Llevaba herrado el número 79 y vino al mundo en noviembre de 2020. Era, pues, un cinqueño con toda la barba; buenas hechuras y bonito. Se llamó Cantaor, y hasta ahora es el toro de la feria. Qué duda cabe de ello. Ese Cantaor tuvo casta, temperamento y embestía de lujo en los capotes y en la muleta de su matador. Hubo emotividad en todas y cada una de sus embestidas, el toro acudía pronto a cada cite y con ánimos de comerse el trapo en cada muletazo. Apenas se cansó de embestir. Y como culminación a esa obra, le fue concedida la vuelta al ruedo en el arrastre.
Y una vez dicho todo eso, viene la pregunta del millón: ¿y el caballo? ¿Qué hizo Cantaor bajo el peto? Momento este en el que el camino se bifurca en dos senderos: el que lleva a meter la cabeza bajo tierra, cual avestruz; o bien, continuar parloteando hasta el final. Y como aquí no gusta el cinismo ni las medias tintas, ahí va sobre el comportamiento de Cantaor en la suerte de varas: es puesto en suerte en la primera vara, recibe un puyazo en toda regla y el toro empuja con brío. En la segunda vara Cantaor es colocado en suerte de nuevo y se arranca, pero al embestir contra la cabalgadura pierde el equilibrio y cae; una vez repuesto, vuelve al peto y mete la cara abajo; si bien esta vez, en lugar de empujar con el mismo brío que en la entrada anterior, se deja pegar sin más y no se emplea. No salió suelto de ninguno de los dos encuentros ni tampoco le fue medido el castigo, pero el comportamiento del toro en el segundo puyazo dejó muchas dudas. Lo suyo hubiera sido una tercera vara que determinara la verdadera cuestión, pues es en el tercer encuentro cuando los toros que de verdad son bravos siguen comiéndose el caballo de picar. Pero se cambió el tercio con tan solo dos varas, la segunda de dudosa efectividad para medir si el toro fue bravo de verdad. He aquí la madre del cordero de la bravura: la suerte de varas. Y en la actualidad absolutamente nadie le da importancia...
Cantaor fue un toro que no le volvió la cara al caballo en ningún momento, cosa que sí hacen los toros mansos; peleó muy discretamente y en el tercio de muleta fue un torrente de casta. Pero una vez más hay de suspirar por el tercio de varas y la poca importancia que se le da. ¿Hasta cuándo va a seguir siendo tratado tan bello lance de la lidia como un mero trámite? ¿Cuándo se le volverá a dar la importancia que merece y que un día sí tuvo? ¿Cuándo se dejará de lado esa moda de analizar el comportamiento del toro única y exclusivamente por lo que hace en la muleta? ¿Cuándo volverá la tercera vara reglamentaria para medir el verdadero ser bravo del Toro? Mientras esto no sea así, un humilde servidor seguirá pensando que todo animal premiado con los mismos honores que Cantaor, habrá sido en exceso.
Así pues, ese extraordinario toro de Victoriano del Río lidiado en 4º lugar puso la nota colorida en una corrida del renombrado ganadero que decepcionó por su falta de casta. La primera parte de la corrida fue, literalmente, para olvidar. Tres toritos muy justos de todo y que llevaron al más absoluto aburrimiento. No sin la imprescindible colaboración de los tres lidiadores que tuvieron delante. Sebastián Castella, pegapases. Emilio de Justo, ni eso: pega "medios-pases", una modalidad muy característica de este torero y consistente en retirar bruscamente el trapo sin haber corrido el brazo hasta el final. Y Tomás Rufo -a quien cada vez le queda mejor el sobrenombre de "Tomás Pufo"-, un pegapases al cuadrado, que diría un matemático.
Cantaor cambió el sino de la corrida, y ante él Sebastián Castella haciendo de las suyas. Es decir, los clásicos pendulazos en los medios, la "parte seria" a través de series de muletazos sobre ambos pitones; la cosa del arrimón -esta vez de la mano de las bernardinas"- y una estocada corta a la que siguieron una buena retahíla de golpes con el descabello. Sebastián Castella cuajó a Cantaor. A su manera, pero lo cuajó. Aunque también podría decirse al revés, que aunque parezca lo mismo no lo es: que Sebastián Castella estuvo a su manera con el toro; lo cuajó, pero a "su manera". Y es que esas series de muletazos, de mano muy baja y siempre dando sitio al toro, fueron muletazos lineales, rematados hacia fuera, sin cargar la suerte, metiendo mucho pico y hasta despegadito en no pocas ocasiones. Sebastián Castella en estado puro, vaya. Tanto fallo con el descabello le quitó de las manos lo que parecían dos orejas.
Tras el suceso culmen de la tarde, vuelta a la realidad. El 5° dejó entrever una excelente condición cuanto, pero las pocas fuerzas que le acompañaron le privaron de embestir con poder. Quedaron en agua de borrajas esas intenciones, y Emilio de Justo "El Medio-muletazos" pasó sin pena ni gloria una vez más. Solo que esta vez pegó un hermoso sainete a base de pinchazos y golpes de descabello... ¡¡Vaya matadores!! Por su parte el 6° dejó para la posteridad unas pocas embestidas de lo más provechosas. Se vino abajo pronto el toro, y mucho tendrá que ver en ello el infame trabajo que el picador hizo desde lo alto de su montura: un puyazo criminal y barrenero en el brazuelo, sin rectificar ni nada. Una actuación de noche de presidio la de ese sujeto -llamado, por cierto Rubén Sánchez-. El toro embistió con buen tranco en las primeras embestidas, pero Tomás Rufo, perfilero y muy despegado, se dedicó a tirar líneas como quien recolecta naranjas. Empieza a vernile grande todo esto a este torero...
La corrida de Victoriano del Río empezó y terminó con la lidia de 4º toro. Un toro extraordinario en la muleta que hace reivindicar una vez más la suerte de varas y toda su importancia. Es una pena que algo tan fundamental en la lidia del Toro se esté perdiendo por la desidia de todos los actores de la Fiesta toreros, ganaderos, los propios picadores y, por supuesto, público y aficionados que no la reivindican. ¿Hasta cuándo?
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