lunes, 12 de mayo de 2014

¡¡VÁMONOS!!

No es muy novedoso que, a lo largo de la temporada venteña, los aficionados, dadas las circunstancias del aburrido transcurrir de la tarde, estemos deseosos de abandonar nuestro escaño en pro del hogar o de los brazos de la parienta. Hoy, para ser fieles a la costumbre, ha pasado pero, a diferencia de otros días, es noticia y no novedad. Y es así porque cuando una ganadería como la de don José Escolar nos dé la tarde de semejante forma, es para hacérselo mirar. Una pena, pero así ha sido y así lo contamos. Primero, por presentación, pues los tres primeros toros han sido altos de agujas, cortitos y escurridos. Los tres últimos, más bajos y rematados, pero también dejando que desear. En cuanto al juego ofrecido, se salva de la quema un primer toro que hizo amago de doblar las manos de salida pero que según transcurría la lidia la cosa quedó en mero espejismo, y acabó sacando casta en el último tercio después de cumplir en las dos varas que tomó. También resultó interesante el cuarto, tapado con descaro por su matador. El resto, toretes boyantes y sin comerse a nada ni nadie, casi parecían más domecqs cárdenos que esos toros duros de patas, encastados y poderosos que don José cría para deleite del aficionado. Mientras los de luces, cada uno a lo suyo: Robleño desaprovechando el lote de la tarde y tapando sus toros, como siempre suele hacer cuando pisa este ruedo; Pérez Mota dejando resquicios de toreo en redondo y rematado atrás, pero quedando en nada por el poco salero y gracia de toro y torero; y Delgado dejando claro que, a pesar que eran escolares sin maldad, la cosa le venía muy grande ( con tres paseíllos en 2013, ¿qué esperábamos?). Al señor Robleño, como ya dije, se le fue sin torear el encastado primero, con el que empezó bien doblándose y dando una tanda con la derecha templando y mandando, incluso rematando algún derechazo atrás. Hasta ahí, luego llegó el desbordamiento, la falta de confianza, las ventajas, y la búsqueda del arrimón fácil. En definitiva, Cariñoso III se fue al desolladero sin torear. El cuarto fue un toro al que había que buscar las cosquillas dándole sitio, estar muy cruzado y no quitarle nunca la muleta de la cara y, efectivamente, pasó justo lo contrario. Eso sí, el estúpido arrimón tampoco faltó. Pérez Mota con el segundo de la tarde dejó patente una realidad que, no sé por qué, nos quieren quitar de la cabeza estos vanguardistas de la tauromaquia: y es que se puede rematar el muletazo atrás y quedarse bien colocado para dar el siguiente sin necesidad de tener que rectificar pasos. Poco más pudo hacer ante dos toretes sosos y descastados. Y Miguel Ángel Delgado, por ahí estuvo, pero sin estar. Sin saber qué hacer en ningún momento ni por donde meterles mano y a merced de sus dos toros, que en más de una ocasión estuvieron a punto de levantarle los pies del suelo. Lo mejor de la tarde por parte de los hombres de luces, los pares de banderillas de Ángel Otero al cuarto. Como siempre que hace el paseo en esta plaza, fue obligado a desmonterarse por su buen hacer.
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