domingo, 3 de septiembre de 2017

DOMINGO VENTEÑO: SANTACOLOMAS MUY DESCAFEINADOS

¿Qué contar sobre un festejo en el que la falta de casta y de buenas maneras por parte de los de luces fueron la nota predominante? Quizás, que todo se puede resumir en una palabra que se presume ideal para tal situación: aburrimiento. Mucho aburrimiento a causa de seis novillos de San Martín cuya sangre santacolomeña aparecerá solamente en lo que pone en los libros de los ganaderos, visto lo visto. Así, novillos que no se emplearon en el jaco, sosos y descastados, algunos con esa nobleza lo suficientemente empalagosa como para esa parafernalia tan de moda como lo es disfrutar una barbaridad.

Ante tales adefesios se las vieron Diego Fernández (con una novillada en su haber la temporada pasada), Abel Robles (quien se presentaba en esta plaza y venía con la nada despreciable cifra de ¡¡dos!! actuaciones en 2016), y Diego Carretero. Tres novilleros tres que hicieron más bien poco para que se esfumara el dichoso aburriento, ovaciones y peticiones a orejas por parte del paisanaje acérrimo aparte. Diego Fernández sacó algunos naturales muy pintureros al que abrió plaza que llegaron poco a los tendidos, dada la sosa y floja condición del tetrapléjico bicho. El cuarto fue uno de esos hechos para disfrutar, y seguramente el chaval disfrutaría ante el animal dando pases despegadísimos, hacia fuera y, eso sí, templados. Birrioso fue el uso de la espada.

Abel Robles, ante dos animalitos también para eso de disfrutar, mal. Verde, muy verde, cosa que no es de extrañar dado el nulo rodaje del que dispone. Pero bien es verdad que se puede estar verde de dos maneras: una, dejando entrever un estilo elegante y de toreo clásico; y otro, dejando entrever un estilo 2.0 de pico, trallazos hacia fuera, cites en la oreja y piernecita bien escondidita.  En el caso que ocupa, podría decirse que más bien fue de lo segundo. 

Diego Carretero se las vio en tercer lugar con un buey de carreta ante el cual estuvo mucho rato y sacó muy pocas cosas en claro. El sexto, una babosilla que embestía andando y sin hacer extraños, le sirvió para acompañar con el trapo, se presupone que también con la cosa del disfrute y el a gusto, esa embestida tan dulce como carente de emoción. Nada nuevo bajo el sol. 

Ni novillos, ni novilleros, ni un par de banderillas, ni un capotazo, ni una vara, ni nada. Eso sí, feísimo el gesto hacia la afición del picador Carlos Écija tras (mal) picar al quinto, tras serle recriminada su lamentable actuación consistente en dos varas caídas. Después de esto, la reflexión que se le queda a uno es que si tuvieran el mismo garbo para hacer las cosas bien que para ponerse gallitos con el que paga, la palabra aburrimiento apenas existiría en los toros. Un asco.


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