"Guapa, ¿estudias o trabajas?, le dijo el adulador a la dama. "Ni una ni otra", contestó esta entre abrumada y hastiada. "Yo embisto de lujo", terminó por sentenciar. Y ninguno la comprendió, ni a ella ni a las embestidas. Ninguno, pues a base de adular y adular, y volver a adular de manera tosca y poco sensible, no da ni para tomarse una Coca-Cola. ¿Qué hace una chica como esta en un lugar así?, se pregunta uno. O en caso contrario también cabe preguntarse: ¿qué hace un chico como tal, en un harén tan vulgar?
Con las embestidas de lujo no caben las medias tintas, ni la vulgaridad, ni el adulamiento barato. Las embestidas de lujo se aprovechan. Y de la misma forma, las embestidas exigentes han de ser entendidas a la fuerza. No hablamos de chicas y chicos, ni de cortejos amorosos, ni nada. Hablamos de toros. Y a los toros que embisten se les debe aprovechar con la verdad del toreo, y no con pases y vulgaridad.
Los toros de Jandilla y de Santiago Domecq, como las damas o los caballeros, no merecieron semejante vulgaridad. ¿Qué hacían esos toros en un lugar así y ante los tres seductores con los que tuvieron que verse las caras? Las embestidas que derrocharon muchos de ellos se fueron a hacer gárgaras, acaso perdidas en ese mar de vulgaridad que suele ser el pegapasismo más chabacano que existe, el cual suele ser desarrollado la práctica totalidad de las tardes. ¿Nadie en la sala que tenga a bien demostrar que torear no es lo mismo que pegar pases? Se ve que no.
Emilio de Justo, vestido con ese terno grosella y otro tan recargado y tan clásico, parecía el galán de toda la vida. Un seductor que con una sola mirada le basta hasta para que le contesten afirmativo en caso de solicitar matrimonio. Sin embargo, todo quedaba en la mera fachada una vez cogía la muleta. No digamos ya cuando agarraba la espada y el descabello. Y tuvo toros Emilio de Justo, ¡¡vaya si los tuvo!! Bueno fue el 1º por su nobleza, y extraordinario lo fue el 4º por su encastado afán de comerse la muleta. Lote este no ya para reivindicar un sitio importante, sino para pegar un puñetazo de tal magnitud que hicieran temblar los cimientos hasta de cualquier oficina de Nautalia. Pero ahí nada tembló. Ya se sabe lo que significa hablar de Emilio de Justo: el medio-pase. El espantoso latigazo que pega hacia dentro sin haber llevado la embestida hasta el final. El descargar la suerte con alevosía y nocturnidad. Las contorsiones. La pinturería hueca... ¡¡Qué mal anduvo Emilio de Justo ante semejantes toros, por Dios!! Pero aún peor con la espada: estocada desprendida y nada menos que diez descabellos para acabar con el 1º, y una de las estocadas más traseras que se recuerdan en los últimos tiempos, y que se sumó a otra colección de golpes de descabello.
Borja Jiménez, con un vestido violeta bordado en oro también de auténtico seductor, tampoco tuvo lo que se dice buena mano para el cortejo. Lo de Borja Jiménez extrapolado al piropo y a la seducción, fue lo más parecido que puede haber a Torrente y sus estridentes ocurrencias. Nada que reprocharle ante el toreable 2°, pues el viento que sopló durante toda la faena imposibilitó cualquier conato de lucimiento. Durante la lidia del 5° fue más apacible el clima, y también hubo un toro de Santiago Domecq encastado y exigente. Un toro que no se toreaba solo ni ponía las cosas en bandeja. Había que entenderlo, someterlo, poderlo y, sobre todo, bajarle la mano. Pero Borja Jiménez, lejos de "tocar esas teclas" que tan bella sinfonía hubiera hecho sonar, se limitó a los trallazos. Todo trallazos a media altura y sin someter, sin poder, sin templar, sin mandar. En una palabra, sin TOREAR. El toro d Domecq acabó soltando mucho la cara y a ponerse más complicado a medida que transcurría la faena. Y no se le podía reprochar, pues la casta y los telonazos no son una buena combinación.
Víctor Hernández se las vio ante el toro más soso y descastado de toda la corrida, que fue el 3°. No gustaron nada sus maneras en este toro. Pero la emotividad se hizo presente desde el primer capotazo al 6°: voltereta espeluznante, de las que asustan al miedo y dejan sin respiración a casi 25.000 personas. Fue un milagro que Víctor Hernández se levantara como si nada de ese tremendo porrazo y que terminara lidiando y estoqueando al toro. En varas fue masacrado vilmente por el picador, y ello no fue óbice para que el toro llegara a la muleta duro de patas, encastado y con ganas de pelea. Y el matador, acaso con el fuerte golpe aún rezumándole la sesera y la crisma, no dejó de aceptarla. La lidia fue emotiva porque se le vio cogido en cada instante, y de hecho sufrió otro achuchón que volvió a poner los pelos de punta. Pero más allá de ese arrojo, Víctor Hernández no terminó de estar acertado con tan exigente toro. Citó siempre muy encima y fuera de cacho, dejándose así una ventana abierta de par en par por la que el toro podía colarse sin problemas. Requería más sitio ese toro, mejor colocación y una muleta poderosa que fuera capaz de llevarlo sometido con poder. No lo hizo el torero en ningún momento, más centrado en el encimismo y en el trapazo que en otra cosa. El mero hecho de aguantar ahí tras la paliza que se llevó, de por sí merece todos los respetos.
La corrida de Jandilla fue remendada con dos toros de Santiago Domecq, y más remendada que debería haber sido porque se lidaron algunos ejemplares de vergonzosa estampa. Pasaron el trámite -nunca mejor dicho- del caballo con tan solo dos picotazos cada uno y realizando "peleas" de lo más discretas. Los picotazos que se suman a la llamada "extraordinaria condición" en la muleta, ya se sabe el resultado que arroja: el medio-toro de toda la vida. Los de Santiago Domecq lucieron mejores hechuras que los titulares, y ambos sacaron casta y exigencia para entenderse con ellos como solamente lo hacen los toreros de nivel superior. En una parte, el toro "de carril"; y en la otra, la casta. Unos y otros ofrecieron grandes posibilidades de triunfo, de haberles hecho las cosas bien. Pero... ¿Qué hacían unas embestidas como estas en un lugar así?