sábado, 3 de octubre de 2015

SIN COGIDAS, NADA TIENE IMPORTANCIA

Desconozco si entre todas las monsergas que imperan en los cocos animalistas y de quien defienden a los animales, hay propuesta una Oficina de Protección al Menor Animal. Pero, fíjense, si algo así se llevara a cabo, un servidor lo aplaudiría. Qué lujo sería contar con un organismo de esta calaña en días como los de ayer y hoy en la ex primera plaza del mundo. Ayer, por la becerrada que se lidió como novillada; y hoy, por la novillada, literalmente hablando, lidiada como corrida de toros. Novillo era el tercero, un tal Campanito nacido en octubre de 2011. Es decir, se supone que el amigo cumplió entre ayer y hoy los cuatro años. Se supone, sí, porque en ningún sitio ha quedado reflejado que fuera el 1 o el 2 de octubre de 2011, pero si se lidia como cuatreño hoy, 2 de octubre de 2015, es porque los cumplió entre estos dos días. Matemática pura y dura. ¿Para qué pensar que octubre tiene treinta y un días en lugar de dos, y que esos gañanes de Taurodelta, a través del Ángel Custodio y los veterinarios que componen el equipo presidencial, nos la han colado un animal reglamentado como novillo en una corrida de toros? Pues para encabronarse más y que, por si fuera poco, los excelsos y sensibles aficionados que todo tragan le miren mal a uno por protestar tales atropellos. Hubo otro, el sexto, apodado Bailador para más INRI, de septiembre del 2011, que pasa el corte pero no sabemos si por dos días o por treinta, vaya usted a saber. Eso, en una plaza de provincia, pase,  pero ¿presentarse así en Madrid? ¿De qué va usted, señor ganaduros?
Los cuatro restantes, todos con cuatro años de edad pero con estampa de novillos de plaza de pueblo. Lo dicho: qué acierto sería abrir una Oficina de Protección del Menor Animal. Allí acabarían unos cuantos en el día de hoy: empresarios,  veedores, ganaderos, mayoral, el Ángel Custodio encargado de sacar los pañuelos, veterinarios y, por supuesto, los matadores, quienes hoy han quedado como poco menos que unos "asaltacunas". ¡¡Vergüenza!!

Los toritos han salido como nos tienen acostumbrados todo lo que viene de esa finca: mansos a más no poder, descastados y flojos flojos flojos... Todo en orden por la finca charra de Tamames, vaya. El primero fue un buey de carreta al que Urdiales, después de pasarle con ambas manos con poco ánimo y sí mucha desconfianza,  se quitó de delante pronto.
El segundo tenía casi tanta casta como los conejillos de indias que utilizan en los laboratorios. Era lastimoso ver cómo López Simón le ponía la muleta y el pobre animal reculaba, pero hete aquí que en una de esas, no toleró que el matador se le quedara en la oreja, de manera se lo echó a los lomos y le pegó la cornada. Como estas cosas en Madrid gustan muchísimo últimamente, bastó con que el de luces se doliera y volviera a la cara del toro para seguir pegando banderazos y darse el arrimón. Oreja muy barata después de un pinchazo y una buena estocada; y el matador, a las manos de García Padrós.
El tercero salió con la tarta de cumpleaños entre las pezuñas, dispuesto a que le soplaran las velas y le cantaran "porque es un novillo excelente". Excelente, lo que se dice excelente, no fue. Lo suyo tiró a la sosería y a la borreguez. Urdiales empezó la faena doblándose con torería y saliéndose a los medios. Luego, se contagió de toda la sosería y poca gracia del animal, y su faena fue todo frialdad, enganchones y muy poca predisposición.
En cuarto lugar se corrió el turno para dar tregua al herido, y salió el que hacía de quinto. Los bueyes de Florito lo recogieron a los tres minutos y en su lugar salió un sobrero de Valdefresno, o Valdechuchos, o Valdetuso, o Valdemingómez, o Valdemansos, o Valdebueyes. De todo menos bravura y casta. Urdiales, en su último turno, volvió a dejar muestra de su escaso compromiso en la tarde de hoy, y de nuevo su actuación estuvo escasa del más mínimo interés.

En el quinto turno regresó el circo y lo hizo antes de que saliera el toro, concretamente desde que el matador saliera de la enfermería y se cruzara el ruedo de punta a punta para dirigirse al burladero de matadores, capote en mano y con una arrogancia irritante que sobró. ¿Desde cuándo un matador que sale de la enfermería monta ese espectáculo? La verbena estaba servida, y se palpaba en el ambiente que al chico había que sacarlo en hombros a cualquier precio. ¡¡Qué bochorno de plaza!!
Salió el de negro, que al fin y al cabo es el que, se supone, da importancia a todo esto. Pero, cómo no, nos volvimos a topar con otro buey de carreta que huía de todo lo que se le ponía por delante. Una lidia sin orden ni concierto y el toro a su aire y sin ser fijado, fue el precedente a una faena de muleta con los típicos banderazos y carreras detrás del animal; hasta que el toro quedó ubicado en los terrenos del tendido 1. Y fue allí donde se jaleó como si no hubiera un mañana una serie con la derecha templada y de mano baja, sí, pero echándose al toro para fuera y escondiendo la pierna. ¿Qué será esto el día que a alguno le dé por echar la pierna delante y torear con pureza?
La estocada, recibiendo y de ejecución espectacular, quedó delantera y caída, pero eso no fue impedimento para que se diera el despojo definitivo que abriera otra puerta grande de verbena. Y con petición de una segunda oreja y todo. ¿Quién habló de seriedad y rigor?
El sexto no cambió la tónica mansa y borrega del resto de la corrida, pero se rompió una mano nada más comenzar la faena de muleta, lo que dio al traste con las ganas de la gente de que el muchacho en esta ocasión se llevara el toro entero a su casa, aunque no se diera un muletazo a derechas. Que eso de torear, ya no se lleva. O hay cogida, o aquí ya no hay importancia.

Al final, los capitalistas se llevaron al torero, maltrecho y dolorido, por la puerta grande; y los pocos aficionados serios que quedan en esto estuvieron todos de acuerdo en que la Tauromaquia (2.0) de Alberto López Simón está mucho más cercana del funambulismo que de la Tauromaquia clásica. Y todo ello en el marco de una tarde marcada por la desfachatez de los que no tuvieron escrúpulos en lidiar una aunténtica novillada, por presencia y por edad, como corrida de toros.
Y yo tan contento porque creía que, después de embutir al torilero en un traje de mayoral, se habían acabado todos los problemas de la Fiesta...

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