jueves, 6 de agosto de 2015

VESTIDOS CON MENOS LUCES QUE LOS PROMOTORES DE LA IDEA

El viejo Carlos Albarrán "El Buñolero". Ay de algunos si levantara la cabeza...



Hay dos cosas en esta vida que un servidor nunca entenderá: Una, el eterno resquemor que la sociedad tendrá hacia la Policía, para luego solicitar sus servicios hasta casi cuando se necesita ir al WC; y dos, el afán de los taurinillos en tocar las castañuelas con temas que lo único que traen es polémica acompañada de esa dolosa dejadez que tienen para las cosas verdaderamente importantes.

Lo último ha sido ese dichoso paquete de medidas a adoptar en la exprimera plaza del mundo, ideado según parece para "mejorar el desarrollo del espectáculo" pero, como se vio en el día de su gran estreno el pasado domingo, lo único que ha hecho es sacar a relucir la puñetera polémica. Algo así como cuando al gobierno del señor Rodríguez Zapatero no se le ocurrió otra cosa mejor para sacarnos de la crisis que reducir el límite de velocidad a 110 km/h en las autopistas. Pues igual. Aquí la solución no pasa por que desaparezca ese dichoso antiespectáculo 2.0 cargado de razones para los amantes de Disney y sus "Bambi" y "Ferndinando el Toro", ni por proteger la suerte de varas, ni por combatir el fraude, ni por abrir los carteles y dejar huecos para hierros y toreros tan olvidados como interesantes. Qué va, era todo mucho más simple. La cosa es que la solución consiste en que, entre otras mamadurrias al más puro estilo Pepe Gotera y Otilio, las orejas otorgadas deben ser de menor tamaño y que el torilero no debe salir a realizar sus quehaceres vestido de luces. ¡¡Toma ya!!

Esto último, lo del torilero o Buñolero como se le llama en Madrid, ha levantado muchas ampollas. Supongo que las habrá levantado únicamente entre esos "puristas" que algunos bocabuzones quieren hacer desaparecer de las plazas. Pero levantadas quedan y en gran parte con mucha razón.
El tema del vestuario del torilero de Madrid siempre ha estado ahí. Recuerdo que hace unos cuantos años ya, leí un artículo del señor Federico Arnás (sí, el que junto a sus amiguetes de Tendido Cero hace tanto beneficio a la Fiesta con sus comentarios) en el que hacía hincapié sobre ello. La razón, la del señor Arnás, se apoyaba en algo así como que "la dignidad de calzar un vestido de luces solo debería recaer en los que salen al ruedo a jugarse la vida, porque no es lo más apropiado ver dos componentes del espectáculo tan distintos con un mismo vestuario, y blablablablabla...".
Este artículo fue secundado casi al punto por muchas organizaciones profesionales (entre ellas la UNPBE).
Paralelamente, hace un par de años durante el transcurso de una corrida de rejoneo en pleno San Isidro, este polémico tema alcanzó sus cotas más altas cuando un señor calvo, barbudo y horripilantemente disfrazado (que no vestido) de torero, hizo las funciones de chulo de toriles y, efectivamente, dejó esta tradición por los suelos con la espantosa facha que el individuo presentaba. Y, de paso, dejó el asunto en bandeja de plata a los Zabala, Moncholi, Molés, Mundotoro y cía, quienes no dudaron en calificar el hecho, no sin su parte de razón, de vergonzoso, impresentable, indigno, y todas esas palabras que se guardan en el hocico ante otro tipo de situaciones.

Ahora bien, si de dignidad se quiere hablar, pues hablemos, no hay problema. Si no todo el mundo es digno de calzarse un vestido de torero, que empiecen por despojárselo a esos torerines de pacotilla que, dicen, son figuras, pero en realidad hacen mucho, muchísimo daño a la Fiesta con sus actos y sus exigencias. Que se lo despojen también a aquellos subalternos que son cómplices de todo ese daño manejando todos los hilos del fraude y el mal a instancias de sus jefes de filas. Quizás, así resolvemos más cosas que vistiendo a un torilero de corto y destrozar así una tradición centenaria. Concretamente, desde que a mediados del siglo XIX, un importante matador de la época (quizás Frascuelo o Lagartijo, no lo se con seguridad) regalara uno de sus vestidos de torear al entonces torilero de la plaza de toros ubicada en la Puerta de Alcalá, Carlos Albarrán El Buñolero, instándole así a que el torilero de la plaza de Madrid debía ir ataviado "como Dios manda". Ahí está el porqué del asunto, porque a un torero de los antiguos, de la vieja escuela, de los que en verdad dignificaron esto, le pareció oportuno. Ahí es nada. Y ahora, en el año 2015, aquellos taurinillos que no dignifican otra cosa que no sea el movimiento animalista, se quitan de un plumazo una bonita y curiosa costumbre, con el pretexto que así se mejorará el espectáculo. ¡¡Anda ya!!

Hoy ha sido esto. Y mañana, ¿qué será? ¿Quitarle el oro a los picadores? Uy no, perdón, que a esos los quieren directamente en pijama y en el sofá de su casa.
Y así es como quieren que esto interese...
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