lunes, 25 de mayo de 2026

24 DE MAYO DE 2026, 15ª DE FERIA: "QUÉ DECEPCIÓN"

    Decepción. Esa es la palabra mágica. Decepción, muchísima decepción... Se trataba de la terna más rematada de toda la feria aquella que más interés despertó. Fortes, gran revelación del pasado año en Madrid a base de un toreo cargado de pureza y elegantes maneras. David de Miranda, un toreo lanzado durante las últimas temporadas gracias a un puñado de triunfos en plazas importantes, especialmente Sevilla. Y Víctor Hernández, otra de las grandes revelaciones del pasado año en Madrid y por cuya verdad delante del toro suspiran los aficionados. La única falla que se le encontraba a la tarde era la corrida de Alcurrucén, una vieja conocida en la Plaza de Madrid y de la cual hacía muchos años que no se veía un toro embestir. Pero ni aun así la expectación dejó de ser alta.  "El hombre propone, Dios dispone y el Toro, descompone", que se dice por ahí. 

    ¿El hombre, proponer? ¿El Toro, descomponer? La realidad distorsiona de todos los pronósticos. Dios -si es que acaso está- dispondría lo que creyera conveniente. Al igual que los toros de Alcurrucén; los cuales, sin ser el conjunto de corrida grandiosa, sí lidió algunos ejemplares que dispusieron de una condición para que esos toreros que tanta expectación generaron, dijeran en Madrid eso de "aquí estoy yo". Pues así las cosas, esta vez quien descompuso fue el hombre. Mejor dicho, los hombres. Tres: Fortes, David de Miranda y Víctor Hernández. Los tres descompusieron todas las ilusiones que los aficionados pusieron en la tarde, descompusieron las opciones que tuvieron ante la corrida de Alcurrucén, y crearon un clímax de decepción absoluta. En una palabra: decepcionaron. En dos: estuvieron fatales. Despojos y ovaciones verbeneras aparte.

    La corrida de Alcurrucén vino presentada de manera muy desigual, no se empleó en el caballo ni tampoco demostró gran fortaleza ni bravura. Pero hubo toros que embitieron. Sin excesos de casta y lo suficiente como para que tres toreros tan esperados demostraran con hechos y toreo todo lo bueno que se ha hablado de ellos últimamente. Pero, lejos de todo ello, la corrida quedó muy por encima de sus lidiadores. Fortes abrió plaza con un toro muy justo de todo, excepto de sosería. Pocas fueron sus fuerzas y su casta, y en varas se le dieron dos picotacines de nada. La faena de Fortes fue innecesariamente larga y estuvo basada en sobar y sobar. Y después de sobar, volver a sobar. Hubo formas muy elegantes y hasta algún que otro detalle torero, pero todo quedaba en nada dada la sosería de esa babosa. Mató de un bajonazo. Decepcionante.

    El 2º toro trajo consigo cosas, como también las trajeron David de Miranda y Víctor Hernández al protagonizar un reñido tercio de quites. Reñido, quiere decirse, por ver cuál de los dos era capaz de pegar el trapazo de mayor magnitud. Emotivo fue la rivalidad en quites, tan perdida hoy en día. Pero solamente se quedó en eso: en la emotividad del momento, en el ver cómo ambos lidiadores se afanaron en realizar hasta cuatro quites diferentes. No hubo lances reposados, ni tampoco ninguno de los dos lidiadores tuvo a bien interpretar el que es considerado "lance rey", ni nada. Comenzó Víctor Hernández por saltilleras, a las que replicó David de Miranda con unas chicuelinas y una larga a cámara lenta que, de largo -valga la redundancia- fue lo mejor de todo ese repertorio capotero. Víctor Hernández, a continuación, volvió a la cara del toro para quitar por tafalleras, y cerró el pique David de Miranda con unas gaoneras abriendo el compás que tuvieron mucha más intención que acierto, pues fueron aceleradas y hasta atropelladas algunas. Lo dicho: fue más la emotividad de volver a ver rivalidad en quites, que otra cosa. Lo de este toro, picado fuertemente y de condición mansa, fue casta. Se arrancaba con prontitud a cada cite y reponía en los muletazos. Hubo toro, sí. Pero, a su vez, hubo un torero muy desacertado y desajustado que no consiguió someterlo por abajo, ni templar ni mandar la embestida. Firmeza, sí. Pero solo firmeza, algo que por sí sola dista mucho del toreo de verdad. Y, para colmo, un feísimo bajonazo que ni por esas fue impedimento para que el señor Presidente -ya le tocará a su debido tiempo, ya...- se volviera loco otra vez y concediera el despojo. Decepcionante, pero que muy decepcionante. La labor del matador sobre todo, pues la del Presidente ya a nadie le pilla por sorpresa.

