"Entonces Jesús les dijo: llenad las tinajas de agua". El resto es pura historia, pues cuando ese agua fue servida se había convertido en un vino excelente. Con razón dicen los que en él creen que Jesús es, entre otras cosas, "nuestro amigo". Lloverían las tortas por echarse a semejante personaje de mejor amigo. Menos mal que no convirtió el agua en ginc-tónic, que si no...
La conversión del agua en vino es el milagro más grandioso que haya podido quedar registrado. No así convertir el vino en agua, un vino extraordinario y muy bien considerado. Algo así debiera ser suficiente para declarar al ejecutor de semejante sacrilegio en enemigo público número uno. Hace dos mil años alguien convirtió agua en vino, y hoy en día es venerado por millones de personas en todo el mundo. No sin razón. Sin embargo, en el siglo XXI alguien ha sido capaz de convertir un vino extraordinario en el agua más densa y tratada que pueda beberse, de manera que lo de ser venerado por tal cosa pues como que no. No, imposible. A Victorino Martín García, brazo ejecutor de semejante milagro -o sacrilegio, siendo más francos- le van a venerar bien poco los adeptos a la religión taurómaca.
Vino convertido en agua. O lo que es igual, una vacada verdaderamente brava y encastada convertida en una factoría de toretes suavones, descastados, tontorrones y muy flojitos. En eso se ha convertido la legendaria vacada de la A coronada, y la corrida lidiada en Madrid el último día de la feria de San Isidro ha sido una buena muestra de ello. Victorinos que no son victorinos. Desfile de toros mal presentados. Muy flojos en varas y que se dejan pegar sin más. Sin el carácter fiero y duro que un día tuvieron sus antepasados. Vacíos de aquel temperamento que hizo grande a esta ganadería por obra y gracia del verdadero profeta que visionó y obró el verdadero milagro de la bravura y la casta: Victorino Martín Andrés. ¡¡Ay, si lo viera!!
La corrida de Victorino Martín, evidentemente que García, ha pegado el petardo una vez más. No se sabe muy bien qué pretende el renombrado ganadero, pero desde luego no será la misma filosofía que sí se llevó a cabo hace décadas en su propia casa. ¿Acaso que se abra a los carteles donde aparecen "figuras"? ¡¡Por el amor de Dios, si hasta un negado y decadente José María Manzanares los lidiará en Alicante dentro de unos días!! A esto han llegado los victorinos.
Y del milagro del vino que se convirtió en agua, al de la multiplicación de los panes y los peces. O lo que es lo mismo, las orejas y las puertas grandes en Madrid. Solo que esto lleva el Conste y Certifico de los maeses cuyas posaderas se plantan todas las tardes en el palco presidencial. En la tarde de marras, maese Fernández Serrano -de nombre Pedro- ha vuelto a obrar semejante milagro. Román se ha ido en volandas por la puerta grande de Madrid tras llevarse dos orejas del 3º y, aunque ha estado bien ante el victorino que más victorino fue de toda la tarde, no ha estado rotundo como para llevarse tanto premio. Al encastado toro 3º, al cual se le despachó en varas de dos picotazos que se dejó pegar, Román le planteó una faena basada en la mano derecha y de muletazos verdaderamente largos y poderosos, de esos que el toro está hilvanado en la muleta y es sometido por abajo. Muy bien Román, verdaderamente bien en esa faena sobre la mano derecha y superior recibiendo a la hora de estoquear. ¡¡Que estocada volvió a dejar Román en la suerte de recibir!! Pero ¿y la mano izquierda? Román no se acopló en ningún momento toreando al natural, que es el muletazo de los billetes y la grandeza por excelencia. Por lo bien que estuvo toreando con la derecha y esa grandiosa estocada, Román mereció una oreja de ley. Dos se tornan excesivas, pero con el infame rigor que se ha llevado a cabo por los maeses del palco durante las últimas semanas, ya todo es posible y nada sorprende. Una vez más cabe preguntarse en qué demonios piensa esta gente cada vez que se dedica a presidir una corrida de toros en la plaza de Madrid.
El resto de la corrida de Victorino Martín, recalcar que García de segundo, fue un mar de vulgaridad, aburrimiento, toritos flojos en el caballo y descastados durante el resto de la lidia. Morenito de Aranda anduvo discreto y sin confiarse. Demasiado discreto y muy sin confiarse, a decir verdad. Ni con el 1º, que requería aguante y saber alargar el viaje del toro por el pitón izquierdo, ni con el 4º. Peor fue lo de Fernando Adrián, al cual de seguro no volveremos a ver en semejantes lides. Porque si ante victorinos que no fueron victorinos se mostró así de perdido, ¿qué hubiera sido de él en el caso de haber tenido que lidiar un Gamberro, un Madrugador, un Murciano o cualquiera de los verdaderamente ilustres nombres de la casa? Ni con el 2º, que gastó cierto temperamento aunque muy justo de fuerzas; ni con el simplón 5º. Todo un conato de pegapasismo burdo y vulgar, de medios muletazos y trallazos sin dominio ni gracia.
Los milagros existen, claro que sí. Desde vino convertido en agua hasta multiplicación de panes y peces. Pero cuidado con hacerse el milagrero redentor, pues el último que pisó la Tierra acabó colgado de un travesaño de madera. La metáfora acepta miles de lecturas.