domingo, 10 de julio de 2016

MI PEQUEÑO HOMENAJE A UN TORERO CAÍDO

Llego, cayendo ya la noche, a casa. Todo parece una tarde normal, con el calor propio del mes de julio, la mente puesta en la corrida de Escolar que se está lidiando en Pamplona, y maldiciendo mi suerte por no poder presenciar ese desafío ganadero de Teruel entre Ana Romero y Los Maños, el cual por cierto me lleva pareciendo unas cuantas semanas un cartel rematadísimo, con tres toreros que tienen mucho que decir en esto.
Lo primero que hago al llegar a casa es mirar el móvil para comprobar el desarrollo de ambos festejos y, al abrir el WhatsApp, me topo de bruces con un mensaje de mi querido Emilio Roldán que me hiela la sangre: a Víctor Barrio le ha matado un toro en Teruel. Me quedo en shock, no me lo creo. Tengo que sentarme en una silla porque mis piernas, temblorosas, no me sostienen. Me llaman a cenar y el cuerpo me responde con náuseas. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido? ¿Por qué? ¿POR QUÉ? 
No hay palabras para responder, es imposible sacarlas de donde no las hay. Tampoco hay consuelo posible. Ni que el toreo es así, tan duro como real, ni que al torero podrá quitarle el toro la vida pero la gloria jamás. No, no hay consuelo posible ante tanto dolor. Un torero ha muerto en las astas de un toro, un torero joven, con proyección, con ganas de ser y de mandar en esto, con hambre de triunfo en cada tarde. Ha muerto Víctor Barrio, no me lo creo aún, es doloroso y difícil de digerir. 


Recuerdo perfectamente, y además con mucho cariño, la primera vez que vi torear a Víctor Barrio. Fue en mi pueblo, Estremera, en un festival sin picadores un 13 de octubre del año 2009. Barrio había debutado con picadores hacía pocos meses, aún apenas empezaba a abrirse hueco en la crême de la novillería, y aquel martes octubreño Barrio se entretuvo en darnos una bonita tarde a toros ante dos novillos de Alcurrucén. Las tres orejas que cortó fueron lo de menos en ese momento. Le recuerdo como un chaval alto y espigado que, embutido en un elegante traje de corto oscuro, hizo un toreo despacioso, vertical y mostrándonos además que le gustaba colocarse en el sitio. "A este hay que volver a verlo", recuerdo que le dije a mi buen amigo Andrés al terminar el festejo. 
Meses después, recién terminado San Isidro, vino a presentarse a Madrid, y cortó una oreja a un novillo de Rehuelga. Volvió en la novillada de la Feria de Otoño, tres meses después y, sin cortar orejas, volvió a decir mucho aquella tarde.
Llega la temporada 2011, el año de su consagración como novillero. Dos tardes en la feria del Santo Patrón de Madrid, cosa que llevaba años sin verse en un novillero, el torear dos de las tres novilladas que componen San Isidro. Vuelta a lo mismo, que era decir que ahí había un novillero dotado de buenas maneras y con ambición suficiente para comerse el mundo. Mete la cabeza ese año en lugares importantísimos, llama la atención en las plazas donde pisa. La alternativa está cercana y el buen rodaje de Víctor Barrio queda más que patente.
Domingo de Resurreción del año 2012, domingo 8 de abril. Apadrinado por El Fundi, Barrio toma la alternativa vestido de fucsia y oro en la plaza que le puso en órbita: Madrid. No podía ser en otro lugar, gran promesa de la novillería y con el reconocimiento unánime de los aficionados, no merecía menos. Pero las cosas aquella tarde no salen como se espera, no hay suerte. Vuelve Barrio un mes después por San Isidro para darse de bruces con una corrida infumable de Fermín Bohórquez.
Llega el parón. Quien estaba llamado desde novillero a ocupar un lugar importante en el toreo, no entra en las ferias, pero la afición le espera.

Y llega el 9 de febrero de 2015. Los aficionados acudimos a Valdemorillo llamados por una corrida de Cebada Gago que ha de ser estoqueada por Paulita, Manuel Escribano y Víctor Barrio.
La corrida se desarrolla con poco a destacar, hasta que sale el sexto de Cebada Gago, un encastado ejemplar al que Barrio, espoleado ante la necesidad de llamar la atención para volver a estar en la pomada, cuaja un faenón. Aquellos naturales a pies juntos, colocado en el sitio y llevando al toro hacia atrás, todavía me erizan los pelos. Hacía tiempo que no veía torear con tanta verdad. De nuevo, Víctor Barrio está en boca de los aficionados.
Por desgracia no dura mucho, año y medio después Lorenzo, de Los Maños, se cruza en su camino y trunca cruelmente una carrera prometedora.

Escribiendo esto no puedo evitar derramar algunas lágrimas. Lágrimas de dolor, de rabia, de impotencia, de incapcidad para hallar respuesta a las tantas preguntas que nos invaden a todos.
No existen palabras de consuelo. No son posibles en estos momentos, no salen. Solo cabe mandar abrazos muy coordiales a la familia, cuadrilla, amigos, allegados y conocidos de Víctor Barrio.

Ha muerto un torero y ha nacido un mito. Gloria eterna a Víctor Barrio. Descanse en paz, TORERO.

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