    El escándalo por el desatino presidencial se acentuó aún más con el 3º en el ruedo, un toro impresentable para una plaza como la de Madrid. Y para colmo, inválido. Con dos picotazos de nada quedó resuelto el primer tercio, y bien contento que debía de estar el matador con ese toro porque ni él ni la cuadrilla echó el capote abajo para conseguir que saliera el sobrero. Y el Presidente, tragando como un becerro criado a biberón. La bronca fue de campeonato, y los gritos de "fuera del palco" cada vez más constantes. Con este toro se alargó y se recreó en exceso Víctor Hernández, quien definitivamente estaba encantado con lidiar semejante birria. Evidentemente nadie echó cuentas a lo que allí sucedía, y los pitos y siseos fueron la tónica general durante la faena. Por supuesto que para el Presidente, pero también para el matador, pues conviene no olvidar que  colaboró estrechamente en la no devolución del toro. Mal, muy mal lo de este torero. Y decepcionante.

    Los ánimos seguían encendidos a la salida del 4º. Flojito y muy poco castigado, se dejó torear sin más. Iba y venía el animal a cada muletazo con excelsa nobleza y muy poco temperamento. Fortes volvió a realizar un toreo muy sobón, más parecía que estaba centrado en pegar todos los pases posibles en lugar de torear de verdad. Y es que fue precisamente esto Fortes durante toda su tarde: una máquina de pegar pases. Series larguísimas, hasta de diez muletazos se llegaron a contar. Series largas y de muletazos acelerados, embarullado el torero en ese mar de pases sin orden ni concierto. Como si hubiera sido programado para ello, cual robot. Y mal, pero que muy mal con la espada. Decepcionante, sin lugar a dudas.

    El 5º fue manso en el caballo y ya en el tercio de banderillas mostró una condición muy aplomada y reservona. Fue difícil banderillearlo, y aun así Víctor del Pozo dejó dos pares de banderillas extraordinarios. David de Miranda se sacó el marmolillo a las afueras y allí sobó todo lo que pudo, muy encimista y mucho más porfión que lo que el toro merecía. Muy decepcionante, una vez más.

      Y salió el 6º. El clímax de decepción y abatimiento estaba en su punto álgido en ese momento, ya no quedaba esperanza en que se fuera a ver algo en ese toro. Y, por desgracia, así fue. No por parte del toro, el cual sin llegar a ser apenas picado dio opciones de lucimiento en la muleta. Víctor Hernández no se las entendió con él. De nuevo las series de muletazos excesivamente largas, los cites encimistas y los trapazos a media altura terminaron por desengañar a un toro que acabó echando el freno, acaso aburrido de tanto trapazo y tanta vulgaridad. Fue esta otra faena interminable, hasta el punto de escuchar un aviso el lidiador mientras seguía pegando naturales y sin que le afectara ello lo más mínimo. Como no pudo ser de otra manera, decepcionante.

    La corrida de Alcurrucén fue una de tantas, pero con algunos toros se pudo haber estado mucho mejor. Pero, sin duda, otro petardo gordo llegó desde el palco de la Presidencia. "Fuera del palco, fuera del palco", se gritaba una y otra vez. Casi sin parar, y añadiéndose otra frase no menos lapidaria: "San Román dimisión". Y es que lo de la afición de Madrid con los presidentes desborda irritación y desesperación a partes iguales. Y lo de los presidentes con la Plaza de Madrid, es ya algo casi maquiavélico. ¡¡Qué feria llevanestos señores, qué feria!! Hoy, el señor Rodríguez San Román ha vuelto a dejar el nivel de la plaza por los suelos al aprobar varios toros que nunca debieron salir en esta plaza, mantener en el ruedo a dos inválidos y, la guinda a semejante pastel, conceder una oreja sin petición mayoritaria tras una faena culminada con un bajonazo. Pero ¿en qué carajo piensan estos señores cuando se suben al palco? Urge asentar el rigor, la seriedad y, sobre todo, la afición entre los presidentes de esta plaza. 

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