jueves, 5 de mayo de 2016

SAN ISIDRO

Recuerdo en el patio de arrastre de Las Ventas a don Livino Stuyck, creador de la Feria de San Isidro



"Eso de las ferias es cosa de provincias", decían los aficionados madrileños de antaño, presumiendo de una plaza que daba (y da) toros de marzo a octubre. Y un día, don Livino Stuyck, gerente de la plaza de Madrid y hombre visionario, pensó en la posibilidad de introducir en la capital una feria "como en provincias". Nace así la Feria de San Isidro.

Manolete cierra una época con su faena al toro Ratón en la corrida de la Prensa de 1944 y Rafael Ortega "Gallito", sobrino del Rey de los toreros, abre una nueva era lidiando el primer toro de toda la historia de San Isidro, el 15 de mayo de 1947. Aquel toro de la ganadería de Miguel del Corral se fue vivo. Con Gallito alternaron Andaluz y Antonio Bienvenida. Nacía la Feria de San Isidro, que constaba, en aquel año de 1947, de apenas cinco festejos (veinticuatro menos que los actuales veintinueve, Prensa y Beneficencia aparte).

Madrid se había rendido a la moda de las ferias como gran negocio y aunténtico escaparate del toreo; San Isidro pasa de cinco a ocho festejos y los madrileños van acostumbrándose a esta feria. Poco a poco va perdiendo importancia el resto de la temporada madrileña en favor del ciclo isidril, en el que nuevas figuras van emergiendo. Pepín Martín Vázquez es el triunfador rotundo en esta primera feria. En 1949, Luis Miguel Dominguín impone su ley y ocupa el sitio vacante por Manolete en la cima del toreo. Pero en 1950 surgen dos novillero que barren, literalmente, a todos: Litri y Julio Aparicio. Ellos resultan los triunfadores de San Isidro y salen de Madrid lanzados al estrellato taurino. Otro novillero destacable es el triunfador de San Isidro en su edición de 1952: Antonio Ordóñez, que el 20 de mayo obtiene un triunfo apoteósico ante los novillos de Buendía, cortando tres orejas.

En 1952, San Isidro se convierte en una feria de once festejos y ya es la más larga de España. En esta edición, Juan Posada, el posteriormente afamado crítico taurino, es el triunfador absoluto, aunque el mexicano Juan Silveti obtiene un señalado éxito en una tarde en la que sus compañeros de terna, Pablo Lozano y Rovira, resultan cogidos. Chicuelo II, Rafael Ortega, Julio Aparicio de nuevo, César y Curro Girón suman éxitos en la década de los cincuenta. Y entre San Isidro y el resto de la temporada madrileña, la corrida de Beneficencia, del Montepío de toreros, de la Prensa y otras de este tipo, sirven a Antonio Bienvenida para dictar cátedra.

La década inolvidable de los sesenta, tal vez la mejor del toreo de todos los tiempos, alumbra a cuatro figurones que monopolizaron esos años y esas ferias de San Isidro: Paco Camino, El Viti, Diego Puerta y El Cordobés. Este último tiene el récord de orejas en un San Isidro: ocho de ocho en 1970; y Paco Camino, el récord de una sola tarde, aunque fue en la Beneficencia de aquel mismo año: otras ocho. En 1966, Antoñete realiza una de las grandes faenas de la historia taurina de Madrid: la del mítico Atrevido, el toro blanco de Osborne.

En los setenta llega cierta decadencia a la Fiesta, especialmente en la segunda mitad de la década, con los ases Camino, Ordóñez y El Viti desgastados, y El Cordobés retirado. Se había producido en 1971 el milagro de la reaparición de Antonio Bienvenida, retirado a finales de 1966. Vuelve y triunfa aquel año. Reaparece Luis Miguel Dominguín en 1973 y deja buen sabor, pero no entusiasma ya a nadie. Se ve venir la crisis, y los nuevos valores no pueden hacer olvidar a los consagrados. Pero un ganadero sí que se coloca en todo lo alto de la popularidad: Victorino Martín, indiscutible rey de San Isidro hasta muy entrada la década de los ochenta. Y los Niño de la Capea, Paquirri, Julio Robles, Esplá o Dámaso González resultan eclipsados por un Ruiz Miguel que con los toros de Victorino Martín y las corridas denominadas duras es un favorito de la afición madrileña

Ya en los noventa, la feria se convierte en una aunténtica moda y en un negocio brillantísimo. Los llenos diarios es normal, y un abono es un lujo. Son los años del huracán César Rincón, que arrasa los primeros años de los noventa, y del madrileño Joselito. Luis Francisco Esplá siempre es esperado con las corridas que llaman duras, y Victorino Martín sigue acaparando todas las miradas, sobre todo en la corrida que clausura la feria. Pero sin duda el nombre destacado de esta década irrumpe a mediados, concretamente como novillero en 1995, primero, y posteriormente como matador consagrado: José Tomás

Los primeros años del siglo XXI son los años en los que Joselito y Rincón se van, José Tomás intercala grandes tardes con un sonoro petardo en el año 2001, e irrumpen las figuras de este tiempo: los Juli, Perera, Castella y cía. Pero Madrid, durante estos años, solo tiene un amo y señor: Manuel Jesús Cid Salas. También es la década de la histórica despedida del maestro Esplá, de la irrupción del fenómeno novilleril y posterior figura consagrada Alejandro Talavante, y del capote de Morante (sí, el del montículo).

Lo que empezó siendo un tímido invento de don Livino, se fue convirtiendo con el paso de los años en el eje de la temporada española. Mañana 6 de mayo comirnza una nueva edición, la edición número 70 de esta feria. Feliz San Isidro a todos.



BIBLIOGRAFIA: Carlos Ilián, en La pasión por los toros.

Publicar un comentario