martes, 31 de mayo de 2016

VIGESIMOSEXTA DE FERIA: PARA MANDAR A MUCHOS A PLANTAR CEBOLLAS

La degeneración de la Fiesta pasa por muchos órdenes, pero hay uno que nunca falla: salir de la plaza esbozando una sonrisa después de ser testigos de una mansada de órdago que ha derrochado mala baba y han hecho pasar a los de luces un aunténtico quinario. En estos tiempos que corren de babosas tontorronas, toretes colaboradores, animalejos lastimosos y tardes aburridas, es un soplo de aire fresco el hecho de presenciar una corrida de toros en la que el ay está presente en todo momento y los problemas para los lidiadores se llevan por bandera. Por eso, y aunque la corrida haya sido un tremendo petardo de Joaquín Moreno Silva, hoy ha sido imposible ser víctima del aburrimiento. Muy triste llegar a estos extremos, pero a ello nos han llevado los mismos que lo de hoy lo calificaban de "salvajada" y para "coger al ganadero y no pagarle un duro" (sic Emilio Muñoz y Maxipedia, en la línea 5 del metro, cuando se creen que nadie los escucha. Ellos, precisamente...).

Los de Moreno Silva ya empezaron mal siendo anunciados como Saltillo y llevar el hierro de Moreno Silva, y siguió peor cuando el primero saltó al ruedo haciendo gala de un cuerpecito recogidito, terciadito y asardinadito. El pobre animal tampoco hizo nada del otro mundo para que le armasen la que le armaron el el caballo: puyazo paletillero SIN RECTIFICAR y DANDO FUERTE, al que respondió pegando arreones y saliendo suelto para acabar en el que guardaba la puerta, y recibir más leña en la paletilla. Sánchez Vara se empeñó en ponerlo una tercera vez en contraquerencia, con el animal diciendo nanai, hasta que lo meten a la fuerza para propinarle otro puyazo fuerte del que se repuchó. La lidia a este toro fue caótica, vergonzosa, propia de una capea en la Alcarria. El toro va adonde le da la gana y nadie le consigue meter en vereda. Sánchez Vara ya con la muleta se lo sacó a la segunda raya, y ahí el toro es donde demostró cierta bondad, yendo y viniendo sin maldad alguna y dando posibilidades. Sánchez Vara, desde Manuel Becerra casi, pegó trapazos sin más y dejó la faena en una vulgarísima actuación vacía de contenido. 

El segundo fue un toro mejor presentado, más larguito y con más remate, y al que volvieron a picarle de una forma que, en otra época, hubiera conllevado noche entre rejas. Francisco Javier Sánchez, el autor de la masacre, pega un picotazo en el primer encuentro antes de que el marrajo saliera de najas, pero esto fue el prolegómeno a un escándalo: cuando el toro entra en jurisdicción del piquero en el segundo encuentro, el pedazo de golfo e inútil (no tiene otro calificativo) empieza a pinchar en todas las partes del cuerpo del pobre animal, dejándole más boquetes que una bodega. A estas horas confiamos en que se le haya propuesto para sanción y recaiga una buena multa para este sujeto que, si hubiera seriedad, no volvería a tocarse el castoreño en su puñetera vida. El toro protestó de lo lindo ante esta masacre y volvió a salir de najas, pero en la muleta desarrolló casta y cierto poder, el que le faltó a Alberto Aguilar para someterlo y poner o plaza bocabajo. El toro repetía, acudía con prontitud a cada muletazo  y cuando Aguilar le bajaba la mano incluso metía la cara. Hasta que echó la persiana después de los veintipico mil trallazos que le dieron y no dio para más. 

