Dicen
que tiempos pasados fueron mejores. No sé si será cierto, pero lo que sí es
verdad es que la infancia es, seguramente, una de las épocas más bonitas de la
vida. Cierto es que ni se me pasaría por la cabeza cambiar aquellos mágicos años
por los de ahora, por muchas más preocupaciones y disgustos que tenga hoy con
20 añitos (y lo que me queda… si como dice mi madre todavía no he empezado a
vivir), pero hay momentos en los que uno hecha la vista atrás y… ¡¡bendita
infancia y benditos recuerdos!! Recuerdos como aquellos veranos con mis abuelos
en nuestra parcelita en el campo, lo bonito y ameno que era ir al colegio y
enlazar las primeras amistades, aquellos cumpleaños en los que nuestra madre
nos montaba aquellas fiestas para todos los amigos y que éstos llegaran con
regalos, nuestra inocencia en nochebuena y la noche de reyes… y como no,
también abundan los recuerdos taurinos, que es donde quería ir a parar.
A mí,
la afición me viene en los genes; de siempre en mi casa han abundado las
revistas, enciclopedias y películas-documentales taurinos. No recuerdo ninguna
tarde del mes de mayo en las que en la tele de mi casa no estuviera puesta la
Feria de San Isidro. Mi padre, de hecho, fue testigo directo de las cornadas
mortales de Campeño y Montoliú. Mis primeros recuerdos taurinos se centran en
aquellas retrasmisiones televisivas y, sobre todo, en la improvisada plaza de
talanqueras en la Plaza Mayor de mi pueblo durante las Fiestas Patronales.
Allí, con tan solo un año y medio asistí a mi primera corrida de toros, bueno,
en realidad era una novillada de la Escuela de Madrid. Ojeando los programas de
festejos de aquellos años (1992 para ser exacto) descubro que en aquel festejo
tomaron parte un tal José Ignacio Uceda Leal y un tal Luis Miguel Encabo (de
este último me han contado que aquella tarde al entrar a matar a su becerro
pegó un sartenazo tan infame que al pobre bicho se le salieron las tripas). De
este detalle yo nada recuerdo, pero si me llegan ráfagas de ver a un torero en
el ruedo toreando y como una máquina excavadora se encargaba de retirar los
toros una vez estoqueados. Más adelante surgió un novillero local que tuvo sus
“tardes de gloria” en la plaza portátil instalada en una era. Carreras,
porrazos, saltos al callejón como si de una piscina se tratara… Si es que
cierro los ojos y se me pasan por delante aquellas imágenes que más de una
carcajada aún me provocan hoy en día. Pero centrándome en lo serio, en aquellos
festivales vi torear, vestidos de corto y sin la compañía de los del castoreño,
a los Bote, Fundi, Manolo Sánchez, Uceda y Encabo ya como matadores; un recién
doctorado Cid… Y entre medias de esto, como no, mi primera vez en Las Ventas.
Correría el año 97 o 98 más o menos, en una de esas corridas de domingo. Del
único que me acuerdo de aquella terna es de Javier Vázquez, o “el del ojo” como
yo, un crío de tan solo 7 u 8 años, le conocía. Aquella tarde, sentado en una
de las filas más bajas del tendido 6 y con una bolsa de patatas fritas Lays
punto de sal (mis favoritas en mis añitos mozos) fui testigo de una
confirmación (no recuerdo de quién, la verdad) y de una buena faena de otro
matador vestido de un terno tabaco y oro y del cual tampoco recuerdo. Pero esa
tarde lo que más me marcó fue como el 5º, todo un galán colorado y apodado
“Rompelunas” saltó al callejón, muy cerca de donde yo estaba sentado. Luego,
finalizada la corrida, mi padre me sacó de la plaza por el patio de arrastre, y
claro no pude evitar curiosear en lo que dentro del desolladero pasaba. Allí
estaban, reposando sobre una pared, 6 cabezas y colgado de una cadena a su vez
colgada del techo un toro ya despellejado. Me quedé con esa imagen (que me
impactó aunque no para mal) y con la del salto al callejón, que tambien me
impactó pero tampoco para mal ya que lo pasé bomba con aquel suceso. Pasaron
unos cuantos de años y volví a Las Ventas, esta vez durante las novilladas
nocturnas, más tarde mi debut en San Isidro (la primera vez que veía la plaza
llena a rebosar, que bonita esta Plaza cuando se llena…), los meses de mayo
sentadito delante de la televisión sin quitar ojo de lo que pasaba, más
adelante haciendo temporada con Sevilla, Pamplona, Bilbao... En definitiva, yo
crecí, entre otras cosas obviamente, con los toros, algo que un puñado de
poliquituchos quieren impedir con los niños de la generación actual…
Ahora,
con casi 21 años, vivo con ilusión mi estreno como abonado de Las Ventas este
domingo, en la Grada del 7, cumpliendo un sueño en un momento en el que
recientemente otros sueños, unos cuantos la verdad, se me han ido al traste muy
a mi pesar. Pero no importa, estos malos momentos seguro que serán superados
con la ayuda de mi familia, amigos, el entretenimiento que este blog me produce
y como no, mi afición por la Fiesta más bonita del mundo. Solo así, y con la
ayuda de los maravillosos recuerdos de mi infancia y de todo lo acontecido en
los últimos meses, se superarán los malos momentos de ahora.