A la memoria de Pepe Vicente Lapuente, excelente aficionado de Teruel y afable seguidor de esta página. DEP
Conforme se disponía a plantar la pezuña en la arena el 4° toro, comenzó el diluvio universal. ¡¡Qué manera de llover sobre Madrid!! En cuestión de minutos el ruedo se convirtió en el estanque del Retiro, los tendidos altos y bajos se despoblaron casi por completo, y las gradas y andanadas... Pues en las gradas y andanadas el personal estaba como si nada. Benditos sean los abonos en esa parte de la plaza por la panorámica de lujo que ofrecen las alturas, pero sobre todo porque si cae la del pulpo uno sigue tan tranquilo viendo los toros. La cosa cambia en los tendidos altos y bajos, y vaya si cambia... Que se lo pregunten a sus huéspedes en una tarde como tal, cuando comienza a diluviar sin parar y no se tiene chubasquero ni paraguas a mano. Por momentos lo que ocurre en el ruedo pasa a un segundo plano, pues la atención se centra mayormente en las carreras tendido abajo y la posibilidad de que más de uno pueda aterrizar con los dientes sobre el duro granito. También en los tumbos que otros cuantos dan mientras huyen de la lluvia, acaso perjudicados por los estragos que la ginebra y el whisky dejan en el cuerpo. Y, como siempre en estos casos, todo aderezado con el grito de guerra que llegan desde las gradas y andanadas cada vez que llueve: "¡¡Agua para los ricos!!".
Total que, entre unas cosas y otras, el espectáculo se centró mayormente en lo que caía del cielo. Y también quedó muy condicionado todo aquello cuanto ocurrió en el ruedo a partir del 4º toro, momento en el cual el cielo parecía venirse sobre Madrid. Hasta entonces la tarde iba de menos a más: un inválido que abrió plaza, un toro 2º también justo de fuerzas y muy parado, y un 3º de extraordinaria condición por ambos pitones. Alejandro Talavante tuvo a bien abreviar con el 1º, mientras que Roca Rey se puso excesivamente pesado con su soflama de siempre ante ese 2º que tenía muy poco. Un pendulazo de rodillas en el que aguantó estoico el parón del toro, lo único que levantó pasiones entre gran parte del personal por parte de Roca Rey. Y por su parte a Víctor Hernández se le fue sin torear el buen 3º, con el que anduvo muy asentado pero sin lograr mandar sobre las embestidas del buen toro de Victoriano del Río. Y a partir de este momento, todo cuanto aconteció en el ruedo ha de relatarse basándose sobre una palabra: mérito.
Mérito, sí. Por parte de todos aquellos cuantos tuvieron que salir al ruedo en las condiciones en las que este se encontraba. Era como torear en una ciénaga y, lo que es peor, el aguacero no remitía. El ruedo estaba cada vez peor, y si meritorio fue que Talavante lidiara y terminara por estoquear a su toro, mayor fue el de Roca Rey y Víctor Hernández, pues la corrida se había puesto como para suspenderla una vez fue arrastrado el 4º toro. Nadie hubiera rechistado si se hubiera tomado esa decisión, pero tanto el uno como el otro tuvieron la determinación de tirar para delante. Ellos y sus cuadrillas de picadores y banderilleros, que también tuvieron mucho que tragar.
Así pues, Alejandro Talavante lidió al 4º de manera estoica mientras el aguacero se cernía sobre él. Roca Rey, bajo la fuerte lluvia y el ruedo encenagado, soltó su soflama de siempre y consistente en los cites perfileros, en retrasar la pierna y en rematar el muletazo hacia fuera. Si no sabe hacer otra cosa en condiciones normales, ¿cómo se le va a exigir algo decoroso lidiando en medio de una ciénaga y teniendo que cambiar la muleta cada dos series de muletazos, a causa del peso del agua? También tuvo mucho mérito que Víctor Hernández saliera a lidiar el 6º, pues seguía lloviendo consistentemente, el lodazal aumentaba y también tuvo que cambiar de muleta a cada poco. De nuevo realizó una faena asentada y de escaso poder a otro toro de buena condición. Mérito, solo se puede hablar de mérito por tirar la corrida hacia delante ante esta situación. Como meritorio fueron también las actuaciones de los picadores y banderilleros, pero sobre todo la de Marcos Prieto ante el 6º, que se lio la manta a la cabeza y, como si hiciera un tiempo espléndido, colocó dos pares extraordinarios. Bien por él.
A los toros nadie les preguntó si querían tirar para adelante la corrida, pero debieron de estar conformes porque 5º y 6º cumplieron con creces. Dos toros que pelearon con pujanza en varas y desarrollaron casta en la muleta, aunque a todos nos hubiera gustado verlos en otras condiciones menos adversas y con un ruedo mucho más asentado. Si bueno en la muleta fue el 3º, tanto el 5º como el 6º lo superaron en todos los tercios de la lidia.
Todos los actuantes abandonaron la plaza entre aplausos de reconocimiento y agradecimiento, como también se reconoce que Victoriano del Río echó algunos toros de buen juego una vez más. Todo lo que ocurrió a partir del 4º toro se basa en el mérito, sin más. Pero antes de la lluvia también hubo vida, y esa es que a Víctor Hernández, torero en quien se ha puesto muchas esperanzas durante los últimos meses como un serio relevo generacional, ha decepcionado en esta feria. Más allá del mérito de la lluvia y demás sucesos ya relatados, su situación tras sus tres tardes en Madrid dejan dudas. Por no cuajar rotundamente al buen 3º, pero sobre todo porque ha sido una feria muy discreta la que ha echado en proporción a las expectativas que ha generado. Si de verdad es Víctor Hernández uno de los pilares sobre los que ha sostenerse ese relevo de figuras, de seguro va a tener que esperar.
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