lunes, 19 de enero de 2015

UN ESPONTÁNEO DE CUATRO CAMINOS

Ser aficionado a los toros conlleva muchas cosas. Buenas y malas. Una tarde de toros puede dar para muchas alegrías, ocasionadas porque salga uno o varios toros de categoría, un sublime tercio de banderillas o de varas, buenos muletazos o excelentes estocadas. También puede dar para unos cuantos cabreos cuando los toros se caen y/o salen aborregados, cuando los coletas de turno toquen la moral de uno intentando engañarlo, o cuando la corrida es simplemente insoportable, algo que por desgracia pasa con cierta asiduidad.

Yo lo tengo claro, lo mejor de ser aficionado a los toros, por encima de ser testigo de grandes faenas y corridas, son las amistades que se van hilvanando a través de la Fiesta. Se empieza por compartir opiniones a la salida de la plaza cada tarde, y se termina por acabar de cena con las novias, o una simple quedada en una fría tarde invernal, cuando no hay toros en España y no hay motivo aparente para verse.

Hace unos días tuve uno de esos encuentros con un buen amigo al que no veía desde que acabó la temporada taurina en la capital del Reino. Hablar de toros con una persona como esta, entrada en años ya y con no poca experiencia en esto de los toros, se convierte en toda una aventura en la que se comparten numerosas vivencias, anécdotas y conocimientos de muy difícil olvido. Son, en definitiva, encuentros cargados de positivismo, pues hasta de los encontronazos que se tienen se aprenden cosas que, de haber estado solo, muy difícilmente hubiera llegado a sacar en claro (aunque reconozco que es duro asumir que el Fundi tiene lo mismo de maestro que Fernando Torres de mejor jugador español de todos los tiempos).

¿Que a qué viene toda esta chapa ahora? Pues viene porque una de esas anécdotas que escuché con tanto agrado, me sirvió para resolver un misterio que llevaba arrastrando desde hace tiempo, y que supongo que muchos de los que hayan visto Tarde de Toros, también.

Tarde de Toros es una película de culto para los aficionados a los toros, donde se juntan dos de los grandes maestros de todos los tiempos junto con un torero de menos renombre pero que, a juzgar por lo visto en la cinta, no toreaba nada mal. Juntando varias situaciones paralelas en torno a la corrida, sale a relucir la figura del joven maletilla deseoso de una oportunidad que le ayude a abrirse camino, y acaba por tirarse de espontáneo en el segundo toro para conseguir llamar la atención de todos, en especial la del empresario de la plaza, quien ningunea al chico cuando este, antes de comenzar el festejo, acude a su encuentro para pedir una oportunidad.
Al final, el joven maletilla resulta corneado y fallece en la enfermería de la plaza.
¿Quién fue el intérprete de este espontáneo en las escenas delante del toro? Este fue el misterio que tanta curiosidad me inspiraba, y cuanto más veces veía la escena y palpaba lo bien que el personaje de marras toreaba, más deseoso estaba de descubrirlo. Y fue este buen amigo mío, cuyo padre estuvo presente en el rodaje de Tarde de Toros, quien me ha destapado el misterio. Y la historia tiene mucha miga: resulta que ese maletilla fue interpretado por otro maletilla de Cuatro Caminos, a cambio de un importante aguinaldo y seguramente una oportunidad de torear una novillada en Las Ventas. El ofrecimiento llevaba aparejado una condición tan dura como obvia: la voltereta debía suceder.
Pero la cosa no fue tan fácil, y no precisamente porque el muchacho no pusiera de su parte. El toro, perteneciente al mítico hierro de don Antonio Pérez - Tabernero, resultó ser tan noble y bondadoso (tonto y sin frenos, como al renombrado ganadero gustaba calificar a sus toros) que la exigencia del guion se hacía esperar. Y el chico toreaba y toreaba, divinamente por cierto (y de ello somos testigos a través del celuloide), y el animal pasaba y pasaba y no había cogida, ante el regocijo y disfrute del público, quien estaba disfrutando de buen toreo;, la desesperación de quienes grababan, y las voces del maestro Domingo Ortega que aconsejaban arrimarse más al toro. Al final, el golpe llegó, aunque por suerte el chaval salió ileso del trance. De lo que pasó el día que el chico de Cuatro Caminos tuvo la oportunidad de hacer el paseíllo en Madrid y tomar parte en un festejo real, no tenemos constancia, pero nos suponemos que el muchacho no llegó muy lejos en el toreo, como la inmensa mayoría de los maletillas. Al menos, puede quedar satisfecho de que aún, sesenta años después de aquello, queda constancia de su logro, y además, aun siendo un simple maletilla de la época, es capaz de tirar por tierra todas esas paparruchas de que en el siglo XXI se torea mejor que nunca.

Son estas anécdotas curiosas y que gusta de saber, y que no sería posible saberlas sin los conocimientos y los buenos recuerdos de los grandes aficionados que todavía quedan en nuestra maltratada Fiesta. Por ello, no puedo más que mostrar todo mi afecto y enorme respeto a estos aficionados tan necesarios y ante los cuales los jóvenes no podemos hacer otra cosa que no sea poner el oído y escucharles atentamente. Vaya para ellos esta entrada como mi humilde homenaje a ellos, que sí vieron grandes maestros de la Tauromaquia y tuvieron la gran suerte de poder idolatrarlos.    
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