martes, 22 de octubre de 2013

RECUERDO A UN MAESTRO

Antoñete saluda al tendido de su patio de Las Ventas. Foto de Agencia EFE.



Yo he sido un torero toda mi vida de torear bien, o si no de lidiar y matar. No puedo mentirme ni traicionarme, no puedo pegar espaldinas y cosas de esas. Yo sólo toreo.
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El toro de Santa Coloma pisa el albero majestuoso, haciéndose ver, dándose importancia, enterándose parsimoniosamente del sitio en que se encuentra. Pero enseguida pone de manifiesto su descontento y aquella calma se torna en rabia faribunda que derrama violentamente en veloces acometidas cegadas de genio. El torero deberá enconces hacerse presente y con mayor arrogancia que la que destila el animal, hacerle frente poderoso y dominador, sujetando aquel veloz viaje para demostrar que quien manda es el torero.
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Se carga la suerte haciendo notar que se está despreciando la cogida y con arrebatadora pasión se acentúa lo más posible el brusco cambio de trayectoria al que se va a someter al animal
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El picador tiene que torear y hacer al caballo que toree. Dejándose ver provoca la embestida y entonces aplica el puyazo. Debe ser delantero, debe darse - bien claro está - en la parte anterior del morrillo. Cuanto más delantero más eficaz porque no se le daña, aunque sí se le hace el daño
verdadero e imprescindible en la suerte, porque se le obliga a humillar al dolerse cuando estire el cuello, prefiriendo por lo tanto mantener la cara baja.
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La chicuelina, ahora, no es más que un dejar al toro ir y venir dándole la espalda con riesgo pero sin eficacia ni sentido lidiador. Ahora son recortes bruscos que casi, puede decirse, enseñan al toro al robarle de un mantazo su embestida en busca del engaño. La chicuelina debe darse de medio frente y echando el capote hacia delante. Así se le trae toreado y al llegar a jurisdicción se bajan las manos con temple y desmayo girando el cuerpo despacio y vistoso...
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En ese inicio de faena por bajo hay que imprimir dureza a los pases y poner mucha gallardía y mucha compostura en la ejecución, echando al muletazo gracia y sentimiento. El lance debe tener cierta violencia aunque más en la postura del torero que en el pase en sí, de tal forma que el toro se dé cuenta de que le están pudiendo, que el torero le puede.
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Dándole el pecho al toro, exponiendo el cuerpo y las dos piernas, hay que echarle el pequeño engaño delante, procurando fijar la atención del toro en la panza de la muleta, en el mismísimo centro. Ahí se atrapa al bicho imantándolo nuevamente para traérselo muy toreado. En el mismo instante en que se produce el embroque se carga la suerte y se obliga al bravo y fiero enemigo a que describa un medio círculo que ahora debe verse y sentirse mucho más, forzándolo si es preciso.
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Soy claramente partidario de las faenas cortas porque un torero tiene que extraer lo mejor de cada toro desde el principio, no vale dejarlo para más tarde.
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Atrevido se llamó y frente a él, sin premeditación ni mucho menos alevosía, ejecuté o mejor dicho cincelé, que suena artista y no castrense, este pase del libro que de bien chico diseñé y pulí (el trincherazo) a hurtadillas en el ruedo de Las Ventas, que era el patio de mi casa.
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Todo cuanto hice estuvo en todo momento presidido, herrado por la distancia. El andar por la plaza, la colocación, la elección de los terrenos, el toreo... Dejar venir al toro de largo siempre, desde los lances de recibo a los lances para situar al toro en el tercio de varas, desde la preparación y organización del tercio de banderillas a la misma ubicación del toro para iniciar la faena de muleta. Dando distancia siempre para dejar ver al toro y para traérselo toreado desde la distancia, tanto con el capote como con la muleta, tanto a la verónica como al natural, tanto  en la media verónica como en el trincherazo.
VIVA ANTOÑETE, VIVA EL TOREO ETERNO
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