sábado, 27 de mayo de 2017

DECIMOSEXTA DE FERIA: CUANDO APARECE EL TORO...

El Toro, que no el medio borreguito que da más lástima que miedo. El Toro que, con su gallarda presencia en el ruedo, despierta la admiración de los aficionados con tan solo contemplar su pavorosa belleza. El Toro noble, faltaría más, pero noble y con casta que saca lo mejor de sí cuando se le hacen las cosas bien, y se aburre y protesta cuando el que tiene delante es un pegapases; no el noble bobo y pastueño que se lo traga todo, hasta si le dicen que un buen día llegó Emilio Muñoz y cortó una oreja en Madrid.

Cuando aparece el Toro, ese Toro, se rompen todos los esquemas. El interés acapara el ruedo, el aburrimiento se esfuma, los vendedores de pipas se maldicen, y los aficionados hastiados de tanto engaño y fraude se guardan las protestas y claman "Aleluya, hay toro". Y en consecuencia, los pagafantas de la caja tonta/portales/papeles/ondas se desconciertan porque los reventadores aplauden. ¡¡Qué cosas!! Es lo que tiene que el Toro aparezca, porque es lo que el aficionado, al fin y al cabo, busca. Y apareció el Toro en la decimosexta de San Isidro, herrado con la estrella de seis puntas y la divisa azul que le es propia a Jandilla.

Corrida la de Jandilla que vino a Madrid magníficamente presentada, con ejemplares que cumplieron en el caballo, aunque midiéndose mucho el castigo a más de uno; y que por si fuera poco, tuvo muchísimo que torear. El garbanzo negro fue el inválido quinto, el cual bajó la presentación, y que volvió por donde salió casi a última hora. Lo sustituyó un sobrero de Salvador Domecq que, desde luego, no fue menos que los de Jandilla. Para dar cuenta de su lidia y muerte, Francisco Rivera Ordónez, Sebastián Castella y López Simón, en el marco de una tarde de gente guapa, famosos, ginebra y cubalibres a cientos corriendo por los tendidos, aroma a Chanel y, en definitiva, tarde de mucho glamour. Y es que hoy no era una tarde cualquiera en la Historia de España, la España del Sálvame, los hombres, las mujeres y viceversa; el Tomate, la Luisma femenina hecha princesa del pueblo, y toda esa farándula propia de Telecirco. Y es que, hoy se despedía de la Plaza de Madrid el señor Francisco Rivera Ordóñez, icono de esa España negra que tanta vergüenza ajena da. Abrió plaza un animalito que cumplió en varas y se llevó un primer puyazo en toda regla, quedando suavón y noble para torearlo a placer. Torear, eso que el que se despedía hoy de Madrid lleva siglos sin hacer, y eso si alguna vez lo hizo. Símil en el cuarto, un toro que también recibió cera en el caballo, repuchándose, y que regaló sus veinte arrancadas metiendo la cara de lujo, hasta que se aburrió del pegapases que tenía enfrente y dijo "hala por ahí".
Aur revoir Francisco, tu mejor faena ha sido esta: irte. Gracias.

Otro protagonista de la tarde fue el segundo, llamado Hebrea y herrado con el número 94 en el costillar. Un toro para soñar el toreo, nobilísimo y dulce como la miel, que cumplió en varas, sí, pero yéndose de los dos encuentros con dos hilillos que dejaban en evidencia lo poquísimo que se empleó el picador metiendo el palo. Vamos, que sin picar. Castella tuvo el buen gusto de citarlo dándole distancia y luciendo la buena galopada del toro, que repetía como un tren y sin hacer gestos feos ni tirar un derrote. Apto para paladares enamorados de lo dulce, e incompleto para aquellos que gustan más del picante. Por ello, porque no fue picado, y porque muchos todavía siguen,  seguimos, creyendo en la tercera vara como algo que sí importa para medir el verdadero potencial de un animal bravo, se hace excesiva la vuelta al ruedo. Castella, simplemente, fue Castella, y sólo una media estocada trasera le privó de dos orejas. A buen entendedor...
Pero, hablando de picante, a los que gustan de tal condición en un toro de lidia les aguardaba en los chiqueros el primer sobrero, de Salvador Domecq. Se lidió en quinto lugar, y derrochó las dificultades propias de la casta. Toros así también emocionan, y mucho. Un animal para poder, para ahormarlo de forma vistosa y luego romperlo por bajo en una faena corta. Pero Castella volvió a ser Castella, así como es él, trapacero por arriba, a veces por abajo, hacia fuera siempre, acortando mucho las distancias... Haciendo en definitiva al toro peor de lo que fue, y haciendo como que él quedó por encima por una faena de bragueta. Castella....

Y cerrando cartel, Alberto López Simón. Sí, el de las cuatro puertas grandes sin pegar un mísero muletazo, ese mismo. Un tercero que también derrochó nobleza y un punto de casta, y con las orejas hablando al matador incitándole a cortarlas. Simón hizo lo que buenamente sabe, ni más ni menos: pegar trallazos de forma vulgar. Nada diferente en el sexto, otro toro también que regaló algunas embestidas con emoción que, cómo no, fueron tiradas al WC por un torero perdido, vulgar, apático y sin saber ni por dónde meterle mano a los toros. Y suena duro decirlo, pero le tienen que enganchar los toros para que le echen cuentas y le jaleen. Porque si es por torear, este torero tiene los días contados en las ferias.

La de Jandilla tuvo emoción y mucho que torear. Buena corrida, preciosa e imponente, que tuvo algunos ejemplares encastados. Lo de alguien que les saquen partido, ya si eso para otro día.



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