba estar siendo de la misma manera para unos y otros: un auténtico mojón. Mojón, además del tamaño de un piano de cola. En la tarde de hoy, el personal que agotó el papel en el Despacho de Billetes lo agotó precisamente al reclamo de esos toros tan extraordinariamente muleteros -y a veces hasta bravos en los tres tercios-, así como el de tres toreros que cada uno pondrían, presuntamente, su propio grano de sal. Tarde de ocasión pues, de esas tardes selectas en las que los habituales que caben en un autobús se entremezclan con los magnos aficionados de puro, cubata, mocasines, chaleco y patillas a juego -también apodados güenos afisionaos por algunos círculos-. Así las cosas, el deseado "No hay billetes" fue colgado con celofán en el exterior una tarde más, para gozo del Productor de Jarte y de su compinche, el de las lunas de miel. Y en el interior, un buen puñado de siestas y de ronquidos que se acentuaban conforme el sol desaparecía en el horizonte y los toros de Victoriano del Río iban siendo arrastrados. Hasta que... Sí, "hasta que...".
Mala fue la corrida de Victoriano del Río. Mala por mansa, correosa y de mal estilo a la hora de moverse y de embestir. Porque los toros se movieron, pero lo hicieron lejos de esa bravura y de esa casta que emociona de verdad. Malos los toros, pero nunca ilidiables e imposibles para que los lidiadores consiguieran quedar bien. Estos llegaron, hicieron el paseíllo exquisitamente vestidos de torero, soltaron seis insufribles soflamas de pegapasismo vulgar, utilizaron la espada más mal que bien, recibieron lo que les correspondía procedente del Despacho de Billetes, y a otra cosa. Emilio de Justo, ante un toro flojo y soso y otro que se movió con más empuje, más de lo mismo: medios pases, desajuste, vulgaridad y mucho alivio. Ni siquiera uno solo de esos pases de pecho o de trinchera tan personalísimos. Víctor Hernández, en su cuarta comparecencia en Madrid esta temporada, ha ratificado que todo eso que con tanta generosidad se vaticinó hace justo un año, va a tener que esperar todavía. Un toro para apostar fue el 3º, que se movió con temperamento y embistió siempre echando la cara arriba al final del muletazo. Dudó mucho Hernández, se centró más en tirar líneas que en poder con la correosa embestida del toro y acabó hilvanando una faena larga y de muy feo estilo que no convenció absolutamente a nadie. Como tampoco convencieró su extensa colección de pases que le pegó al 5º, de embestida muy sosa y que ofreció muy pocas opciones.
Líneas aparte merece Marco Pérez. Sí, ese chavalín al que hicieron figurón del toreo antes incluso de que el acné apareciera en su rostro. El mismo al que le montaron una carrera de novillero comodísima, sin medirse a sus iguales en las ferias importantes de novilladas y seleccionando muy cuidadosamente aquello a lo que iba a enfrentarse. Pues efectivamente hoy ha venido a confirmar Marco Pérez su alternativa a Madrid, y las sensaciones que deja a sus espaldas son las mismas que las de hace un año cuando se encerró con seis novillos ante esta misma afición: un torero mimado y cuidadosamente prefabricado para producir billetes a espuertas, que no ofrece nada novedoso ante el toro ni sabe otra cosa que no sea pegar pases. Como una cadena de montaje. A Marco Pérez le correspondió una perita en dulce para confirmar su alternativa, el toro indicado para demostrar en el momento y en el lugar indicado todo lo magnífico que se ha cotorreado sobre él desde que era infante. Y más allá de pegarle pases y pases en cadena, pases sin ajuste, sin verdad, sin torería y sin dominio, no ha habido nada más ante ese toro con el que podía haber convencido a la afición de Madrid. Igual que el destino quiso regalarle ese torito para confirmar la alternativa, en el polo opuesto tuvo un toro de embestida incierta, correosa y complicada para cerrar plaza. Y si con la perita en dulce Marco Pérez quedó en paños menores, con ese 6º terminó de mostrar todos los cueros. Es lo que tiene mimar tanto a un torero, que cuando las complicaciones aparecen no se sabe ni por dónde se anda. Conclusión: hay Marco Pérez para los próximos veinte o veinticinco años, y es que a alguien -sabe Dios quién será- le interesa mucho que este chico sea figura del toreo. Como no hubiéramos tenido ya algún que otro Marco Pérez en el pasado.
"Hasta que" se ha dicho en líneas anteriores. Efectivamente, "hasta que"... Hasta que, por fin, un picador de verdad salió a pegar dos puyazos en todo lo alto y realizando la suerte con verdad. Los esquemas se rompieron por completo, pues la ovación más grandiosa de una tarde en la que todo el mundo iba a ver cómo "se torea mejor que nunca", se la llevó uno de esos actores en peligro de extinción. Alberto Sandoval se llama el picador, y le mostró al mundo entero cómo y dónde se deben picar a los toros. En realidad, fue la única ovación sincera que se escuchó en toda la tarde. Se demostró así que no todo es pegar pases y hacer monerías con el capote. Los pares de banderillas existen. Las estocadas existen. Y la suerte de varas también existe, ¡¡claro que sí!! Por mucho que se empeñen en denostarla, ya sean los ganaderos comerciales al criar toros que no necesitan ser picados, los propios lidiadores que ordenan monopuyazos, o incluso los propios varilargueros picando de manera paupérrima todas las tardes.
La suerte de varas existe, qué duda cabe. Hasta tal punto de que dos puyazos en el sitio son capaces de levantar una tarde de auténtico hastío y hasta de rentabilizar lo pagado por la entrada. Tanto, incluso, como una buena faena de muleta.