Los escolares se personaron a su examen global como manda la etiqueta: guapos, bien uniformados, muy repeinados y perfumados. Casi parecían más ir de boda que a hacer un examen. Un examen ante la gran cátedra, su gran día de todo el año. Los escolares vinieron con la lección bien aprendida, si bien no en algunas de las asignaturas principales como lo son la bravura y el caballo. Sí en la de casta, aunque no con excesos. Algunos, incluso, pasaron el examen de casta raspadito raspadito. Los escolares estudiaron en la escuela de la vida, esa que no da para llegar a la universidad pero sí para sobrevivir en la calle. Escolares, a fin de cuentas, más propios de un instituto público de Entrevías o de Tetuán, que del más elitista de los colegios sitos en Boadilla del Monte o en Pozuelo de Alarcón. Escolares que suponen todo un reto para los buenos maestros de verdad a la hora de dar clase y examinar.
A los escolares que estudiaron en la escuela de la vida y no son fáciles de meter en vereda durante la lección, un maestro verdaderamente cualificado es capaz de hacerles atender mientras explica las ecuaciones de segundo grado, la sintaxis o hasta la lista de los reyes godos. En el polo opuesto se encuentran los maestros que se limitan a dar su clase despreocupados de la atención de sus alumnos. Maestros como los eternos interinos, ya de vuelta de todo en su carrera profesional y al que no le queda otra que tragar si quiere conservar su derecho a vacante. O como los recién graduados que poco a poco se labran su sitio, que al principio tienen que tragar con lo que les echen. Los escolares exigentes que no suelen atender en clase y hay que bajar al barro con ellos, les suele venir grandes. E, incluso, suspenden. Sí, suspenden los maestros a manos de sus propios escolares.
A los escolares que acudieron a examinarse ante la gran cátedra isidril, a pesar de andar muy justos en ciertas asignaturas, les dio para aprobar. Fue un aprobado raspado en algunos casos, salvados en su mayoría por la casta y la exigencia de sus embestidas. Suspendieron en el caballo, pues ninguno de los seis hicieron peleas bravas y de poder. Eso les llevó a suspender también en bravura, aunque los maestros no terminaron de examinarles del todo en esta asignatura dado que la pregunta sobre "los medios" nunca cayó en el examen. En casta hubo aprobados raspados, dos con notable alto-5º y 6º, para más señas- y algún que otro suspenso también. Hubo también aprobado general en dureza, fiereza y pies. De manera que, como puede verse, la corrida enviada a Madrid por José Escolar Gil -el tío Pichorronco para los amigos y admiradores- anduvo estupenda de trapío, muy floja de bravura, encastada, dura, exigente y con peligro si no se les hacía las cosas bien. Seis toros de verdad y variados en comportamiento, faltando desgraciadamente el bravo.
Delante de los escolares, impartiendo la lección del día y examinando como buenamente pudieron -y supieron-, tres maestros a los que bien puede considerarse los eternos interinos. Los que cada dos años firman un examen que luego dejan en blanco, acaso resignados a sus respectivos destinos ubicados en los barrios, llamémoslos "marginales", de Madrid. Lo que toca ha tocado, pues lo importante es figurar, dar clase, cotizar y que la nómina llegue a final de mes. Tres eternos interinos con diecisiete, catorce y trece años dando tumbos por esos centros docentes de Dios, con el alumnado más exigente -imposible en algunos casos- que pueda existir y ya con la resignación por bandera. Sus nombres son de sobra conocidos en esta cátedra: Pepe Moral, Damián Castaño y Gómez del Pilar. Los verdaderos suspensos ante la cátedra se los han llevado ellos. Los propios maestros, y ante escolares de lo más exigentes que solicitaban decisión, recursos, dominio y, lo más importante, olvidarse de pegar soflamas. O pegar pases, en este caso. La exigencia de los escolares pasaba por el poder antes de torear, las faenas de pocos muletazos, someter con firmeza por abajo y correr la mano hasta el final, el no dejarse la ventana abierta. ¡¡Toros, eso eran toros de verdad!! Nada que ver con ese alumnado elitista -también llamados "toros artistas"- donde los maestros que hacen millones de euros en esto se inflan a otorgar matrículas de honor, pero luego en la escuela de la vida semejante alumnado no sabe ni coger el metro de lo rematadamente idiotas que son. El mundo al revés, los escolares suspendiendo a sus propios maestros.
Pepe Moral lleva diecisiete años sobreviviendo en una espiral de idas y venidas con caídas al olvido, resurrecciones y vuelta a empezar. Hace un año volvió a "resucitar" ante un alumno de Miura en Sevilla, y aquí le tenemos otra vez saboreando las mieles de esa enésima oportunidad que la interinidad le brinda. El examen de los escolares no fue de miel, sino de hiel. Ni decisión, ni cabeza, ni nada. Descentrado, muy descentrado el maestro examinando a sus dos escolares. Sobó mucho al 1º a base de medios muletazos que acortaban el viaje, y ante los cuales el toro se le paraba y echaba miraditas de león enjaulado. A final de soflama tuvo más decisión para correr la mano con largura y, cosas de la vida, el alumno entró en vereda y siguió la lección con atención. Qué cosas... Al 4º no le sobó tanto, pero sí trapaceó feamente. Mal con la espada.
Damián Castaño fue muy aplaudido tras su faena al 5º, tanto así que hasta fue requerido por parte de la cátedra para dar una vuelta al ruedo. Acaso por su valentía y arrojo, y es que verdaderamente hace falta tener mucho de ambas para ponerse delante de un escolar como ese 5º sin saber ni por dónde andarle. Y el resultado de ello fue un cóctel molotov que le hizo estar a merced durante toda la faena de tan encastado animal. De principio a fin. Damián Castaño sobrevivió con tan pocas facultades y tan poca cabeza, que no es poco. Al contrario, demasiado fue. El toro requería mando, largura, mano baja, firmeza. Castaño, lejos de otorgar todo eso, se centró en los trapazos desde la mala colocación y que saliera el sol por Antequera. Algún que otro muletazo llevó el sello del dominio, pero fueron tan pocos que hasta cabe pensar que fueron casualidad. Menos pasó ante el 2º, también encastado y que se orientó muy pronto a base de los medios trapazos y el poco dominio del lidiador. Con la espada, fatal. Como siempre. Como siempre en este buen hombre.
Gómez del Pilar dejó a sus dos escolares sin examen en el caballo. Que los dejó sin picar, vaya. Y lo acabó pagando caro. Con el 3º no anduvo nunca confiado y se basó en los trapazos. Y con el 6º llegó a sacar los mejores muletazos de la tarde. Una faena larguísima, tanto así que le sonó un aviso mientras se disponía a pegarle otra serie de derechazos. Larga y de muy menos a un poco más, pues los mejores muletazos fueron unos naturales sobre la mano derecha que llegaron al final de faena. Buenos y dominantes esos muletazos, a los que se sumaron alguno que otro más sobre ambos pitones. El resto de tan largo trasteo se basó en los trapazos y en el espantar las moscas. Con la espada mal, pero peor aún con el descabello.
La corrida de José Escolar fue dura y exigente, solo apta para lidiadores muy cualificados que los entendieran y pudieran. ¿Existe eso a día de hoy en el escalafón? Es difícil encontrarlo. Muy difícil...
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