sábado, 25 de mayo de 2013

TALAVANTE, A HOMBROS EN TARDE DE TRIUNFALISMO CLAVELERO

Hoy el "fenómeno clavelero" ha llegado a su máximo exponente con el corte de 2 orejas de aunténtica verbena y la concesión de una Puerta Grande por una faena que, después de lo visto en los últimos días, ha sido gloria bendita, pero que en mi modesta opinión no ha llegado a su máxima culminación como para ser de dos orejas. Como siempre, iré por partes. Castella ha quedado inédito en su primer turno después de que su oponente se lastimara la mano izquierda. Y como el demonio sabe más por viejo que por demonio, se ha aprovechado en su segundo turno de que la plaza estaba en plena ebullición para sacar todo el arsenal de péndulos, circulares y triquiñuelas encimistas para arrebañar una oreja. Pero torear, lo que se dice torear, bien poco. O nada, siendo justos. Pero como hubo mayoría de pañuelos y el público es soberano, cayó una oreja, de isidros, que a estas horas hasta el matador ya ha olvidado. Luego llegó el fino y guapo destoreador Manzanares, quien sorteó en segundo lugar un renacuajo de dulce embestida. Y aquí cada uno a su bola, el matador a dar trapazos a media altura desde Manuel Becerra, los aficionados recriminando sus ladronas maneras, los claveleros como sino hubieran visto un torero en su vida (más de uno seguro que no), las féminas babeando y con el furor uterino desatado, las típicas críticas a quienes no toleramos ratonerías, el presidente concediendo una oreja de dudosa mayoría... La misma canción de siempre. Aquí, cada loco con su tema. Solo que el próximo día voy a traer unos prismáticos de buena calidad para regalárselos al señor presidente, quien debería subir al palco dispuesto de buena logística, sobre todo para percatarse de los bajonazos casi en la penca del rabo antes de conceder orejas. Aquí hasta el rabo todo es toro, pensará más de uno. Ya en el quinto, como los del clavel estaban ya hasta las narices de tanto jalear y tanto aplaudir, no tuvo las cosas tan a su favor y esta vez los gritos de sus histéricas fans no ahogaron los pitos y reclamaciones de los aficionados sobre sus feas e irritantes maneras. Servidor le gritó que devolviera la oreja regalada y se quedó más ancho que largo. Así da gusto, oiga. Talavante volvió a Madrid seis días después de su esperpéntica encerrona con los cárdenos y, después de la semanita que habrá pasado, seguro le ha venido de perlas este triunfo. Se desquitó con un mansurrón encastado al que no pudieron meter en el caballo y se quedó sin picar. Como consecuencia el toro tuvo motor y se vino arriba en la muleta. Talavante se fue directo a los terrenos del toro, entre el 4 y el 5, y alli le plantó cara. Le costó acoplarse con el toro, pero después de un natural templadísimo, de mano muy baja y cargando la suerte que puso a la plaza entera en pie, se confió y a partir de ahí aguantó arreones, sacó algunos buenos muletazos con la diestra y volvió a dar otro cumbre con la zurda. Tuvo mérito la faena, pero tanto como de dos orejas no fue. Pero claro si se compara con lo que pasó en el toro que precedió, ¿como no se le va a conceder dos orejas a una faena de mérito después de conceder una por NADA? Esto es un claro reflejo de que la plaza de Madrid ha perdido el juicio. Ya en el sexto, con todo ganado, volvimos a ver al Talavante apático y sin ganas ni recursos para hacer frente a un toro que también tuvo castita y que realizó una más que aceptable en el caballo, pero Talavante no lo quiso ni ver. Lo ahogó en la corta distancia, donde el toro protestaba y arrebañaba una barbaridad. Un tercer puyazo no le hubiera venido mal. Después de esto, otro que debió devolver la oreja. Pero por mucho que los tres de oro tocaran pelo y a uno se lo llevaran a hombros, el triunfador y hombre más destacado de la tarde fue un torero de plata: Javier Ambel, de la cuadrilla de Castella. Impecablemente vestido, como acostumbra, puso un par muy torero al toro que abrió plaza, al que anteriormente supo sostener sin pegarle un solo capotazo ni hacerle rematar contra el burladero. Al cuarto le pegó unos capotazos torerísimos, una delicia para la vista. Mira que me aburre Castella, pero ya tengo ganas de qye vuelva en Beneficencia para que su subalterno vuelva a deleitarnos con los palos y el capote. Merece la pena.
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