miércoles, 3 de mayo de 2017

EN LA GOYESCA HUBO TOREO

Diego Urdiales y Paco Ureña. Paco Ureña y Diego Urdiales. Los dos, mano a mano. En el día 2 de mayo, día grande en Madrid, dos toreros de Madrid, de la afición de Madrid, queridos y respetados en la Plaza de Madrid, se midieron en un mano a mano ante la afición que tanto les espera. Y no triunfaron a lo grande, ni fue una de esas apoteósicas tardes de toros en las que se cortan orejas, rabos, patas, gallinejas, entresijos, zarajos, mollejas y hasta se incluye en el pack algún que otro indulto. Pero que hubo toreo caro y emoción por momentos es tan realidad como que en el día de la Comunidad al Rey de Europa le dio por al vecino humillar, con cariño eso sí.

Del batiburrillo de ganaderías elegidas para la ocasión se puede decir que, sin ser maravillosos ni una cosa del otro mundo, sí ofrecieron más o menos opciones: el primero, de Salvador Domecq, tuvo nobleza pero se acabó pronto; el segundo, también de Domecq, era un tetrapléjico que además se lastimó, por lo que apenas se tenían en pie; tercero y cuarto, herrados con el mítico 9 de Aleas (qué lástima, si levantara la cabeza) fueron dos marrajos que, no obstante, se movieron y llegaron a ofrecer opciones. Igual que los dos de Victoriano del Río que cerraron plaza, tan mal presentados como el resto de la corrida.

Toreó Urdiales por momentos al primero, que fue maravillosamente picado por Manuel José Bernal (el único que fue capaz de plantar dos puyazos en toda la yema). Ya con el capote ambos toreros mostraron sus intenciones durante sus correspondientes turnos de quites, Ureña por gaoneras en las que movió el capote con suavidad y fue capaz de enganchar al toro y llevarlo sometido; y Urdiales por chicuelinas dotadas de una gracia y torería como poco se ve hoy en día para torear por este palo. Los mejores momentos de la faena a este toro llegaron con la mano zocata, pues fue capaz Diego de pegar algunos naturales cargados de torería y gusto. Se tiró a matar además de verdad y, aunque la cobró un poco atravesada, en todo lo alto quedó la estocada.
Ante el tercero tardó Urdiales mucho rato en acoplarse a las correosas embestidas del de José Vázquez. Muchos detalles con sabor añejo y otros tantos muletazos muy toreros, aunque no obstante le faltó mayor rotundidad a la faena para ser de triunfo grande. Aun así, por el ruedo quedaron esparcidos algunos diamantes de toreo verdadero que hoy en día poco se ve.
Ante el quinto Urdiales no pasó de discreto, y se le vio muy por debajo del de Victoriano del Río, que tuvo dentro más de lo que su matador aprovechó.

Toreó también Paco Ureña, y muy bien además. Ante el cuarto, de José Vázquez, al cual sometió con la mano izquierda con esa personalidad de la que el buen torero de Lorca hace gala cuando cita de frente, dando pecho y con la muleta adelantada, y lleva al toro con suavidad y sin pegar arreones hasta rematarlo en redondo. El toreo, ni más ni menos. ¿Por qué los chavales que quieren ser toreros no maman estas cosas? Así se torea, señores. Solo su pinchauvas uso de la espada le hizo perder una oreja de ley. Oreja que sí cortó al sexto ante la poca concurrencia que quedaba para entonces, ya que gran parte del personal optó por largarse a la muerte del quinto a ver al Rey de Europa poner pie y medio en la finalísima de Cardiff. Excesiva la oreja tal vez, después de una faena en la que volvió ponerse muy de verdad cuando agarró la muleta con la mano izquierda, pero resultando ser los muletazos atropellados y sin mando alguno, y muy a merced todo el rato del animal, que le perdonó en varias ocasiones. Como además mató mal, puede ratificarse definitivamente como un premio excesivo la oreja.
Ante el pobre bicho que hizo las veces de segundo de la tarde, abrevió Ureña sin darse mucha coba, pues no cabía otra cosa ahí delante.

En San Isidro, y ante otros toros, volveremos a encontrarnos con estos dos toreros que, por cosas como estas, son tan respetados por la dura y poco afable afición de Madrid. Tan fácil como TOREAR, aunque no se corten orejas, ni se esté cunvre, ni se indulten mojones. Que aprendan otros, que buena falta les hace.


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