viernes, 23 de mayo de 2014

TOROS SÍ, FIGURINES NO

Nos quejamos de los antitaurinos, esos seres que van de pacifistas (que no pacíficos en muchos casos) que tanto castigo dan en los últimos tiempos y tanto nos molestan. Pues bien, ¿ninguna cabeza lúcida del taurineo se ha parado a pensar en que si cada vez tienen más fuerza es porque no nos hacemos respetar? No, no me refiero a denuncias ante la autoridad de insultos, amenazas, malos deseos, etc. ¿Y si los antitaurinos cada vez tienen más fuerza en la sociedad porque los dantescos espectáculos como el de esta tarde fortalecen sus argumentos? Pónganse en situación: una persona que nunca tuvo contacto alguno con este espectáculo, se le invita a asistir por primera vez hoy, un cartel en el que se anuncia una ganadería que el pasado año lidió una preciosa y buena corrida de toros y de la que darán cuenta tres toreros importantes, dos de ellos además con la vitola de "artistas". Observa la plaza llena, cartel de "no hay billetes" en la taquilla, ese ambiente de la plaza propio de las tardes de expectación... ¡¡Y nuestro invitado, por ahora, se siente cómodo!! La cosa va por el buen camino y más cuando ve desfilar a las cuadrillas bajo el son del pasodoble, con esos elegantes vestidos bordados en oro y plata. La cosa cambia cuando se abre la puerta de chiqueros y empiezan a desfilar uno por uno seis animalitos sin fuerza, algunos calcos de gorrinos con cuernos, otros cabritas montesas, y hasta alguna sardinilla que se ha podido colar. Hay algunos que se lastiman los pitones al rematar en las tablas. El nuevo aficionado se sorprendería, lógico, y preguntaría que si acaso los pitones son frágiles como el cristal. El aficionado instructor, abochornado, se dispone a explicarle la situación de la manera más digna pero a la vez más honesta, pero el aficionado de al lado se adelanta y vocifera la cruda evidencia. La corrida sale floja y bobalicona, la casta brilla por su ausencia y el miedo que ha de imprimir un toro se convierte en... lástima. Para colmo de males, otro aficionado de los alrededores salta con otra coletilla: "esos toros están drogados". ¿Droga, afeitado, invalidez? Nuestro nuevo amigo palidece más conforme pasan los minutos, y la cara de quien lo ha invitado, enrojece. Los toreros tampoco ayudan. Finito de Córdoba solo muestra miedo en el primer toro y Morante da muchas vueltas en la cara del segundo sin sacar nada en claro y, para colmo de males, arma un vergonzoso espectáculo con la espada y el descabello. Talavante llega a tiempo en el tercero para dar tres monumentales naturales y poner la plaza boca abajo. Veterano y novel se miran y el primero pregunta, a lo que el otro contesta: "bonito pero... ese toro no transmitía sensación de peligro, parecía más mi perrito jugando. ¡¡Eso lo hago yo!! Tú me hablaste del toro como un animal fiero y poderoso, que no rehuye de pelea alguna... Y este seguía los trapos como un tonto, y además había que salir corriendo detrás de él porque estaba acobardado". Le veo disgustado y con ganas de irse, pero le animo a quedarse advirtiéndole que vienen dos grandes artistas y pueden levantar la tarde con cualquier detallito. Acepta, no sin reservas, y la segunda parte de la corrida continúa. La parada de bueyes arrastra al cuarto y sale un feísimo sobrero de Cuvillo que no cambia el guion de los anteriores. Finito vuelve a mostrarse apático y dando señales de que esta tarde vino a dos cosas: a cobrar y a abrirle el cartel a los dos figurines. Lo del quinto ya es catastrófico. Nuestro nuevo amigo ve como el animalito perdona la vida a Morante al acorralarle contra las tablas, pero en lugar de acometer contra el bulto, huye despavorido de allí. También hace lo mismo con el Lili, que ha perdido los pies en la cara del toro y éste vuelve a tener alma de ursulina. No, no es lo propio en un toro bravo. Para colmo, el picador origina una carnicería que hace un caño de sangre que llega hasta la pezuña del pobre bicho, que es un marrajo que, como bien demostró, ni mordía ni se comía a nadie. El nuevo aficionado, harto de tanto despropósito, se levanta y se va , pues sabedor de lo que se avecinaba no quería ver un nuevo sainete de Morante con la espada. Al día siguiente, me lo encuentro en una manifestación contra las corridas de toros, exclamando horrorizado que fue testigo de una tortura hacia seis pobres animales indefensos a los que mutilaron sus defensas y se dejaba en seria duda si los toros solo tomaron el pienso de la finca y agua. Esto es una historia que no ha pasado en realidad, pero puede pasar realmente. ¿A quién le agrada lo de hoy? Los amantes de la pureza y la integridad del toro lo rechazamos enérgicamente, y somos conscientes que de seguir así, el triste vaticinio de Martínez Uranga se hará realidad: a esto le quedan dos telediarios.
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