El tercero fue uno de esos toros que, por presencia, nunca debería salir en Madrid. Le arrearon de lo lindo en el caballo, y por el derecho solo buscaba al pobre Venegas que, descompuesto, pasó un quinario y, de paso, se pasó de faena intentando ponerse bonito donde no correspondía. El bicho de lo único merecedor que era de ser sometido a un lustroso macheteo seguido de la estocada final, pero Venegas se empeñó y se empeñó, y cuando se quiso dar cuenta ya era más que hora de irse a matar. Suena el primer aviso y se las está viendo y deseando aún para meter la mano; suena el segundo aviso y se las sigue viendo canutas con el verduguillo. El toro, más duro que una piedra, no lo ponía nada fácil, y ya después de sonar el segundo aviso el matador se dio cuenta de que había que entrar a matar otra vez. Cobra otro pinchazo y una estocada entera, pero el animal se empeña en lo doblar, y su desesperado matador intenta, en vano, descabellar. Suena el tercer aviso y los cabestros de Florito recogen al toro que, después de todo lo que le han hecho, aún tiene la gallardía de irse del ruedo trotando, con la cabeza alta y con la boca cerrada. 

Lo del cuarto es difícil. Un toro que en el primer capotazo se va derecho a lo que hay detrás del capote sin pensárselo ni frenarse... Son cosas que dan que pensar. Y así sigue durante la lidia, los subalternos le presentan el percal, y si no huye se lanza como un rayo por el hombre. Va al caballo, y nada. Vuelve a ir, y menos. Le meten, no quiere. Le vuelven a meter, sigue sin querer. Hasta que el presidente, con buen criterio, hace asomar el pañuelo rojo que anuncia las banderillas negras.  El toro es una prenda, va de un lado a otro como si fuera su casa, se arranca contra todo lo que se intenta acercársele y hace hilo, y los banderilleros de Sánchez Vara, Javier Ortiz y Raúl Ramírez, dejan claro que ellos hicieron novillos el día que en la escuela explicaron lo de los pares a la media vuelta y al sesgo. Javier Ortiz consigue poner uno haciendo el lanzamiento de jabalina, y Raúl Ruiz consigue poner un par con mucha dignidad de sobaquillo, para dejar posteriormente otra casi como si estuviera rejoneando. El matador, obviamente, macheteó sin darse coba y se lo quitó del medio rapidito. 

Sale el quinto, también de buena presencia y, después de darse una vuelta al redondel enterándose de todo, se planta en lo medios y parece decir "aquí estoy yo, que venga a por mí quien los tenga bien puestos". Y fue César del Puerto, elegantemente vestido de azul marino y plata, y le pone el capote en la cara, le alarga el viaje, lo temple y lo lleva por bajo, y se lleva la ovación de la tarde sólo por echarle dos pelotas y un palo parando a semejante animal. Bravo por César del Puerto. También fue aplaudido en este turno el único picador que hizo bien la suerte y picó en lo alto, Juan Carlos Sánchez. El toro se defendió al recibir la puya y arreó como buen manso que fue. Llegó al último tercio con carbón y mucho que torear. Tuvo su castita el toro y también sus malas ideas, y Aguilar, aunque muy firme con él y con buena disposición, no fue capaz de someterlo y de llevarlo toreado, ni tampoco ni siquiera fue capaz de probarlo con la zocata. En resumidas cuentas, que también se le fue sin torear. Y van unos cuantos ya en esta feria que ya ha terminado para él. 

El sexto y último fue un toro que también lució una correcta presencia y, para seguir en la misma tónica, se defendió de lo lindo mientras le picaron fuerte y trasero. Llegó a la muleta pastueño y con cierta dosis de nobleza que Venegas, muy verde, no supo entender. Este torero demostró con este toro que tiene un buen concepto del toreo y puede ser un torero a tener en cuenta por los aficionados, pero el hombre está muy poco rodado y esta tarde lo acusó con creces.

Los de Moreno Silva pegaron un petardo gordo y dejaron en evidencia a gran parte de los que hoy se vistieron de luces. Cuatro picadores para multarlos, otro más para multarlo e inhabilitarlo de por vida, un subalterno que lidió al quinto toro con mucha sobriedad y un David Adalid que plantó un gran par al segundo. El resto pueden irse a plantar cebollas muy tranquilamente, porque tela. Si los toros tuvieron mala baba, la inmensa parte de las cuadrillas de hoy los hicieron peores con las nefastas lidiar a los que les sometieron. Y don Joaquín Moreno Silva, si quiere llevar su vacada por buen camino, que empiece mañana mismo haciéndose una deliciosa barbacoa con algunos de sus sementales y vacas de vientre. 
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