martes, 30 de mayo de 2017

VIGÉSIMA DE FERIA: ME CUENTAN QUE...

Llamo por teléfono para interesarme por la tarde de hoy, y me hablan de tedio, de hastío, de saldo ganadero, de descaste, de borreguez y de todas esas cosillas, a decir verdad, tan poco habituales en los toros. Así ha sido la segunda novillada de San Isidro, a su vez vigésimo festejo de abono: un petardo con calibre de guerra.

Seis novillejos de Montealto tuvieron la culpa. Por estar rematadamente mal presentados, por chicos, por caras poco ofensivas y hasta algún que otro pitón que ha puesto a calibrar a los mal pensados (piensa mal y acertarás); por malos, por sosos, por borregos, por bobos, por descastados y, a fin de cuentas, por ser el antitoro de lidia. Quizás, válidos para la cosa esa que hacen llamar mejor toreo de la historia, pero no para otra cosa.

Preguntando por la terna de novilleros, alguien me cuenta que seguramente ninguno se va a ganar los cuartos en esto. Otro buen amigo me habla de que pueden estar tranquilos Julián y compañía, que por aquí no hay nadie les vaya a dar la pertinente patada en el trasero para quitarles de ahí. Y hay hasta quien me hace llegar que tuvieron una disposición los tres de como si ya fueran unos figurones y tuvieran todo hecho en esta profesión. Sobre Leo Valadez, que es un chaval que no se pone en el sitio, que destaca por su ventajismo y que carece del más mínimo temple y la más mínima torería. De Diego Carretero, que le cayó en suerte el melocotón en almíbar que hizo de quinto (melocotón por la capa, almíbar por su edulcorada comportamiento), resultando su quehacer acelerado, destemplado, pegapasista y aburrido.
Y Andy Younnes, francés que ha hecho el paseíllo esta tarde con la montera en la mano, además de pesado como cenar un cocido maragato, no deja de ser uno más en eso del toreo 2.0.

Sálvese quien pueda...
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