domingo, 18 de junio de 2017

A TI, IVÁN

No sabes lo que me está costando ponerme a escribirte unas líneas, Iván. Otra vez, otra vez en menos de un año, el mundo de los toros tiene que decir adiós a uno de los suyos porque un toro se ha llevado por delante su vida. Qué duro, Iván, qué duro se nos hace. Otra noche complicada, con la cabeza en otro lado y costando un mundo pegar ojo. No nos lo creemos, Iván. ¿Por qué?

Iván, qué duro fue lo de la tarde-noche de ayer. Salíamos de Las Ventas, tu plaza, la plaza donde has dado grandes tardes y la que tantas veces se te entregó. Salíamos satisfechos porque un compañero tuyo, joven y empezando en esto, nos había hecho lo mismo que tú en varias ocasiones y en este mismo sitio: ponernos en pie y hacer que nos rompiéramos las manos aplaudiendo. Quién nos iba a decir en ese momento lo que nos aguardaba al salir. Y sin embargo, ahí fuera nos estaba esperando la fatal noticia.

No me lo creía, Iván. De verdad que no me entraba en la cabeza que tú hubieras caído en las astas de un toro. Durante algunos minutos me volví loco con el móvil, fisgando en Internet y preguntando a todos los aficionados de que conozco, buscando desesperadamente una contestación que me confirmara que solo era una equivocación y que la cornada, aun siendo fuerte, no era mortal. Pero no fue así, Iván. Otra vez había que enfrentarse a la cruda verdad del toreo, que aquí se muere de verdad. No hay consuelo, Iván. Por mucho que intentemos consolarnos con que esto forma parte de la grandeza de la Fiesta, es imposible.

Ahora, todo son recuerdos. El primero, aquella tarde, hace ya muchos años, en la que coincidí contigo en mi pueblo porque toreabas a 5 kilómetros, y te vestías aquí. Le pregunté a tu mozo de espadas que qué tal se te dio la tarde, y me contestó que bien, que habías cortado dos orejas. Se paró un momento y, con toda la amabilidad del mundo, sacó una foto tuya del bolso que llevaba y me la dio, diciéndome: "Se está duchando y no tardará en bajar. Espérale si quieres y te la firmará". Y así fue, Iván. Bajaste sonriendo, me saludaste con gran afabilidad y me firmaste esa foto, la cual llevo guardándola desde entonces con muchísimo cariño. Te pregunté, lo recuerdo perfectamente, que cuándo vendrías a torear a Madrid (todavía no habías ni confirmado la alternativa) y me contestaste con firme rotundidad que a la temporada siguiente. Y así fue, meses después confirmaste la alternativa, y ahí empezó tu idilio con Madrid. Vaya tarde la tuya el día de tu confirmación, si hasta te ganaste una sustitución días después en la corrida de Victorino Martín, creo recordar. Sí, a partir de ahí es cuando empiezo a recordar que empezó todo, Iván.

Tú fuiste quien se encontró en su camino a aquel mítico cuadri llamado Podador, y vaya cómo estuviste con él, Iván. Meses después, el mano a mano con David Mora, tarde cargada de emociones fuertes que nunca se olvidarán. O la faena a aquel Grosella, de Parladé. Y los cojones (con perdón) que le echaste encerrándote con 6 toros en Madrid de ganaderías que muchos no quieren ver ni en pintura. Y no ganaste la apuesta, Iván, pero sí el respeto de los aficionados, que lo valoraron como se mereció. Desde entonces, te costó remontar el vuelo, pero los que te conocen confiaban en ti y en tu raza, y siempre decían que aguardáramos porque Iván Fandiño volvería a poner Madrid boca abajo. Por desgracia, el destino y un toro de Baltasar Ibán llamado Provechito lo han impedido.

Iván, aquí abajo nunca te olvidaremos. Da recuerdos por allí arriba a toda esa gente buena con la que seguro ya estás reunido. Y cuida de tus compañeros, quienes esta tarde te rendirán homenaje de la mejor forma que se le puede rendir a un torero caído: toreando. Que la tierra te sea leve, TORERO.
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