lunes, 10 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS EN MADRID: LOS VICTORINOS DECEPCIONAN

Es ya muy evidente, siendo además comentado con mayor asiduidad entre los corrillos de aficionados, que los toros herrados con la A coronada cada día se parecen menos a sus ancestros que tan grandiosa ganadería formaban hasta no hace tantos años. ¿Dónde fue a parar aquella casta que tanto caracterizaba a los toros de esta casa? ¿Qué ha pasado con aquellos bravos toros grises que llevaron al gran Victorino Martín Andrés a lo más alto? ¿Qué busca Victorino Martín García como ganadero, a dónde quiere llevar a parar su legendaria vacada?

Muchas preguntas eran las que nos hacíamos algunos aficionados saliendo ayer de la Plaza de Madrid después de presenciar la esperada corrida correspondiente al domingo de Ramos, corrida herrada con la misma A coronada que tanta gloria ha dado a la Fiesta. Una escalera de encierro el presentado por Victorino Martín García, con tres toros, los tres primeros, más en el tipo de Albaserrada, a los que les siguió, en cuarto lugar, una bola de sebo con 631 kilitos de nada a sus espaldas y que, la verdad, si aquella cosa tenía el más mínimo tipo de lo que siempre fue Victorino, podemos afirmar sin problemas que a las ranas les salen pelo y se las pueden llegar a peinar con rastas. Lo de los dos toros que cerraban la corrida, ciertamente, no había por donde cogerlo. El quinto gastó poco remate y, para colmo, unas encornaduras más propias de un Ñú; y el sexto era un crimen para la humanidad de lo rematadamente feo que era, con aquel cabezón que si hubiera sido gato no lamería una olla, con cara tan acarnerada que parecía un murube cárdeno, y bien entradito en carnes también. El colmo. 

Haciendo el paseo, Iván Fandiño, Alberto Aguilar y el confirmarme Gómez del Pilar, terna que resultó a priori interesante, y que sólo quedó en el a priori. 
Empezando por el final, Gómez del Pilar toreó dos tardes en 2016 y, la verdad, con ese bagaje poco se le puede echar en cara al hombre. Confirmó la alternativa con un toro complicado al que no fue capaz de domeñar. Sus mantazos para espantar las moscas y su particular baile de San Vito no ayudaron, y pasó de verdad un trago desagradable. 
Hubo que correr turno por estar Alberto Aguilar en la enfermería, y estoqueó en quinto lugar a un animal que tampoco mordía, pero con el que derrochó la misma inseguridad y carencia de ideas. 
Desafortunada tarde la de su confirmación.

Tanto Iván Fandiño como Alberto Aguilar dispusieron de sendos toros, segundo y tercero, más que aptos para un triunfo sonoro. Los dos únicos animales del encierro que cumplieron en varas y embistieron con casta y arrastrando el morro por la arena. Ni que decir tiene que ambos se fueron sin torear y con las orejas puestas. Fandiño no se acopló en ningún momento al buen son del segundo y, para rematar, mató de un sartenazo. 
Aguilar trató a su correspondiente como si fuera una alimaña de aquellas que pegaban bocados, pero lo cierto es que los arreones y coladas que sufrió se los provocó él solo. El animal acudía con prontitud y claridad a la franela y embestía largo, pero su matador no asentó ni una vez más zapatillas en el piso, y se le quedaba en la oreja muletazo sí y muletazo también. Vamos, que no lo quiso ni ver. 

Fandiño terminó su tarde malamente con el famoso Bosquimano, que se comportó como un aunténtico buey, moviéndose con la cara por las nubes y desentendiéndose de cada muletazo. Una ruina de animal, por dentro y por fuera. Y a Alberto Aguilar le fue devuelto el segundo de su lote por inválido, saliendo en su lugar un sobrero de San Martín muy noble y con el que Aguilar sí quiso explayarse más, tanto, que por poco le suena el tercer aviso. Aunque fuera tirando líneas desde casi Manuel Becerra y abusando mucho del pico. Su fallo con la espada le pudo privar de un despojo. 

Decepcionante tarde, a fin de cuentas, la de la esperada corrida de Victorino. Dos buenos toros, 2° y 3°, a los que les faltó dos matadores con otra sintonía, pero no es suficiente para salvarle los muebles a un encierro que, en líneas generales, le faltó muchísima mayor casta, poder y emoción.
Lo que siempre caracterizó a esta vacada, y que no es tan habitual en los últimos años, por desgracia. 
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