domingo, 6 de octubre de 2019

SEXTA DE OTOÑO: BUEYES CÁRDENOS DE MARCA ADOLFO MARTÍN

Petardazo grandioso del señor don Adolfo Martín Escudero, ganadero de reses bravas (se supone), como colofón a esta feria de Otoño. ¿Petardo de Adolfo Martín? ¿En Madrid? ¿Y en Otoño además? Nooooooo, ¡¡no puede ser, debe de haber un error!!

¿Hasta cuándo tendremos que aguantar las cuchufletas de este señor cada vez que lidia una corrida en Madrid? Y por supuesto, ¿hasta cuándo tendremos que seguir aguantando a su séquito de palmeros (que también los tiene) poner excusas de todo tipo, formas y colores sobre el lamentable juego de estos pseudoalbaserradas? ¿Que se merienda bien en casa de este señor, o cómo va el tema? ¡¡La Virgen Santa!!

La de hoy, una más de tantas de Adolfo, y que hacen la excepción de la norma a la corrida de hace cuatro meses en esta plaza: una colección de torillos chicos, mal hechos, feos, sin remate... Y lo que es peor, de un comportamiento que, a su lado, los berrendos de Florito parecen bravos. Lo suyo hubiera sido dejarlos en Los Alhijares, castrarlos y venderlos como bestias de tiro para las carretas de El Rocío. O para tirar del arado. O para el manejo de ganado bravo, pero bravo de verdad. Y a lo mejor, ni tan siquiera hubiera hecho falta castrarlos. ¿Para qué? Hubiera sido perder tiempo y fuerzas.

Solo hubo uno, uno solo, que sacó una condición que mereciera un poquito más acorde de llamarse "ganado de lidia". El 4.º de la tarde fue, y aunque no fue tampoco una cosa sobrenatural de casta, temperamento y bravura, al lado de sus otros cinco hermanos se pareció y todo, sin ir más lejos, a aquel mítico Madroñito que lidiara en esta misma plaza, hace años ya, Fernando Robleño. No se empleó en varas, se le alivió en el primer puyazo y se le apretó más en el segundo, ambos inferidos en mal sitio, sea dicho de paso; y llegó a la muleta con una nobleza exquisita y queriendo tomar los engaños por abajo. Vamos, que casi pareció más un juanpedro cárdeno que otra cosa. O uno de esos saltillos del otro lado del charco que hacen suspirar a los figurones mientras se les dibuja un corazoncito en cada pupila. Y para uno que sale medianamente bueno, no va el espada de turno y se lo deja sin torear...  El susodicho fue ese fino, pinturero y artistísimo Curro Díaz, y con mucha finura, pinturería y jarte, lo mandó al desolladero sin sacarle el más mínimo provecho. Lo sacó al tercio con unos pases de tanteo, entre los cuales fue jaleado un natural de los que solamente salen en los carteles de toros, y en esos terrenos pasó al toro por el lado derecho, dándole muy poco sitio y sin demasiadas apreturas, ante lo cual el toro se quedaba corto. El pitón del toro era claramente el zurdo, y Curro se echó la muleta a esa mano sin más dilación para dibujar algunos naturales metiendo mucho pico y sin acoplarse a la franca embestida. Le sucedieron más naturales en los que pareció que se iba imponiendo con más autoridad el torero al toro, llevándolo más largo y despacioso. La tercera serie de naturales era la clave, la que iba a determinar si la cosa iba a tomar vuelo por fin, o si por el contrario todo se iba a desmoronar. Ocurrió lo segundo, el toro seguía embistiendo con dulzura y a Curro le iban lloviendo como churros los enganches, por lo que a la cuarta serie de naturales, ya con el toro más apagado, no consiguió obtener más limpieza, ni tampoco más ajuste. Y hasta aquí el quehacer de Curro Díaz, rubricado por un pinchazo y una estocada defectuosa.

No dio la corrida para nada más. López Chaves se dio de bruces con un tetrapléjico que salió en 2.º lugar, y con el que hizo las veces de enfermero, quedando muy por encima del bichejo y cumpliendo la papeleta con dignidad. En Madrid no se triunfa de esa manera (a no ser que uno se llame Enrique Ponce o Julián López Escobar, y tenga la plaza poblada de incondicionales), pero al menos hace que se gane el respeto y la valoración positiva de los parroquianos. Y tal fue el caso. También se lo ganó, y además la ovación que se llevó así lo demostró, parando al 5.º de salida. El buey (llamarlo toro es un insulto) de salida no pasaba del umbral de la puerta de toriles, y si se movía era para darse la vuelta y volver a la oscuridad. Después de proceder de esta manera en varias ocasiones, y con el matador apostillado en los terrenos cercanos a la puerta de toriles, el toro se arrancó como una bala a por el bulto que lo llamaba, el cual trataba con demasiados apuros de fijarlo en el capote. Cuando se vio prácticamente Lopez Chaves acorralado en tablas, se dio la vuelta y, andando hacia atrás, se llevó al toro hasta la misma boca de riego para dejarlo allí parado. No dio para más su actuación, el toro abandonó el ruedo arrastrado por el tiro de mulillas dando las mismas sensaciones que cuando salió: oveja vieja que no tenía ni uno. Y López Chaves inédito.

Manuel Escribano cerró cartel, y lo hizo sin pena ni gloria ante otros dos cabestros cárdenos que no tenían la más mínima gota de temperamento corriendo por sus venas. Se fue a portagayola en ambos turnos, siendo arrollado por el 3.º aunque afortunadamente sin consecuencias; banderilleó con dificultad a este mismo toro, dejando cuatro palos en cuatro entradas como buenamente pudo; de la misma manera que este mismo toro le puso en aprietos durante la faena de muleta, pues no era lo que se dice para florituras, pero quiso tratarlo como si lo fuera. También banderilleó al 6.º, de manera vulgar, pero valiéndose de un par al violín haciendo un quiebro para arrancar algunas palmas. Ninguna palma arrancó cuando, muleta en mano, se plantó delante de ese buey para proponer su faena, pero para entonces la afición, aburrida y hastiada de tanta bazofia, ya pedía la hora y solamente miraba hacia la puerta de salida. De puntillas pasó Escribano durante toda la tarde, si bien saludó una calurosa ovación tras romperse el paseíllo, en recuerdo a aquella fuerte cornada que le infirió un toro de Adolfo Martin en San Isidro. Una ovación que, precisamente, se inició en ese tendido de terroristas, asesinos, borrokas, ce de erres y genocidas que, con sus pitos, provocaron claramente aquella infortunada cornada. El resto de la plaza, sensible y muy respetuosa con todos los toreros, no parecía acordarse.

Y para no acordarse es la tarde que se ha vivido en Madrid el día de autos. Una tarde de las que echan a patadas de la plaza al más aficionado a esto.

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