Bueyes por
un lado. Pegapases por otro. Y de fondo vulgaridad, cabreo y los paisanos de rigor berreando hasta lo imberreable. Vaya cuadro se ha perdido el Museo del Prado. Un cuadro, Dios lo bendiga, ideal para ser expuesto en cualquier exposición pictórica. Pero cuanto
más lejos de una plaza de toros, mejor. Por desgracia, es precisamente ahí donde ha
sido contemplado: en la plaza de toros de Madrid, nada menos.
Los bueyes
fueron de La Quinta. Bueyes cárdenos cuyo origen, se supone, se sitúa en ese
cruce de sangres que llevó a cabo a principios del siglo XX don Enrique
de Queralt y Fernández Maquieira, XI Conde de Santa Coloma, a través de lo adquirido
al Marqués de Saltillo y a Eduardo Ibarra. Al menos esa es la teoría. La práctica
dictó otra cosa, y es que si a uno le vienen con el cuento de que los toros de La Quinta fueron nietos de esos con los que Florito y su vástago salen a barrer de inválidos el ruedo, puede
colar y todo. Mansos todos ellos, se defendieron en varas cuando se quedaban bajo el peto; y cuando no, salían escopetados del caballo como alma que lleva al
diablo. Peor aún cuando el lidiador de turno les plantaba cara -o pases, en este caso- pues acudían a
los cites pensándoselo mucho; y cuando se arrancaban, lo hacían de manera
simplona y echando la cara por las nubes descaradamente. Una ruina de corrida que ni el 6º
toro de la tarde, la excepción a esa norma de cencerro y yunta que marcó lo
presentado por el ganadero, fue capaz de salvar.
Los bueyes por un lado. Y los pegapases, por el otro. Estos fueron nada menos que Miguel Ángel Perera, Daniel Luque y Tomás Rufo.
¡¡Acabáramos!! Como si no se les conociera ya en este foro… Miguel Ángel Perera
y Daniel Luque, veintiún y dieciocho años después. Parece que fue ayer... Y,
sin embargo, aquí les tenemos un año y una feria más. Como si no hubiera
pasado tanto tiempo. Ante la bueyada de La Quinta hicieron lo que ambos mejor saben
hacer: el pegar pases. Setenta y seis fueron lo que pegó Perera en total –distribuidos
en treinta y cinco al 1º y cuarenta y uno al 4º-, enfrente de los ciento seis
que pegó Daniel Luque –sesenta al 2º y cincuenta y seis al 5º-. Pases de una
vulgaridad infinita pegados a cuatro bueyes aún más vulgares. El colmo de la
vulgaridad, a fin de cuentas. Perera, para lo que es él, no se excedió mucho
esta vez. Y bien que hizo, pues sus dos toros no merecían mucho más. Daniel
Luque, el hombre, tan plasta como siempre y sin decir absolutamente nada en esa
astronómica cifra de ciento seis. Sus toros valieron lo mismo que los de Perera.
O sea, nada. Pero ahí quedó eso. Menudo mérito el suyo, pegarles a sus toros ciento seis pases y
que ninguno se parezca ni remotamente a lo que es torear. Pero así las cosas.
Lo de Tomás
Rufo tiene aún más mérito, pues se dejó ir sin torear al único animal de la
corrida que tuvo temperamento de toro. No se puede definir de otra manera el quehacer de Tomás Rufo. Un
toro ese 6º cuyo comportamiento bajo el peto fue exclusivamente a la defensiva,
en lugar de pujante. Manso el toro, pero encastado y metiendo la cara abajo. Con
buen acierto no se salió de la segunda raya Tomás Rufo, y con mayor acierto aún se quedó amparado bajo los tendidos 4 y 5. Ya es casualidad que este torero
siempre plantee sus faenas ahí, y más casualidad aún que la mayoría de
ovaciones y bramidos que vienen a decir algo así como “biiiiiiiiiiiennnnnnnnnnjjjjjjjjjjjjjj” procedan de ahí. Ni que el
paisanaje se aposentara en el duro granito de esos tendidos… Sea como fuere el
asunto, a Tomás Rufo se le atragantó sobremanera la casta de ese único toro que
recordó algo a la legendaria estirpe de Santa Coloma. La faena de Rufo se movió
en las pantanosas aguas del alivio, la vulgaridad, el retorcimiento de la
figura, los trapazos que acompañaban hacia fuera y la falta de ajuste. Y allí arriba, en los tendidos, los “biiiiiiiiiiiennnnnnnnnnjjjjjjjjjjjjjj”
antes referenciados se entremezclaban con no pocas voces disconformes con la faena que planteaba el matador. La mayoría venían a decir que “muy mal” o “se va sin torear”. Y en mitad, como la red de una pista de tenis, el silencio sepulcral y las tibias palmitas
del resto del personal. Definitivamente, vaya cuadro se ha perdido el Museo del Prado. Un
bajonazo infame y dos descabellos fueron suficientes para que el
paisanaje guardara el moquero y se quedara con las ganas de que se cortara semejante despojo. ¿Que cuantos pases pegó el pegapases Rufo, valga
la redundancia? Un total de ochenta y seis. Cincuenta y dos al 3º y treinta y cuatro
a ese 6º que mereció más. Tampoco fue bueno ninguno, y eso que tuvo toro para
ello.
Cinco bueyes
y tres pegapases, amén de ese fondo compuesto de vulgaridad extrema y paisanaje
exacerbado, fue el cuadro de la tarde. Entre medias brillaron Sergio Blasco y
Fernando Sánchez pareando al 6º. Y por la mañana brilló el señor
Presidente, que dio por buena la iniciativa de varias asociaciones e hizo pesar
a los caballos de picar en la báscula de los corrales, siendo publicados los
pesos posteriormente y pudiendo comprobar los aficionados que cumplían con el
peso requerido. Al menos a priori. ¿Ven ustedes cómo no es tan difícil?
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