domingo, 16 de junio de 2019

15 DE JUNIO DE 2019, CORRIDA DE LA CULTURA: PACO UREÑA, DE MADRID AL CIELO

¡¡Qué tardecita más infumable estábamos padeciendo!! Qué tardecita ha dado la novillada de... ¿He dicho novillada? Sí, novillada con todas sus letras, desde la N hasta la A, la que ha colado el señor Victoriano del Río en esta Corrida Extraordinaria de la Cultura. Sí, la de la Cultura, ese invento del vendehumos Monsieur du le Bombo desde sus inicios como empresario de la plaza de Madrid. Qué irónico eso de celebrar una Corrida en homenaje a la "Cultura" (entendiéndose por tal la "Cultura Taurina", se imagina uno) con una hermosa colección de seis torillos escuálidos, tullidos y feos que lo único que fueron capaces de desarrollar fue mansedumbre a raudales, falta de casta y sosería. ¡¡Qué tardecita!!

¡¡Qué tardecita dio el señor Sebastián Castella!! Qué tardecita, calcada y mondada a sus otras dos tardes en esta feria, con ganado de Jandilla y de Garcigrande, respectivamente. Y luego se quejará de que los toros no le embisten, por unas cosas o por otras. Señor Castella, ¿quiere para el año que viene una corrida que verdaderamente pueda embestirle? Bien pues tome buena nota de la feria que han echado José Escolar o Valdellán. Eso embiste, sí señor.

¡¡Qué tardecita la del fenómeno Roca Rey!! De sobra es sabido que eso de parar a los toros y torear a la verónica, lo de llevar a los toros al caballo de dos o tres capotazos como mucho y colocarlos en suerte, no va para nada con él. Va por el ruedo portando el capote, pues porque hay que llevarlo. Lo hacen los demás, ¿por qué no lo va a hacer él también, aunque no sepa ni para qué hay que llevarlo? Tampoco es muy dado a lidiar, ni él ni su cuadrilla. No fijan a los toros, los dejan corretear a sus anchas por todo el ruedo, ni siquiera se preocupan de quitarles las querencias y conseguir meterlos en el canasto... Y cuando llegan al tercio de muleta, lejos de doblarse con los mansos y tocarle los costados, o bien empieza a dar telonazos simulando que torea por estatuarios (tal que con el 3°), que sin ton ni son empieza a darles tirones para sacarlos a los medios. Y en ambos casos el resultado es el mismo: que a la primera de cambio el animal se va de najas como alma que lleva al diablo, y nunca se le cambia esa tendencia abanta para embestir en la muleta. Y  por lo demás, lo mismo de siempre. ¿O no? Lo mismo lo mismo, no, pues hoy se dejó en casa la cosa de los pendulazos, las manoletinas, las bernardinas, los cambiados por la espalda a mitad de cada serie de muletazos y todas esas cosas. Pero en lo que se refiere al toreo fundamental, pues sí, más o menos lo mismo de siempre: citando en la oreja, metiendo mucho el pico y torear hacia fuera descargando la suerte. Y con la espada, pues tampoco acertado.

Qué tardecita llevábamos hasta que salió el 6°, lugar en que Ureña tuvo que lidiar al segundo de su lote por encontrarse anteriormente en la enfermería. Los únicos argumentos sólidos de la tarde los había puesto el mismo Ureña ante el segundo de la tarde, toreando suavemente con el capote de salida y realizando un torerísimo quite por delantales echando la pierna adelante y cargando la suerte. Uno de los quites de la feria, y que llegó en réplica a otro quite que hizo Roca Rey. Ante este toro, bonacible y de embestida suavona, Ureña no terminó de acoplarse con la muleta. Muy despegado siempre y toreando hacia fuera, su actuación defraudó a la parroquia madrileña, que siempre espera mucho más de él. Solamente brilló, y solo a medias, una serie de naturales ya casi al final, pero la concurrencia andaba muy predispuesta ante él, y si no llegó a tocar pelo ante este toro fue porque pinchó, dando una vuelta al ruedo totalmente por su cuenta y riesgo. Después entró a la enfermería, ya que fue feamente cogido toreando por naturales, y hubo de correrse turno.

Qué tardecita hasta ese preciso momento en que Ureña salió del túnel de la enfermería. Salió el toro y lo volvió a recibir con algunas buenas verónicas. Pedro Iturrialde dejó un buen puyazo, y muleta en mano se dispuso el matador a armar el alboroto. Comienzo por estatuarios sin ceder un palmo de terreno, y cuando remató por varios trincherazos y algunos pases de la firma que fueron sencillamente colosales, empezó a fraguarse la idea de que allí iba a pasar algo grande. Se le veía dolorido al matador aunque no por ello se arrugó, y empezó a darle fiesta al toro por el lado derecho. Buena primera serie llevando al toro toreado y mandando mucho, pegando una segunda serie también de derechazos con más altibajos. Se echó la muleta a la zurda y dibujó algunos naturales colosales tirando mucho del toro, que ya estaba muy paradote, y aguantando estoico las veces que se le quedaba parado. Y tras esto, Ureña se fue a cambiar la espada con muy buen criterio, pues todo lo que hubiera sido seguir ahi delante hubiera deslucido mucho la corta pero intensa faena. Tenía en su esportón una oreja ganada a ley, eso de haber matado bien. Pero cuando, ya con la espada de verdad en su mano, se fue de nuevo al toro, llegaron más naturales todavía de más pureza y mandones, pues al toro le costaba un mundo desplazarse. Pero el torero, siempre cruzado y dando el pecho, tuvo el coraje suficiente para aguantar y tirar del animal haciendo, simplemente, el toreo verdadero. El toreo eterno, el que nunca muere. ¡¡Qué pedazo de naturales!! En total la faena no tuvo más de veinte, si es que llegaban, pero fueron intensos y extraordinarios. ¿Para qué más, si con tan pocos basta? Esos últimos, además, hicieron que el listón de la faena escalara un centenar de kilómetros de un tirón, y lo que antes era de una oreja, se convirtió en algo de dos. Solo faltaba que la espada cayera en buen lugar, y ya estaba todo hecho. Pero no fue tal el caso, pues fue a caer un palmo desprendida, y además el toro tardó mucho en caer, cosa que deslució todo en cierta media. No importó, el toro acabó rodando por sí solo y sin la necesidad de descabello, y cayeron las dos orejas, y así, la primera puerta grande de don Paco Ureña en Madrid, su Madrid. ¿Merecidas? Pues podrían discutirse porque la espada no cayó en el lugar más adecuado. Pero lo que no podía negarse es que el personal salió toreando de la plaza después de ser testigos de aquella faena con la que Paco Ureña puso de acuerdo, una vez más, a la unanimidad de la plaza de Madrid.

A Ureña se lo llevaron posteriormente en volandas, dolorido pero muy feliz. Y los aficionados, tardaron más en llegar a sus casas. ¿Por qué? Porque iban pegando naturales calle Alcalá arriba.

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