miércoles, 23 de mayo de 2012

POCO A POCO

Poco a poco parece que la Feria va despegando. Muy tímidamente, y con las turbulencias que provocan los tradicionales bailes de corrales de días venideros, pero por lo menos ya no padecemos aquellos terribles aburrimientos de los primeros días en los que uno salía de la plaza más cabreado que una mona en celo. Hoy los toros de los Lozano, ayer una suerte de varas bien hecha, la cuadrilla de Morenito de Aranda o el abecerrado pero bravo sobrero de Domínguez Camacho; el domingo los duros pero interesantes Villamartas de Guardiola... Ya solo falta que mañana llegue el "Genio de la Puebla" y nos muestre los encantos de su pañuelito rosa para que esto coja definitivamente la más mínima altura que la Feria más importante del mundo merece.
Hoy, como decía, los protagonistas han sido los toros de Alcurrucén, cuyo juego ha sido variado y que por lo general han estado por encima de los toreros. El lote se lo ha llevado un Iván Fandiño que ya puede espabilar si quiere avanzar y ser el torero que parece que puede ser. Porque sus actuaciones en Madrid se cuentan por orejas y ovaciones a base de arrimones, garra, gallardía y, en ocasiones y no es el caso de hoy, buenas estocadas. Pero por torear, lo que se dice torear de verdad, poner boca abajo todo el cotarro con ocho o diez muletazos con la mano izquierda... ¿cuando? Y toros ha tenido para ello. Echando la vista atrás, recuerdo a Podador de Cuadri; a Delicioso, sexto toro de la goyesca 2011 que lucía las cintas de Carriquiri; o, sin remontarme tanto tiempo atrás, a Desconocido, herrado a fuego con el hierro de El Montecillo y que también se le fue sin torear el pasado miércoles. Ese tipo de faenas está bien para llamar la atención cuando se está en la nada, pero para mantenerse y considerarse Torero de Madrid y figurón del torero hace falta más, que no solo de pan vive el hombre. Y hoy ha tenido dos toros de diferente condición pero ambos con orejas que cortar. El tercero fue un toro de carril, de esos que van solitos sin hacer un feo y con el que uno se puede emborrachar a torear hasta llegar al coma etílico. Los muletazos se sucedían sin temple y con electricidad, algunos de mano muy baja y buen trazo pero corriendo la mano demasiado destemplado. Para terminar de calentar al público no quiso dejar de jugársela con ajustadas bernadinas y, si no llega a ser por el pinchazo previo, le dan la oreja de un toro de dos. La cosa fue peor en el sexto, un toro con más poder y casta que el tercero. Le faltó, no obstante, un puyazo bien dado y una lidia correcta, pues el toro se rebrincaba y embestía un poco a media altura. Ay la lidia... ese componente del espectáculo tan importante y tan desconocida...
Otro de los toros fue el cuarto, con el que El Cid estuvo con altibajos. Con la derecha ejecutó los mejores muletazos de la tarde, aunque más bien parecía toreo de salón por las pocas dificultades que mostraba su enemigo. Eso se tendría que haber conseguido con la mano izquierda, pitón por el que El Cid no lo quiso ni ver y el toro mostraba una exigente condición. Así, ha demostrado que se ha vuelto un torero que gusta del medio-toro carrilero y facilón para hartarse a dar pases sin ser molestado, por lo que efinitivamente ya tengo casi cero esperanzas de que el torero de Salteras vuelva a ser el mismo de hace años. También empujó por ambos pitones el primero de la tarde, y aunque voluntarioso, le faltó colocación y rotundidad a la faena; además de buen hacer con la espada, pues clavó dos bajonazos de esos que hacen hasta daño en la vista.
A Miguel Ángel Perera, que toreaba su cuarta corrida este año y la primera en una feria importante, le jalearon sobremanera el pegapasismo moderno ante el quinto, un manso al que nunca consiguió someter a pesar de su comportamiento ovejero. Aquí llegó el Perera bullidor, valiente y decidido, sacando a relucir todo su repertorio de péndulos, circulares, ochos... Valiente estuvo un rato, no seré yo quien lo ponga en duda faltaría más, pero en Madrid esas cosillas pues como que no gustan: pronto y en la mano y si es cortito, mejor. Porque lo bueno, si es breve, dos veces bueno, pero a Perera no le gusta el royo de la sabiduría popular y empezó a aburrir al personal con una cara más de torero bullidor que de otra cosa.
Publicar un comentario