jueves, 2 de julio de 2015

PARAR A LOS TOROS DE SALIDA: ¿Y SÍ SE VOLVIERA A HACER COMO ANTES?

Hace unos días, releyendo algunos escritos del gran Joaquín Vidal, me llamó la atención de manera especial un fragmento extraído de la crónica correspondiente a una novillada celebrada en el San Isidro del año 2001, y que decía así:

"Acudió el peón Tomás Pallín, de verde clorofila y azabache vestido, para abortar el desaguisado de un novillo abanto al que nadie conseguía detener en sus correrías por todos los puntos cardinales del redondel. Y le bastó presentar el capote y echarlo abajo templando la veloz arrancada y obligando a humillar el díscolo. No sólo eso, claro, sino que ligó las sucesivas embestidas y, de la suerte -técnica, veteranía, valor, vergüenza torera-, quedó el novillo parado y fijado para los restos.

Menuda ovación se llevó Tomás Pallín. La ovación de la tarde. Pero aún hubo más. Porque cuando el novillo, tras desmontar en un arreón de latiguillo, huía sin rumbo fijo, Pallín volvió a presentarle el capote, a templarlo caminando hacia atrás y lo dejó en suerte donde era debido.

Muchos se sorprendieron con este peón que ya tiene sus añitos y va echando trapío; mas la afición conspicua, sobre todo la veterana, ya le había visto muchas veces bregar con el mejor arte. No debía de ir normalmente en cuadrilla fija y solía venir a Madrid acompañando a toreros salmantinos, a quienes daba el consejo adecuado en el momento oportuno y les lidiaba los toros como está mandado para resaltar sus virtudes, si las tenían, y corregir sus defectos si era menester.

De casos como el de Pallín está llena la historia menuda de la fiesta y algunos se recuerdan como ejemplo de lo que le puede sudecer a un subalterno si se gana los aplausos del público por torear bien. Muy llamativo fue el de Martín Recio en una feria de Sevilla. Salió un toro de Palha huidizo con su porcentaje de mala uva, y Joselito, a quien correspondía, no lograba someterlo, por lo que delegó en el peón. Y hete aquí que el peón se hizo de inmediato con el toro y lo mudaba de terrenos llevándolo embebido en los vuelos del capote. El público reaccionó premiando con una ovación a Martín Recio tan intensa y sostenida que debió amostazar a Joselito, Y entonces fue Joselito y decidió asumir la lidia mientras ordenaba a Martín Recio que se retirara a la barrera. Sin embargo fue un error porque el toro desbordó a Joselito, casi lo desarma, le puso en franca huida (de paso, en ridículo) y hubo de comparecer de nuevo Martín Recio que dio un recital de dominio y de torería. Y la plaza le ovacionó puesta en pié y hasta el tocaron la música. Unos meses después, Martín Recio quedaba despedido de la cuadrilla de Joselito.

A Tomás Pallín no lo van a echar de parte alguna. No habría manera, ya que va por libre. Y lo único que puede suceder tras su ensayo de buen toreo es que la afición le esté agradecida eternamente. O sea, hasta la próxima, según costumbre".


Al leerlo, automáticamente mi cabeza se fue al pasado 7 de junio, día de Miura en Madrid. Recordé inmediatamente a Marco Galán saliendo del burladero a socorrer a su apurado matador, que no conseguía fijar al de Zahariche en el capote mientras este se comía a aquel. El peón, con tres sutiles capotazos, ¡¡solo tres!!, dejó plantado al toro en las rayas de picar casi sin despeinarse. Como el que no quiere la cosa.
Con esta reflexión, mi intención no es otra que reclamar aquello que tantas veces se les oye reclamar también a los viejos aficionados de que hasta no hace muchos años era el peón el que salía a parar al toro. Puede parecer una memez, pero quizás nos ahorrábamos unos cuantos de esos bochornosos espectáculos en los que el toro corretea a sus anchas por el redondel sin que el maestro de turno sea capaz de meterlo en el canasto. O dicho de otra manera, cuántas capeas no nos íbamos a ahorrar.
Digo yo, vamos.
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